Juan Gabriel Alfaro Molina

El fenómeno onírico en la niñez según Jean Piaget


RESUMEN

Jean Piaget ha sido uno de los grandes estudiosos de la mente humana, enfocando sus trabajos en el proceso epistemológico de la niñez. Entre sus investigaciones, está la forma en que los infantes sueñan, encontrando variaciones muy interesantes conforme a las condiciones etarias. El grupo de menores, entre más pequeños, remiten el mundo o la realidad a sí mismos, creyendo que ellos son una especie de deidad que dominan y crean todas las cosas. Conforme se desarrollan, y sobre todo llegando a la edad de uso de razón, toman conciencia de que el mundo no surge desde sus mentes, sino que este es algo externo a sí mismos. Para Piaget la mente humana es un sistema operativo que puede establecer asociaciones y conexiones, las cuales son proyectadas hacia la realidad.

Palabras Claves: sueño, niñez, representación mental, pensamiento, símbolo.


Autor/ Author

Juan Gabriel Alfaro Molina Universidad de Costa Rica San José, Costa Rica


ORCID: 0000-0002-

3935-3298

Correo: juan. alfaromolina@ucr. ac.cr


Recibido: 01/06/25 Aprobado: 03/09/25 Publicado: 20/07/2026

Abstract: Jean Piaget was one of the greatest scholars of the human mind, focusing his work on the epistemological process of children. Among his research is the way infants dream, finding very interesting variations according to age. The younger children are, the more they refer the world or reality to themselves, believing they are a kind of deity who dominates and creates all things. As they develop, and especially when they reach the age of reason, they become aware that the world does not emerge from their minds, but is something external to themselves. For Piaget, the human mind is an operating system that can establish associations and connections, which are projected onto reality.

Key words: dream, child, mental representation, thought, symbol.


  1. Introducción


    Uno de los grandes temas de investigación filosófica gira en torno a la relación objeto-sujeto, entendido objeto


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    (ντικείμενον) como algo “arrojado en contra” y sujeto (ποκείμενον) como lo que “está puesto debajo”. Si el objeto es un ser que se encuentra arrojado, tirado, es para comunicarle algo al sujeto que se encuentra debajo de él, de ahí que, para los pensadores presocráticos, por ejemplo, la naturaleza (φύσις) es el objeto quien se presenta al sujeto, le estimula, para que le conozca, y por eso es el objeto quien lleva el papel principal en los procesos cognoscitivos. Ello está en consonancia con la principal actitud del filósofo, la capacidad de maravillarse, el thaumazein (θαυμαζίνη), ante las realidades que se le presentan. No obstante, dicha relación objeto-sujeto tendrá un nuevo viraje, con el denominado giro copernicano kantiano, dado que se entenderá que el sujeto es quien debe llevar la batuta del conocimiento, es decir, el sujeto determinará al objeto y le dará un valor, no necesariamente el que el objeto realmente posee, sino el valor que el sujeto decide brindarle. En efecto, “la revolución copernicana que propone Kant es la de suponer que, en vez de ser nuestra facultad cognoscitiva la que se rige por la naturaleza del objeto, es éste el que se rige por aquélla. En palabras de Kant: el nuevo método partirá de la premisa de que «sólo conocemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas» (Ribas, 1998, XXIII).

    Lo anterior tiene que ver con el fenómeno de lo onírico en los niñez según Piaget, dado que, para el biólogo suizo, lo primero que debe determinarse en los sueños de las personas menores es si el sueño es una construcción del infante, desde su subjetividad, o, por el contrario, el sueño es una realidad en sí misma, una especie de mensaje para el individuo, lo cual implicaría que es objetivo. “Es necesario distinguir las hipótesis que consideran los conocimientos como alcanzando verdades permanentes, independientes de toda construcción, y aquellas que hacen del conocimiento una construcción progresiva de lo verdadero” (Piaget, 1978, 42). Dichas verdades permanentes provienen del objeto, lo cual implica que son ideas o imágenes que le vienen a la población infantil sin que estos la produzcan. Igualmente, se puede pensar que los sueños de los infantes es una proyección de las imágenes que generan en su vida, que sencillamente las proyectan en los momentos de descanso. Contempla Piaget que también puede darse esa relación sujeto-objeto, donde sí hay cosas verdaderas pero que necesitan de un sujeto que las contemple y determine.

    Esto se relaciona con los resultados que surgen de los diferentes estudios que realiza Piaget

    […] los niños y los primitivos se imaginan que los números están en las cosas y presentan una existencia exterior independiente del sujeto que habla (lo que determina los tabúes ligados a algunos números sagrados, etc.); los sueños son imágenes dadas materialmente, a los que se puede observar de la misma forma en que se “ven” los objetos; el propio pensamiento consiste en “aliento y en aire”, etc. En resumen, el sujeto y el objeto son separados en forma diferente de lo que lo hace el adulto civilizado” (Piaget, 1978, 247).

    sobre la perspectiva que tienen los infantes sobre los sueños, estableciendo en algunos casos que, para la niñez, de acuerdo con su condición etaria, muchas veces conciben los sueños como un objeto, como algo que tienen frente a sí y les estimula el pensamiento, y en otros casos, sobre todos la infancia de más edad, realizan dicho giro copernicano, al llevar los objetos de sus sueños a sus pensamientos, es decir, comprendiendo que los sueños no son realidades externas a sí mismo, sino que más bien son generados por sus propias mentes. Si bien es cierto, los estudios de Piaget se centran en la forma de conocer de las personas menores de edad, de ahí que dicho pensador sea el padre de la epistemología genética, ello se hace con el objetivo de comprender el proceso de pensamiento y desarrollo cognoscitivo del ser humano. En efecto,

    Piaget entiende la mente humana como un sistema operativo, en lenguaje informático, que cada vez es capaz de establecer más clasificaciones, asociaciones o conexiones, la cual parte primero de una interiorización o introspección que permite al ser pensante tomar conciencia que la caracterización de las cosas provienen de su propia reflexión y categorización. De hecho, la propuesta de Piaget, implica que en el ser humano existe una evolución epistémica, que depende del proceso de aprendizaje del individuo, donde es fundamental el ambiente de instrucción, entendido este como los elementos propios del proceso de conocimiento, como los pedagogos (sean los padres o maestros), los diversos estímulos que recibe el cognoscente, la estabilidad socioeconómica en la que se desarrolla. El propio individuo organiza su conocimiento a modo de esquemas, en la vinculación de lo físico con lo mental, y luego desarrolla estructuras o conceptualizaciones generales. De ahí que, “[…] la teoría genética ha mostrado que el conocimiento es un proceso interactivo entre el sujeto y los objetos. Ya Piaget defendía esta tesis en los años 40, con el fin de combatir la posición empirista (y también en cierto modo la posición idealista)” (Martí, 1984, 54).

    El presente artículo se enfocará en tres aspectos principales en el estudio del

    fenómeno onírico en la población infantil, el primero de ellos corresponderá con la determinación del sueño en las personas menores de edad como representación de un modelo ausente, esto es, que dichos sueños se construyen no de manera autónoma, sino que son el fruto de las actividades que la niñez desarrolla durante el manejo de su espacio y tiempo en periodos de vigilia. El segundo apartado analiza la condición etaria y los sueños en las personas infantes, donde de manera detallada, se recopilan algunas de las apreciaciones de Piaget en torno a la evolución de los sueños de esta población conforme a su edad. Ello teniendo presente la toma de conciencia por parte del individuo. Finalmente, el tercer apartado se dedicará al egocentrismo en las personas menores de edad y su influencia en cuanto a la representación del sueño, sobre todo en la visión que tienen los infantes más pequeños de que el mundo se construye desde su propia existencia.


  2. El sueño en la niñez como representación de un modelo ausente.


    Piaget parte del criterio de que los sueños son una representación, entendido esto como que “[…] hay representación cuando se imita un modelo ausente” (1977, 10). Señala el autor, que históricamente se ha concebido la representación como aquello que procede de la imagen que se crea el individuo luego de las sensaciones que experimenta. No obstante, parece que dicho proceso para que un individuo posea representaciones se genera a partir de los dos años de vida, lo cual conduce a la cuestión de si la primera infancia, concretamente los menores a dos años, realmente no tienen representaciones o si es posible que puedan imaginar cosas. Este tipo de disquisiciones busca determinar si lo que sueña un individuo tiene como fundamento solamente sus experiencias cotidianas o sí hay algo más allá de eso. El sistema que utiliza Piaget para analizar los procesos de pensamiento de los infantes es un conversatorio con ellos para analizar lo que dicen, y, evidentemente, en el caso de una persona menor de edad que no ha desarrollado el habla, es difícil saber lo que percibe, solamente se puede partir de sus comportamientos.

    La representación de las cosas es un significante o símbolo, lo cual implica también analizar las relaciones de los significantes. Dichas representaciones se pueden encontrar tanto en el juego, las imágenes y el sueño de las personas menores de edad, donde el modelo que se sigue es algo que se ha percibido, incluso de múltiples formas, y que se le da nuevas connotaciones a partir de la construcción que realiza el individuo, que Piaget llama reflejos puros. La forma como el infante asume dicho modelo es a través de la asimilación o acomodación, que es el aprendizaje de una acción y la incorporación en su sistema de vida. Por ejemplo, un pequeño de 7 meses se pone a golpear con su mano una serie de objetos, es porque “[…] imita a su madre que golpea un juguete. Solamente mira las manos del modelo y nunca las suyas propias” (Piaget, 1977, 43), y así en muchos casos donde la realidad sensorio-motora del menor de edad no es otra cosa que la imitación de lo externo que está percibiendo.

    El proceso de construcción de una imagen por parte del infante implica una

    fuerte introspección, “[…] hasta en la ensoñación imaginativa y el sueño mismo, la imitación de las escenas vividas (a menudo singularmente precisas en el pequeño detalle de los personajes y las cosas) viene a traducirse en cuadros imaginados” (Piaget, 1977, 98). Lo que habrá que determinar es sobre si los sueños son constructos a partir de las experiencias sociales (signos) que tiene el menor de edad, o si muchos de esos sueños son más bien producción propia del infante, que posteriormente tiende a asociar con la realidad. La diferencia entre el signo y el símbolo radica en que mientras el primero es convencional, arbitrario, vinculado con su significación social, el segundo es motivado, al genera una semejanza con el significado, como el caso de una metáfora, pero no impuesta por convención social. Piaget definirá los fenómenos oníricos como “símbolos inconscientes” (Piaget, 1977, 232), el cual pertenece a la naturaleza individual.

    En el sueño y el delirio, la imaginación nos engaña puesto que se trata entonces

    “[…] de una ilusión que el yo no ha penetrado; en el juego y en el arte, en cambio, se trata de una ilusión voluntaria consciente” (Piaget, 1977, 207). Señala Piaget, citando a Groos y a konrad Lange, que la ilusión voluntaria debe entenderse como una especie de “desdoblamiento de la conciencia” (207), que en el caso de las actividades conscientes tiene una correspondencia con la realidad, y en el sueño, es algo que no ha sido profundizado. Así, mientras que las actividades lúdicas corresponden con el pensamiento simbólico, es importante estudiar aquellas actividades también del ámbito de la imaginación mental que corresponden con el símbolo inconsciente, como es el sueño infantil. Piaget consideró que el pensamiento de la población infantil, dado que no han alcanzado el nivel de conocimiento de la realidad, llamándolo sincrético y prelógico, es parecido a los sueños, donde se presentan los símbolos inconscientes. Para Piaget, “[…] en su estructura simbólica como en su contenido, el sueño infantil aparece como un vecino cercano del juego de ficción” (Piaget, 1977, 249), de tal modo que, lo que sueñan los infantes tiene que ver con los juegos que hayan realizado durante el día o aquellas actividades lúdicas que le son atractivas. Lo que sucede con el sueño en los infantes es que este les arrastra más allá de lo que quieren reproducir de lo lúdico, incluso con experiencias que muchas veces puede causarles temor. Mientras que la relación del sujeto con el objeto en los juegos es real, en los

    sueños, dicha relación implica que el objeto es sustituido por alguna imagen mental. Siguiendo a Freud, Piaget desarrolla el carácter visual del sueño, según el cual, “[…] la percepción se asocia a una serie de recuerdos depositados en el inconsciente (la conciencia misma no tiene memoria y no es sino una especie de órgano de los sentidos interno, que aclara los recuerdos cuando esto es útil, o les niega claridad, es decir, los censura, cuando le son contrarios) y el conjunto se traduce en movimientos” (Piaget, 1977, 252).

    Piaget habla de la proyección visual de la primera infancia, la cual muestra, sobre todo en los primeros meses de vida, un estado de disociación entre lo subjetivo y objetivo. Ejemplo de ello son la población infantil entre 3 a 4 meses, quienes pueden mover sus extremidades, pero al encontrarse estas fuera de su campo visual busca este fenómeno de sensaciones fuera de su misma realidad corporal más que en su mismo cuerpo. Lo mismo sucede en los sueños, donde las personas menores de edad los persiguen como algo externo a sí mismos, pero que en realidad son fruto de sus mismas imágenes y pensamientos. De ahí que el sueño sea “comparable al juego simbólico, pero a un juego cuya ausencia de conciencia del yo haría que el contexto fuera semejante al de las incoordinaciones entre lo visual y lo táctilo-cinestésico, características del primer año” (Piaget, 1977, 278). A partir de esto debe afirmarse que “[…] el símbolo secundario o inconsciente procede igualmente, en el juego o el sueño, de una asimilación entre lo externo y lo interno a falta de conciencia suficiente del yo” (Piaget, 1977, 347).

    Cuando una persona menor de edad sigue un modelo no solamente es una

    reproducción de lo hecho por este, ni tampoco una posterior asimilación y toma de conciencia de lo que hace, sino que hay un seguimiento de un esquema único, el cual es reconocido por el infante y que le da paso a la repetición de dicho acto. Dicho esquema es el que el individuo repetirá a lo largo de su existencia, y que también se verá reflejado en las historias que construya en sus sueños. Dichos esquemas, dirá el pensador suizo, queda en la visión del sujeto, grabada como una imagen que es recurrente, y debe distinguirse de aquello que el individuo puede aprender por medio de la educación. En los diferentes estadios de desarrollo de los infantes, hay un “número de combinaciones posibles que testimonian estos signos, conforme a los principios de la coordinación de los esquemas de este estadio”, se refiere al autor, que dichos signos pueden ser sensoriales, asimilativos a un esquema, diferenciativo de otros esquemas, y la comprensión de la significación.

    En los diferentes estadios, la infancia desarrolla una capacidad de asimilación

    llamada reproductiva, reacción circular o imitación de sí mismo, que es la imitación de lo otro por llevar esa información a su propia experiencia. “Cuando los objetos se destacan del sujeto y los modelos se objetivan por este hecho, no pueden ser asimilados “integralmente” sino que son sentidos como indiferentes en razón misma de su parecido: la analogía se convierte entonces en fuente de interés y no sólo en similitud” (Piaget, 1977, 73), es decir, que más que la influencia del modelo sobre el infante, lo que importante en esta etapa es la respuesta a sus propios intereses. Se asimila aquello que es igual o semejante a las experiencias que los infantes han tenido hasta el momento de su desarrollo etario, y lo que es totalmente nuevo o no responde a lo ya conocido puede causar cierta indiferencia en el sujeto.

  3. La condición etaria y los sueños en los niñez.


    En el caso de los sueños en las personas menores de edad, conforme a sus diferentes grupos etarios, en sus edades primarias consideran que los sueños son prácticamente objetos, es decir, que son reales, que lo que sueñan está en su habitación, que son figuras auténticas que se hacen presentes en las habitaciones donde ellos descansan. Pero conforme avanzan en su edad, toman conciencia de que los sueños son producidos por sus pensamientos, que salen de sus ojos, de su representación, como una especie de proyector de imágenes que reflejan las experiencias que han vivido durante el mismo día en que sueñan o durante días previos a sus experiencias oníricas. En efecto, las afirmaciones de los infantes, conforme a las diversas entrevistas que los expertos les realizan, indican que los sueños salen de sus mentes, como una proyección de imágenes en medio de la oscuridad de sus aposentos. Al igual que sucede con los juegos, “[…] cuanto más pequeño es el niño, menos su pensamiento está adaptado a lo real, en el sentido preciso de un equilibrio entre la asimilación y la acomodación” (Piaget, 1997, 282). El desarrollo del infante le permite que la realidad sea más evidente.

    Un aspecto que aclara Piaget es la dificultad para determinar cuando aparecen los

    sueños en la infancia, dado que para conocer lo que sueña una persona es necesaria la palabra, es decir, cuando alguien puede verbalizar sus sueños. Sin ello, lo más que se puede analizar es el comportamiento del individuo, “[…] los primeros sueños incontestables aparecieron en nuestros sujetos entre los 1; 9 y los 2 años, cuando el niño hablaba mientras dormía y contaba luego el sueño al despertar” (Piaget, 1977, 243). Antes de ello, no se sabe si las personas menores de edad, de apenas unos meses, sueñan, y que tipos de sueños son los que tienen. En los estudios de Piaget, de los 2 a los 3,5 años, de la población infantil analizada, sus sueños eran en su mayoría agradables, la mayor parte de ellos en asociación con los juegos que los infantes tenían durante el día. No obstante, a los 3,5 años presentaban su primera pesadilla, muchas de ellas fruto de alguna situación de salud por la que había pasado el infante. “Se puede hasta decir que es entre los dos y los cuatro años cuando los símbolos situados a mitad de camino ente los extremos, es decir, en parte conscientes y en parte inconscientes, son más frecuentes” (Piaget, 1977, 273), entre aquellas imágenes concretas del individuo y las que son producto o construcción durante el sueño, donde se genera esa mezcla en el individuo.

    A los tres años, un infante toma consciencia de que sus sueños no son realidad,

    no obstante, considera que sí existen imágenes en su habitación, de las cuales puede extraer las ideas propias de sus sueños. Cuando dichas imágenes son agradables, la persona menor de edad desea mantenerlas en su habitación, pero cuando son generadoras de miedo o pesadillas, anhela que sus padres o tutores se deshagan de esa imagen que le aterroriza. Desde la filosofía romana, sobre todo desde Cicerón, se ha afirmado que los ojos son las ventanas del alma, y en algunas de las entrevistas que Piaget realiza a la población infantil, algunos decían eso, que los sueños salían de sus ojos, como una proyección de imágenes, aun estando sus ojos cerrados. En efecto, Jean Piaget en su obra La representación del mundo en el niño, concretamente, en el capítulo tercero, analiza el fenómeno de los sueños en las personas menores de edad.

    Estos parten de la realidad que tienen a la mano, los objetos que se le presentan, pero no tiene conocimiento de su mismidad o la forma como captan esas realidades. Al consultársele a la infancia sobre el origen de los sueños, suelen, según Piaget, dar dos respuestas: (a) El sueño proviene de la de cabeza. (b) El sueño viene de la noche. Otra cuestión que plantea Piaget a las personas menores de edad es sobre el lugar de los sueños, donde la mayoría indica que los sueños están en la cabeza, pero delante de nosotros. Finalmente, les plantea la pregunta sobre ¿con qué se sueñan? y el ¿por qué? de los sueños.

    Al analizar los sueños, Piaget, quien a su vez cita los trabajos de Melanie Klein, sobre El Psicoanálisis en los niños, distingue tres etapas:

    I: De los 5-6 años: La primera infancia cree que los sueños vienen de afuera, y que ellos se presentan con motivo que deben pagar por algo malo que han hecho durante el día, una especie de afloración de sus fantasmas. Se cree que el sueño es la realidad, e incluso, cuando el menor de edad se despierta sigue viviendo la realidad del sueño. Esto se evidencia en el caso de las pesadillas, donde los padres tienen la tarea de calmarlos Piaget da varios ejemplos de personas que incluso en su edad de adolescente creían firmemente haber tenido cierta experiencia, aunque en realidad todo había sido fruto de un sueño, se dieron cuenta cuando lo socializaron con sus padres y ellos los desmintieron. Durante esta etapa de la niñez es muy difícil que los menores puedan distinguir la diferencia del sueño con la realidad, confundiendo ambos escenarios con mucha facilidad.

    En este trabajo de análisis de lo onírico en la niñez, explica Piaget, se les pregunta sobre qué es el sueño y de dónde vienen, donde la respuesta de algunos consiste en que el sueño son luces, que vienen del cielo, otros que vienen de la noche, que se encuentran delante de nosotros, es decir, que vienen desde el exterior. Aquí lo importante es destacar dos afirmaciones constantes, primero, que el sueño es una especie de luz en la oscuridad, que ilumina la noche de la conciencia del infante, y segundo, que, en esta edad, la población infantil considera que los sueños son algo externo a su propia conciencia. Sin embargo, en cuanto a la sustancia de los sueños, consideran los infantes de esta etapa de vida, que el sueño viene de la noche, de un humo negro, y en relación con su origen, muchos menores de edad se lo achacan a las personas u objetos con los que sueñan, es decir, ellos consideran que también tienen parte en el origen de sus propios sueños.

    II. De 7 a 8 años: Los infantes piensan que los sueños vienen de la cabeza, como

    una especie de voz interior, pero consideran que el sueño siempre se encuentra delante de la persona, esto es, que le son externas a esta, aunque, con la dicotomía que afirman que el sueño viene del propio individuo. La imagen que proyectan desde su propia mente adquiere realidad, una realidad que tiene vida propia y es capaz de interactuar con ellos mismos. Como se ha mencionado, los infantes tienen la idea de que el sueño es pensamiento, y, por ende, sale del individuo, pero no tienen claro que los sueños sean internos y cómo se relacionan con el cuerpo de la persona. Aquí el realismo es más avanzado, más intelectual o razonado, se caracteriza por mantener que, si bien el sueño sale del individuo, este es exterior, y que las imágenes de los sueños están ligadas por participación a las imágenes externas, es decir, que no es una representación subjetiva del individuo.

    III. De los 9-10 años: Durante esta etapa la visión es más racional, afirman los infantes que los sueños se encuentran en la cabeza, en el pensamiento. Se considera que el sueño es algo interior al individuo, su origen radica en la cabeza de cada persona menor de edad. En estas edades se desarrollan mejor las conexiones del pensamiento y el sueño, así como la interiorización de las imágenes.

    Todo ello es un proceso que para Piaget se denomina equilibración, el cual debe entenderse “[…] que al igual que los organismos, los sistemas cognitivos están a la vez abiertos en un sentido (el de los intercambios con el entorno), y cerrado en otro, en cuanto a ciclos” (Piaget, 1998, 6), sobre todo porque dicho proceso está guiado por la asimilación y la acomodación, ello para llegar al equilibrio cognitivo. De igual forma, para Piaget, el sueño infantil es un símbolo inconsciente, donde desde la perspectiva de los psicoanalistas ingleses, Nikolas Abraham y Maria Torock, existen dos tipos de símbolos, las metáforas y los criptóforos, entendido esto último como las criptas o fantasmas, es decir, los secretos o vergüenzas familiares que se delegan a las siguientes generaciones. Desde esta perspectiva, afirma Piaget, esto es un pensamiento símbolo que no está asociado al pensamiento socializado, que se manifiesta sobre todo en los sueños, y lo que es claro es que son pensamientos productos del inconsciente de la población infantil.

    Pero en la niñez no existe una división entre el simbolismo consciente y el

    recóndito, apoyándose Piaget en un estudio de Freud sobre El pensamiento simbólico y el pensamiento del niño, en el cual muestra “[…] que el pensamiento entero del niño, como sincrético y prelógico, presenta analogías con el pensamiento simbólico “inconsciente”, aún más, aparece hasta como intermediario entre este último y el pensamiento racional” (Piaget, 1977, 234). De ello se deduce que, en el caso de los infantes, pueden darse dos posibilidades, la primera de ellas que sea primero el sueño, estado inconsciente, del cual brota el pensamiento, esto es, que el sueño es la fuente de la mayoría de los conocimientos que construye el infante, las ideas de dichos sueños se transforman en pensamiento lógicos, o, la segunda, que sea al revés, que primero es el pensamiento lógico o consciente, el cual lleva o conduce a un pensamiento que luego se hace presente en los sueños. Es importante determinar dicha acción, la cual parece depender de la condición etaria de los infantes, en edades más tempranas construyen su mundo a partir de sus sueños, y en edades más avanzadas, sueñan de sus diferencias experiencias o percepciones del mundo.

    El sueño en la niñez es una prolongación del juego simbólico, al respecto de

    muchos de los análisis que realizan Klein, Searl, Isaacs, sobre la temática de los juegos y la expresión de la población infantil. De hecho, en los juegos, las personas menores de edad reflejan muchas de las preocupaciones que viven, a veces de manera consciente como inconsciente, así como su deseo de ir en la otra dirección, el llevar al ámbito de los sueños los juegos que más le gustan o aquellos que han dejado alguna situación traumática, desarrollando de esta manera no sueños sino pesadillas cargadas de aquellos temores desarrollados durante el juego. En cuanto a cuándo aparecen los sueños en la niñez, es muy difícil determinarlo, ya que antes que estos desarrollen el lenguaje, los estudios que se tienen a la mano sobre la forma de ser de los infantes, se basan solamente en sus comportamientos, y evidentemente allí, esta población, no pueden expresar si sueñan o no, y en el caso de que sí sueñen,

    determinar qué es lo que sueñan y las características y cualidades de dichos sueños. Según los estudios realizados por los autores anteriormente mencionados, “[…]

    los primeros sueños incontestables aparecieron en nuestros sujetos entre los 1; 9 y los 2 años, cuando el niño hablaba mientras dormía y contaba luego el sueño al despertar” (Piaget, 1977, 243). Para Freud, el sueño no es más que la reacción del espíritu humano a sus deseos (Freud, 1898, 82), este pensador “[…] emitió la hipótesis (por lo demás la atenuó después) de que los primeros sueños de niños constituyen realizaciones directas de deseos, por simple evocación no disfrazada de la realidad (por ejemplo, sueños de flan y de caldo durante una dieta, etc.)” (Piaget, 1977, 243). No obstante, también debe tenerse en cuenta que un sueño puede simbolizar no solamente un deseo sino lo contrario, una represión del individuo, que durante el sueño se autoinflige un castigo por algo que considera incorrecto. Aquí se evidencia aquellos casos de remordimiento del infante frente a las situaciones adversas en las cuales considera que no actúo de la manera como debería de haberlo hecho.

    Piaget considera que el vínculo entre el juego y el sueño se determina por cuatro aspectos: (a) Sueños que surgen de deseos que evocan resultados deseados, por ejemplo, el soñar que los padres están durmiendo con el menor de edad, que los acompañan y protegen durante la noche, sobre todo de aquello que causa temor a la población infantil, la figura de lo monstruoso. (b) Representar conscientemente ciertos objetos por otros, como la fundición de personajes a los que quieren, que el abuelito y abuelita son sus gatos, un antropomorfismo donde vincula seres queridos con sus mascotas u objetos preferidos durante el proceso onírico. (c) Acontecimientos penosos pero que termina con una buena solución, por ejemplo, que existen una serie de fantasmas que le asustan pero que el infante se refugia en la casa de su abuelita, donde destaca la idea del cuidador o protector de los sueños para la población infantil. En el sueño, el infante tiene claro cuáles son los lugares seguros, donde puede encontrar protección frente al peligro. (d) Las pesadillas, de una persona que les persigue para hacerles daños o robarles sus juguetes. Aquí se manifiesta aquellas situaciones límites de los menores de edad, que pueden surgir, sencillamente, por un temor infundado, una experiencia traumática o incluso algo que vio o escuchó que le sucedió a otra persona. La diferencia entre la continuidad del juego con el sueño es que mientras que mientras durante el juego se puede tener el control, en el sueño no.

    Freud, en su obra La Interpretación de los Sueños, señala que para los antiguos

    el sueño era una relación con el mundo sobrehumano y mitológico, donde los seres divinos o demoniacos le anunciaban al individuo el porvenir. También afirma Schelling, que “[…] todas estas figuras y formaciones no tienen por si realidad alguna; pues la naturaleza misma, desde las que ascienden, se ha retirado frente a la divinidad (que es la única ente en verdad), a la potencialidad, a la relación de algo relativamente no-ente, y conserva voluntariamente esta relación” (Schelling, 2002, 220). Sostiene que los sueños es el lugar del encuentro entre la voluntad del individuo y su intelecto, y poder expresar todo aquello que está viviendo o experimentando de manera libre. Continuando con la propuesta de los sueños de Freud, afirma que Aristóteles asocia los sueños a “[…] la actividad anímica del durmiente durante el estado de reposo” (Freud, 1898, 11), de tal forma, que cualquier alteración física que sufra el individuo mientras duerme se ve reflejado en su sueño, como el frío o el calor.

    Los debates actuales sobre los sueños son entre aquellos que consideran que el sueño tiene un elemento de salida de la realidad, una realidad mística, o aquellos que señalan que el sueño es solamente una proyección de las experiencias que ha vivido el individuo. Para muchos, como por ejemplo Hildebrandt, los sueños toman su material de los primeros años de la vida, de la infancia, incluso cosas que de manera consciente no se recuerdan.

    No puede dejar de mencionarse la propuesta plotiniana al respecto, según la cual

    “[…] y tanto si uno quiere atribuirle cierta comprensión como si quiere atribuirle cierta percepción, no es como la percepción o la comprensión de que hablamos en el caso de los otros seres, sino como la que se tiene en sueños comparada con la de quien está despierto. Porque la Naturaleza halla descanso contemplando su propio espectáculo, obtenido como resultado de quedarse en sí misma y consigo misma y de ser objeto de contemplación. Así que es una contemplación silenciosa, más un tanto desvaída. Hay, en efecto, otra contemplación más clarividente que ella; ella, en cambio, es imagen de otra contemplación. Y precisamente por eso, lo engendrado por ella es totalmente débil, porque una contemplación que se debilita engendra un objeto débil de contemplación” (Eneada III, 8, 21-31).

  4. El egocentrismo en la niñez, la representación del sueño.


    Uno de los problemas para poder determinar los sueños en la población infantil, reside en que esta es comúnmente egocentrista, entendido esto como que a ella le cuesta comunicar claramente sus ideas. “El egocentrismo intelectual del niño constituye un serio obstáculo para quien desee conocerle por pura observación, sin preguntar de ningún modo al niño observado” (Piaget, 1984, 15). El menor de edad más que querer comprender lo que pasa a su alrededor, asume las opiniones de los otros como las propias pero sin cuestionarlas, dado que por naturaleza el infante se encierra en sí mismo. En el caso de los sueños, se podría entonces cuestionar si, dado tal egocentrismo de las niñas y los niños, ¿habrá posibilidad de que pueda construir una realidad ajena a sí mismo? Para responde a estos, Piaget vuelve a la propuesta aristotélica de considerar a los infantes como seres irracionales, y por ende, vueltos hacia las cosas reales. Dado su no capacidad cognoscitiva, ellos no cuestionan o generan ideas a partir de lo que les es dado, sino que ven las cosas tal cual son y las asumen sin ningún tipo de reparo.

    Afirma Piaget, que hay dos características que fundamentan este egocentrismo

    en la población infantil, la primera de ellas implica que los infantes piensan que ellos son el centro del mundo, los actores principales de una película, y consideran que todo lo que pasa en la realidad tiene que ver con ellos. Ello les hace estar en el escenario principal de cualquier tipo de representación, lo cual sucede lo mismo en los sueños, donde ellos ocupan un papel principal en la serie de acontecimientos que suceden en sus mentes. Como ocupan ese lugar central, tienen supeditado el espacio y el tiempo, de ahí la posibilidad de que puedan recorrer grandes distancias o manejar el tiempo en sus diferentes etapas sin ningún tipo de vinculación lógica. La segunda característica que se indicaba anteriormente, reside en que la infancia construye la realidad en torno al afecto de sus padres o tutores, de ahí que consideran que las

    normas que estos les imponen deben ser acatadas por todos los demás seres que conforman su realidad.

    Un tipo de egocentrismo es lo que Piaget llama el egocentrismo absoluto o narcisismo, el cual “[…] produce la creencia mágica, pero sólo en tanto que implique ausencia de la conciencia del yo” (Piaget, 1984, 137). Su teoría consiste en que una persona que no ha tenido verdaderamente relaciones humanas no puede considerar su soledad dado que no tiene punto de comparación. Mejor dicho, en el caso de los bebés, por ejemplo, dado que ellos no han tenido la oportunidad de socializar, no podría valorar el sentimiento de estar solos al no haber punto de comparación. De ahí que, para el pensador suizo, es “[…] probable que el solipsista se sienta idéntico a las imágenes que percibe” (Piaget, 1984, 137), y en el caso de los sueños no note la diferencia entre las imágenes que surgen de su cabeza con aquellas que percibe del mundo real. Puede considerar que el mundo son solo imágenes, incluso, al no tener la niñez una conciencia de su individualidad frente a las otras individualidades de una realidad más amplia, puede considerar que lo que percibe en los sueños es el verdadero mundo.

    Como se ha indicado, el “[…] narcisismo (a condición, se entiende, de ver en

    él un narcisismo sin Narciso, es decir sin la conciencia del yo) corresponde a ese egocentrismo radical del primer año, durante el cual el universo y el yo se confunden, a falta de objetos permanentes exteriores” (Piaget, 1977, 254). Esta expresión del narcisismo sin Narciso, en el caso del fenómeno onírico en los menores de edad, corresponde esa etapa donde por una parte esta población es el dueño del mundo, pero por otra, no tiene conciencia de su yo, porque exactamente hay una confusión por parte del infante entre la realidad y su propia existencia. Incluso, en el caso de los adultos, en su estado de sueño, no se tiene esa conciencia del yo, dado que no tiene conciencia de su estado, si es en vigila o en dormición. No obstantes, si tiene conciencia de algo, que es el sueño que está teniendo (276).

    La fuerza que guía a un infante desde su temprana edad es el deseo, y en ese deseo se agota su realidad, todo lo que necesita del mundo. En las edades tempranas no solamente los sueños derivan de la mente del menor de edad, sino que incluso sus actividades lúdicas son fruto de su pensamiento. Igualmente, Piaget denomina actividad pática a la creación del mundo por parte de la población infantil, cuando toma elementos externos de la realidad para asumirlos en su propio propia construcción de la realidad. Se afirma que “[…] una mentalidad “pática” en oposición a “gnóstica” es necesariamente egocéntrica al mismo tiempo que comulga con el ambiente y que el egocentrismo supone una asimilación de lo real al yo pudiendo desprenderse en grados diversos de la adaptación misma, para orientarse hacia la ficción y la imagen propiamente simbólica” (Piaget, 1977, 219). Dicha actividad pática es la que le da al infante una serie de ideas o criterios que posteriormente proyecta en sus sueños, sus frutos son lo que podría denominarse un mundo a medida, conforme a la propia selección de ideas e imágenes que son tomadas de otros.

    Al ser el mundo algo que se refiere al mismo infante, este se siente dueño de

    esta realidad, hace un manejo a su antojo y construye todas las posibilidades de sus sueños. Esto se debe a que una niña o niño pequeño no establece una distinción entre el mundo exterior y su propio pensamiento, cree que son una misma realidad, donde

    él es el actuante principal, pero sin tener pleno dominio sobre las cosas. Un detalle importante, al considerar la persona menor de edad que él es el mundo, todas las demás cosas, como la alegoría de la caverna de Platón, son sombras o imágenes no que se proyectan en las paredes, sino que surgen de su mismo pensamiento, y que incluso, dichas sombras o imágenes piensan siempre como él.

    Piaget distingue dos tipos de egocentrismos en la niñez, uno llamado lógico y otro llamado ontológico. El primero tiene que ver en que el infante, al considerar que es el mundo, no tiene una necesidad de realizar demostraciones lógicas, de hacer deducciones de las cosas o contra argumentar, dado que todo surge de sí mismo y está en diálogo consigo mismos. El segundo es el que se ha mencionado, cuando el infante considera que toda la realidad está remitida a sus pensamientos, que todo gira en torno a su propio ser. Una de las causas del egocentrismo en los infantes, lo llama Piaget la introyección, “[…] la tendencia a situar en otro o en las cosas la reciprocidad de los sentimientos que se experimenta frente a frente de ellos” (Piaget, 1984, 208), ello es equiparar las cosas teniendo el control de las escenas que se proyectan durante los sueños. Al no tener clara la distinción entre lo inerte y lo viviente, el infante es capaz de traspasar sus propias emociones tanto a las cosas como a otros sujetos.

    La persona menor de edad sale del egocentrismo cuando toma conciencia de

    […] de los dos a los siete años la imitación representativa se expande y se generaliza bajo una forma espontánea, que su progresiva soltura y su egocentrismo hacen a menudo inconsciente, en tanto que hacia los siete u ocho años la imitación se hace reflexiva y se integra o se reintegra en la inteligencia misma (Piaget, 1977, 99).

    la realidad del mundo, cuando vuelca su mirada a la realidad exterior. Así, “[…] la disminución del egocentrismo, que llega a ser muy claro a los siete-ocho años, es debido, como lo hemos visto antes, a la socialización progresiva del pensamiento del niño” (Piaget, 1984, 326). Considera Piaget que a esa edad se dan dos acontecimientos sumamente importantes para los infantes, el primero de ellos es el sentimiento de independencia, de tal forma que sienten que ya no dependen totalmente de sus padres o tutores, y el segundo de ellos es que empieza a salir de sí mismo, a considerar que el mundo no está remitido a su interioridad, sino que este es mucho más amplio de lo que piensa. Precisamente, en esas edades las personas menores de edad varían en cuanto a lo que sueñan, al considerar que, como se mencionó anteriormente, los sueños surgen en su propia mente pero que estos corresponden con la exterioridad, una especie de liberación de sí mismo frente al control de sus tutores y de externalización de su propia conciencia. En efecto,

    Junto al concepto de introyección, Piaget también utiliza el de indiferenciación, entendido este como la no distinción que hace la población infantil entre lo que es su propio pensamiento o la actividad propia con el pensamiento de los otros o la acción de los objetos. Piaget aporta muchos ejemplos de cómo los infantes de temprana edad se apropian de las ideas de los otros, quienes al principio consideran que no harán lo que los otros indican pero que terminan por imitar o copiar el diseño propuesto. En el caso de los sueños, el menor de edad crea un pensamiento considerándolo como original, de su producción propia, algo que es característico de

    su mundo, pero que en realidad es una copia de algo que le han transmitido desde la exterioridad. El hecho de que estos infantes roben las ideas de otros o las imiten se debe no a un acto ético deliberado, sino que no cuentan con “[…] un pensamiento interior suficientemente preciso y móvil, su pensamiento lógico-verbal es demasiado corto y demasiado impreciso, mientras que el símbolo concreta y anima todas las cosas” (Piaget, 1977, 211).

    En la relación del pensamiento simbólico y el pensamiento del infante, sostiene el pensador francés, que “[…] el pensamiento entero del niño, como sincrético y prelógico, presenta analogías con el pensamiento simbólico “inconsciente”, aún más, aparece hasta como intermediario entre este último y el pensamiento racional” (Piaget, 1977, 234), pero este puede tener dos direcciones, la primera de ellas es el fenómeno onírico el cual ser presenta como un caos en la mente del infante, y desde el cual el menor de edad construye su pensamiento, la segunda es el pensamiento lógico, cuando el infante ha establecido contactos más claros con el mundo, cuando ha socializado con este. “Hay egocentrismo integral por falta de conciencia del yo” (Piaget, 1984, 148), dado que la niñez vive sumida en sus propios pensamientos, lo cual no implica que no vea el mundo alrededor, sino que lo abstrae o succiona para convertirlo en algo propio de sí mismo.


  5. Conclusiones


Para Piaget, “[…] los niños confunden el signo con lo significado, o el objeto mental y la cosa que representa” (Piaget, 1984, 110), por ejemplo, consideran que decir el sol es lo mismo que el sol, una correspondencia entre el nombre y el objeto. Afirma el pensador, que la confusión que se tiene entre el signo y el significado en los sueños desaparece más rápido que la que se presenta entre los nombres y los pensamientos, debido a que el sueño es engañoso y de ahí que es más fácil que se desconecte el signo de lo representado. Otra de las grandes confusiones de las personas menores de edad es la vinculación de lo interno-externo, de tal forma que, en las primeras edades de la infancia, se difumina la existencia de las cosas en espacios más amplios, la escuela, la plaza, con una perspectiva interesante de maximización de espacios probablemente por la pequeñez propio de la niña y el niño, es decir, ve todo mucho más grande o amplio, y luego, poco a poco empieza a remitir sus sueños a espacios más cercanos a la habitación donde duerme, en la calle al frente de su casa, frente a su ventana, en su habitación, a pocos centímetros de su cama, en su boca, en sus ojos, en su pensamiento.

Un detalle interesante, para Piaget el sueño es la expresión del egocentrismo del

infante, quienes construyen el mundo a su alrededor y lo reducen a su propia realidad interna. Ello es lo que genera la mezcla entre lo subjetivo y lo objetivo, dado que no se discierne la representación de cada una de las cosas, y pueden considerarse como algo que existe pero que realmente es generado por el individuo. A este egocentrismo, que es la confusión desde su propia perspectiva con la perspectiva de los otros, es lo que Piaget llama actitud pática en contra de la gnóstica, es decir, donde el infante crea o construye un mundo que sale de su propio pensamiento, pero sin ser consciente de que él mismo lo está determinando o proyectando, esto es una ficción que se lleva a

la imaginación y que posteriormente se representa a través de un símbolo.

Aunado a esto, “[…] el durmiente tiene siempre conciencia de alguna cosa, puesto que sueña, y, sin embargo, no es una conciencia del yo puesto que no sabe que duerme ni que sueña” (Piaget, 1977, 277), de ahí que se haya definido como un estado de inconciencia y que puede generar confusiones en el individuo. Piaget señala que el sueño es una proyección de la persona, y pone como ejemplo a los infantes de más edad, a partir de los siete años, quienes cuando se refieren a sí mismos hablan en tercera persona, porque consideran que con quienes se relacionan son alguien externos a sí mismos. En los sueños, ellos asumen como creencia inmediata que se encuentran en una realidad, que están viviendo una serie de experiencias a veces fantásticas y gratificantes o en su defecto, traumáticas, fruto de sus miedos o experiencias negativas que surgen de su vida cotidiana.

Al estudiar las representaciones relativas a los nombres, hemos llegado a la conclusión de que la primera en desaparecer es la confusión del signo con lo significado (hacia siete-ocho años). Esta desaparición lleva a la distinción de lo externo y lo interno (hacia nueve-diez años), y, finalmente, esta distinción engendra la idea de que el pensamiento es cosa distinta de un cuerpo material. En lo que concierne a los conceptos relativos a los sueños, este proceso es todavía más claro. La confusión de la imagen y del objeto correspondiente desaparece muy pronto (hacia cinco-seis años). En la medida en que ella desaparece el sueño deja de ser localizado en las cosas. De este modo, se bosqueja la distinción entre lo interno y lo externo, y llega a ser completa hacia los nueve-diez años (principio de la tercera etapa). Finalmente, sólo hacia los once años es cuando esta distinción de lo interno y lo externo lleva al niño a comprender definitivamente que el sueño no es una imagen material, sino simplemente un pensamiento (Piaget, 1984, 111).

Los sueños vienen a presentarse como una voz, en el interior del individuo, tanto interna como externa. Otro realismo que se presenta en la niñez es la confusión entre el pensamiento con la materia, pues identifican el pensamiento con algún elemento material, sea con un soplo, un humo, para los más pequeños, los sueños vienen de la noche o de unas luces que se presentan e iluminan todo a su alrededor.

Si tal es la forma de soñar de las personas menores de edad, se explica como este cúmulo de experiencias que posee, de la vinculación del juego que es una realidad espontánea y la construcción de los mundos mágicos, son las que alimentan la imaginación del ser humano durante las primeras etapas de su vida. El pretender determinar claramente la naturaleza del sueño en la niñez lleva a ciertos inconvenientes como la falta de asimilación o acomodación con la realidad, que, si bien sucede en los juegos de los infantes en los primeros años de su vida, se hace presente de forma más drástica en los sueños. El sueño, al igual que el juego, es el caos de la conciencia del menor de edad, su etapa prelógica, donde el infante vive en el inconsciente del yo. Será necesario que llegue a cierta edad para que empiece a socializar y desarrollar el pensamiento lógico, aunque sea en su etapa más rudimentaria y que debe perfeccionar en la medida en que tiene contacto con el mundo exterior.

En efecto, como se ha indicado, se parte de la cuestión de si “[…] ¿el sueño infantil

presenta un simbolismo comparable al de los juegos de edades correspondientes, o bien manifiesta de antemano una trama inextricable análoga a la de la mayoría de los sueños adultos?” (Piaget, 1977, 243). Ante ello, puede responderse afirmativamente al primer postulado, de que es comparable el sueño infantil con los juegos de sus propias edades, sobre todo de que “[…] a causa de su falta total de acomodaciones el sueño no revela sino parcialmente esta organización, o bajo una forma relajada que se rehace por otra parte, en todo estado de adaptación real” (Piaget, 1977, 288). En relación con la trama inextricable de la adultez, no sucede así con la niñez, quienes al tener experiencias más simples de vida, sus sueños son más determinados y centrados en los pocos y escuetos acontecimientos propios de su infancia.


Referencias


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