Arnaldo José Medina
El propósito principal de este artículo es situar a la anarquía más allá de una simple ideología, empleando un enfoque científico que destaque su carácter estructural y evolutivo. Para lograrlo, me baso en la teoría evolutiva de Piotr Kropotkin, quien, en su investigación, busca, no rebatir, sino más bien, aportar a la interpretación darwinista predominante de la supervivencia, basada en la premisa de: “el más fuerte prevalece”.
Autor/ Author
Arnaldo José Medina Universidad Nacional Autónoma de Honduras
Ciudad: Tegucigalpa, Honduras
Recibido: 09/12/2024 Aprobado: 17/08/2025 Publicado: 06/01/2026
Mientras Darwin, en su obra sostiene que el conflicto entre individuos favorece la evolución, Kropotkin argumenta que el individualismo en realidad obstaculiza el desarrollo de una nueva realidad social. En su lugar, propone que la cooperación y el “Apoyo mutuo” entre los individuos constituyen el verdadero motor de la evolución, lo cual respalda mediante un estudio biológico y antropológico de comunidades en las que, debido a su contexto geográfico, la cooperación ha prevalecido sobre el conflicto. En esta perspectiva, el anarquismo adquiere un carácter científico que lo fundamenta en el anarcocomunismo como una forma natural de organización humana.
cooperación, lucha.
While Darwin, in his work, argues that conflict between individuals favors evolution, Kropotkin contends that individualism actually hinders the development of a new social reality. Instead, he proposes that cooperation and "Mutual Aid" between individuals are the true driving forces of evolution, which he supports through
a biological and anthropological study of communities where, due to their geographical context, cooperation has prevailed over conflict. From this perspective, anarchism acquires a scientific character that grounds it in anarcho-communism as a natural form of human organization.
La evolución es un concepto fundamental en biología y ha sido objeto de debates y transformaciones desde sus primeras formulaciones. A lo largo de la historia, pensadores como Lamarck, Darwin, Spencer, Malthus, Huxley y Kropotkin han contribuido a la comprensión del proceso evolutivo, cada uno desde perspectivas que han desafiado y enriquecido las ideas previas y de igual forma han sido criticadas. Es aquí donde se dará una visualización a una parte de ellas.
Dando inicio con el primer esbozo coherente como formulación sistemática de la evolución, aunque con una visión teleológica, está sentará la base para ser aceptada asimismo como para ser cuestionada más adelante.
La evolución, más que un concepto biológico, se ha postrado en la esfera de la teoría como un paradigma interpretativo que se presenta como herramienta para la comprensión de la naturaleza humana y la organización social. Antes de la formulación darwiniana, una serie de pensadores establecieron lo que llamaremos un -canon biológico- que sentó las bases para el debate posterior. Esta sección se dedicará a examinar las rupturas y las ideas claves que moldearon el pensamiento evolutivo: desde la primera formulación sistemática de Lamarck, con su visión teleológica, hasta la radical y arremetedora postura mecanicista de Darwin. La revisión de este
-canon- no es meramente histórico, sino que es un mapeo donde se intenta trazar los principios biológicos de la época, especialmente nociones como el de la -lucha por la existencia- que fueron extrapolados (y a menudo distorsionados) hacia el ámbito de las ciencias sociales.
Al hablar de evolución en cuanto al movimiento de la especie por la línea transitoria de la historia, es pertinente respetar el canon ya establecido por los diferentes hombres que, gracias a sus vastas investigaciones en el campo, han guiado de la mano a la biología para ella ser considerada una herramienta eficaz en la aprehensión del individuo en su desarrollo en el entorno.
Será a Jean. B. Lamarck el primero en -formular- una teoría coherente a la evolución, centrada en lo que se entiende como la adaptación al medio. Explica Lamarck en su obra que los seres vivos cambiaban su anatomía por el uso o desuso de órganos y transmitían esos cambios a sus descendientes. (Lamarck, 1986).
En palabras simples, la evolución para Lamarck ocurre porque los organismos responden a las presiones ambientales cambiando físicamente a lo largo de su vida, y estos cambios se pasan a la descendencia. En este esbozo evolutivo en cuanto a teoría, se nota de primera mano la influencia teleológica en el pensamiento de Lamarck, ya que él creía que los seres vivos no solo cambiaban debido a la adaptación al entorno, sino que estos cambios seguían una finalidad o propósito inherente a la naturaleza. Según Abbagnano (1987), la teleología es la parte de la filosofía natural que explica los fines de las cosas. En el lamarckismo, se refiere a la idea de que los procesos naturales ocurren con un fin o propósito determinado, en este caso, un impulso hacia la mejora y perfeccionamiento de los organismos. Lamarck sostenía que la naturaleza tiene una “tendencia interna” que lleva a los organismos a un proceso de perfeccionamiento constante. Esta idea es teleológica porque implica que los seres vivos tienen un propósito interno de adaptación y mejora a medida que interactúan con su entorno. Para Lamarck, los organismos no evolucionan de manera aleatoria o por azar, sino que están guiados por una fuerza interna que los dirige hacia formas más complejas y adaptadas al entorno. Cuando Lamarck afirma que los cambios adquiridos durante la vida de un organismo se transmiten a sus descendientes, también sugiere que la evolución sigue un camino determinado hacia la mejora continua.
Las ideas evolutivas de Lamarck fueron duramente criticadas por Georges Cuvier (1769-1832), quien desarrolló las bases de la paleontología y la anatomía comparada. Cuvier sostenía que los seres vivos eran un “sistema único y cerrado” en el que todas las partes estaban interconectadas y no podían cambiar sin que las demás también lo hicieran. Según Cuvier, cualquier cambio en una parte del organismo requeriría una modificación simultánea en las demás, lo que hacía improbable la transformación de una especie en otra, contradiciendo directamente la idea de Lamarck de evolución gradual hacia la perfección, derrocando de esta manera el teleologismo de su formulación biológica. (Quintero, 2016).
Charles Darwin (1809-1882), fue un hombre de ciencia, de observación empírica, que basó su método como herramienta eficaz en su formulación. Ya habiendo apartado del camino al teleologismo lamarckiano, es ahora donde el giro evolutivo apunta a una percepción mecanicista del mundo. Darwin se da cuenta de que el rumbo evolutivo de las especies no se rige por las decisiones de un creador supremo, como entre líneas lo quería hacer ver Lamarck, llamando al cambio genético, -perfección-. Es entonces cuando Darwin sienta las bases de lo que conocemos como -selección natural-.
Darwin encuentra el camino a este enfoque mecanicista de la realidad que se trataba de comprender, mediante la lectura de Thomas Malthus (1766-1834), un erudito economista brítanico, en su ensayo El Principio de la Población.
Malthus define el camino del individuo bajo un problema poblacional que será el que esclarecerá su devenir, y dice: “[...] los hombres solo pueden multiplicarse en proporción de los medios de subsistencia.” (Malthus, 1846, 23). Darwin, ante la idea malthusiana, encontró una clave para comprender cómo las variaciones individuales dentro de una especie podían determinar qué individuos sobrevivían y se reproducían. Para Darwin, esta idea malthusiana se tradujo en un mecanismo fundamental de la evolución teniendo en cuenta el factor real y duro de los recursos que se encuentran en el entorno y que son limitados. Asimismo, prosigue Malthus (1846, 5) que, “[...] esta población creciendo rápidamente y en progresión geométrica, bien pronto se impondría límites a ella misma.”
Esta presión demográfica en relación con los recursos limitados, Darwin la traduce en una competencia que favorece a los individuos -más adaptados-, y solo los que logren sobrevivir podrán transmitir sus características a la siguiente generación. De aquí parte lo que conocemos como selección natural y de esta se desglosa la lucha por la existencia.
La teoría evolutiva no tardó en ser trasladada del ámbito biológico al social, generando lo que se conoce como darwinismo social. La facilidad de esta extrapolación se debe a que la biología y las ciencias sociales comparten un conjunto de conceptos claves, tales como organismos, estructuras, células, sistemas, diversidad, ciclo, regulación y jerarquía, utilizados para describir al individuo y su relación con el entorno. El instinto es natural y lo natural en el hombre es lo social. Nuestro punto de partida en la carrera evolutiva comienza en el juego de la sociedad. Esta transposición conceptual se hizo evidente con Herbert Spencer (1820-1903) quien, influenciado por Darwin y Malthus, se convirtió en el principal exponente del darwinismo social. Spencer adopta el concepto de -la supervivencia del más apto- no solo como mecanismo biológico, sino como la única vía de progreso humano y social. Para él, la sociedad evoluciona de manera incremental desde la homogeneidad incoherente hacia la heterogeneidad coherente, esto lo llevó a generalizar principios biológicos como la complejización estructural y la interdependencia funcional, aplicándolos a las sociedades humanas. (Espina, 2005, 177). Con esto, sienta las bases de lo que se vendría a conocer como darwinismo social, que por resultado casi demoníaco y por desviaciones en procesos hermenéuticos, se desglosan en dos de sus crías: el capitalismo y el racismo.
Tomando el significado de la categoría donde -el más apto prevalece- como
una carrera para el individuo por sobre su otro, se encuentra el escenario de la más sangrienta lucha por la existencia que la historia podrá narrar. Ya no es el instinto de sobrevivir quien mueve al ser, es ahora el deseo de acumular quien define sus acciones. Esta mutación del darwinismo llegaría a tener varios detractores en el futuro (habrá que tener en cuenta que nunca fue intención de Spencer esos desenlaces, o eso esperemos) pero varios académicos tacharon al darwinismo social como la piedra angular para respaldar al nazismo y a muchos movimientos racistas posteriores a ese. Como señala Espina (2005, 176), “[...] para Von Mises, el nazismo no es más que una
burda distorsión de la teoría de Darwin, que extrapola la idea de competencia física
entre especies a la de guerra entre razas humanas y naciones.”
Piotr Kropotkin (1842-1921). Geografo y anarquista. Ante la magnífica investigación de años de trabajo de Darwin, Kropotkin en ningún momento piensa en refutar y desmantelar toda esta fórmula sistemática evolutiva; al contrario, lo que intenta es descubrir ese factor que los naturalistas ignoran u obvian. Descentraliza su idea evolutiva de la de Darwin y varios naturalistas, donde la lucha por la existencia se encuentra como la variable para dictaminar el resultado de la ecuación. En términos analógicos lo que intenta el ruso no es más que despejar esta ecuación para hacer entendida la variable olvidada, el apoyo mutuo. Es por ello que su obra está bajo el nombre de: El Apoyo Mutuo. Un factor de la evolución (2006). Esta obra posicionaría el nombre de Kropotkin como uno de los teóricos más importantes y a su vez, con el paso del tiempo, de los más olvidados.
Kropotkin va a plantear que la sociabilidad y la cooperación son elementos centrales en el desarrollo de las especies, posicionándolos como mecanismos más importantes, para la supervivencia, que la competencia pura. A diferencia del darwinismo, que enfatiza la lucha por la existencia, Kropotkin argumenta que las especies más sociables tienen mayores probabilidades de adaptarse y prosperar. Este enfoque no es solo una crítica al darwinismo meramente biológico, sino que de igual forma lanza la flecha a Spencer con su darwinismo social y a Thomas Huxley, ferviente defensor de la teoría darwinista y la lucha por la vida.
“¿Quiénes son más aptos, aquellos que constantemente luchan entre sí o, por el contrario, aquellos que se apoyan mutuamente?” (Kropotkin, 2016, 34). Con esta interrogante, Kropotkin encierra lo que a su ideal concierne una profunda reflexión sobre la naturaleza de la evolución y los principios que rigen la supervivencia y el progreso. En este momento plantea no solo desafiar el paradigma dominante del darwinismo social, que exalta la competencia como el motor del desarrollo, sino que también introduce una alternativa fundamentada en la cooperación como principio evolutivo.
Como se menciona anteriormente, Kropotkin, con su teoría, no intenta demeritar a Darwin, sino más bien añadirle peso a la cooperatividad en el proceso evolutivo. A quien sí critica de manera un tanto ruda y directa es a Thomas Huxley (1825-1895) con su intento de arremeter con la idea socialista de su época, y con su artículo publicado en mismas instancias La Lucha por la existencia humana (1888).
Cabe recordar que el principio del apoyo mutuo en el pensamiento de Kropotkin no es simplemente un ideal ético o una excepción a las leyes de la lucha por la supervivencia (fortalecidas por Huxley); es, según él, un hecho científico que opera como un factor evolutivo tan legítimo como la lucha por la existencia. Hay que leer entre líneas en el prólogo de la primera edición de El Apoyo Mutuo, donde se entiende que el individualismo radical, en el sentido de la guerra de todos contra todos, es una distorsión de la realidad de la naturaleza y de la humanidad. Kropotkin se esfuerza por fundamentar este principio en la biología, rechazando interpretaciones idealistas o espiritualistas que lo reduzcan a una exigencia moral o a un imperativo categórico.
Kropotkin se posiciona con rudeza y templanza, con confianza en su coherencia con un materialismo mecanicista y un naturalismo antiteleológico, que constituyen la base filosófica del pensamiento de Kropotkin. Para él, aceptar el apoyo mutuo como un mero postulado ético implicaría renunciar al marco científico que estructura su visión del mundo (su Weltanschauung: cosmovisión), un marco que armoniza sus ideas filosóficas, biológicas y socio-políticas. Este esfuerzo refleja la influencia del espíritu de la época, donde la ciencia y el naturalismo ofrecían herramientas clave para desafiar las explicaciones religiosas o idealistas de la naturaleza y la sociedad.
Con esto, entrega al anarquismo una base científica y sólida y, sobre todo, una alternativa al darwinismo social de la época y al pensamiento competitivo dominante, resultado de reduccionismos a las lecturas malthusianas como a la selección natural darwiniana deviniendo en capitalismo feroz y segregación de clases.
Teniendo un poco más claro el camino y al haber explicado el ideal del ruso, es entonces cuando es plausible arremeter y desafiar la concepción huxleyana de la lucha por la vida, al vincularla con la teoría hobbesiana de un estado de naturaleza caracterizado por una guerra perpetua de todos contra todos (Quintero, 2016). Según Kropotkin, esta visión, que encuentra eco en el darwinismo social y en las interpretaciones de Huxley, se basa en premisas que la etnología moderna ha desmentido. En particular, critica la suposición de que los primeros seres humanos vivieron aislados en pequeñas familias nómadas, afirmando que esta perspectiva no refleja la realidad de las primeras etapas de la humanidad (Kropotkin, 2016).
En consonancia con los estudios de lo que plantea Engels en su obra Dialéctica de la Naturaleza (compendio de artículos de 1886), Kropotkin argumenta que la familia no fue la unidad primitiva de organización social, sino un desarrollo posterior en la evolución social. En sus inicios, el ser humano habría vivido en grandes grupos o comunidades, similares a los rebaños observados en ciertos mamíferos sociales actuales. Ante ello, subraya que la sociabilidad, y no el aislamiento competitivo, fue un factor crucial en la evolución humana.
Incluso, al recurrir al propio Darwin, Kropotkin señala que los primeros homínidos no descendieron de especies solitarias y agresivas como el orangután o el gorila, sino de simios menos fuertes, pero más sociables, como el chimpancé. Este dato explicado de manera detallada en el capítulo II de la obra de El Apoyo Mutuo, y su instrucción, se ve demostrada y respaldada por observaciones antropológicas y prehistóricas obtenidas de fuentes contemporáneas para su época, y refuerza su tesis: la cooperación y la vida en comunidad fueron elementos centrales en el desarrollo de las primeras sociedades humanas.
La posición de Kropotkin no sólo refuta las nociones competitivas como fundamento de la organización humana, sino que sitúa la sociabilidad y la cooperación como características esenciales en la evolución, contrarrestando las interpretaciones darwinistas que se enfrascan exclusivamente en la lucha por la supervivencia. Este enfoque antropológico refuerza su propuesta de que la ayuda mutua, más que la competencia, es el verdadero motor de la evolución social y biológica. Donde Darwin
sitúa la unidad de supervivencia solamente en el «individuo», Kropotkin añade a ello que la alteridad es ley natural en la subsistencia mayoritaria entre especies: «individuo + el otro».
Kropotkin va a criticar la vigencia de la concepción hobbesiana del ser humano como naturalmente violento, mostrando cómo ciertos autores del siglo XIX reinterpretaron el darwinismo para reforzar dicha idea. El ácrata ruso advierte que, aunque la ciencia ha avanzado desde Hobbes y Rousseau, aún existen pensadores que retoman sus planteamientos en son de escrituras sagradas bajo una falsa apariencia científica. Nos señala Kropotkin (2016, 115) “[...] armados no tanto de las ideas de Darwin como de su terminología, se han aprovechado de esta última para predicar en favor de las opiniones de Hobbes sobre el hombre primitivo”, hay un deslumbre en esta dialéctica teórica, dando a entender que la aplicación hobbesiana es insostenible en esta línea trazada de progreso y cooperación. Uno de los teóricos que son los estandartes de llevar estas tesis (falaces para Kropotkin) es Huxley. Kropotkin, hace hincapié a una de las conferencias que este último dicta en el año de 1888 donde afirma y cita el ruso: “[...] presentó a los hombres primitivos como a tigres o leones desprovistos de toda clase de concepciones sociales, que no se detenían ante nada en la lucha por la existencia y cuya vida entera transcurría en una -libre lucha continua-.” (Kropotkin, 2016, 115)
Es aquí cuando Kropotkin se lanza ahora contra los modernos contractualistas
y critica que la filosofía de Hobbes, con su concepto de la -guerra de todos contra todos-, aún encuentra eco en ciertos círculos que intentan darle un barniz científico mediante la adopción del lenguaje y las ideas de Darwin. Empero, hemos de señalar que estas lecturas son reductivas y carecen de un fundamento real en la evidencia biológica y antropológica. Huxley, líder de esta escuela, es criticado por presentar una imagen del ser humano primitivo como un ser esencialmente competitivo y violento, ignorando completamente las manifestaciones de sociabilidad y cooperación que también forman parte de la naturaleza humana, animalizando por completo y sin dejar la opción de vislumbrar el progreso bajo raciocinio social e intelectual que el individuo puede desarrollar.
Kropotkin va a contrastar esta visión con su propio enfoque, en el cual la cooperación y la ayuda mutua se presentan como fuerzas fundamentales, tanto en la evolución biológica como en el desarrollo social.
Kropotkin ve en las comunas un reflejo de sus ideas, principalmente porque
-sucedieron-, es la historia escrita que lo muestra como evidencia a la organización social y a la cooperación como fuerzas esenciales en la evolución humana.
Hay que destacar que esta forma de unión no solo fue producto de una necesidad práctica. Este principio territorial implica que la unidad y la solidaridad no surgieron de un contrato abstracto, sino de la necesidad de vivir y trabajar juntos dentro de un territorio compartido, lo que facilita la cooperación mutua, permitiendo que los
individuos no se disolvieran en grupos aislados o en familias separadas sin vínculos,
lo que habría podido conducir a la fragmentación social.
Entonces una nueva forma de unión, fundada en el principio territorial -la comuna aldeana- fue creada por el genio social del hombre. Esta institución, a su vez, sirvió para unir a los hombres durante muchos siglos, dándoles la posibilidad de desarrollar sus instituciones sociales y ayudándolos a atravesar los períodos más sombríos de la historia sin desintegrarse en conglomerados de familias e individuos a quienes nada ligaba entre sí (Kropotkin, 2016, 198).
Lo interesante de la reflexión de Kropotkin es que, mientras muchos teóricos contemporáneos como Hobbes o incluso algunos darwinistas sociales veían la naturaleza humana como esencialmente competitiva o individualista, Kropotkin asume la batuta, como científico, de que la solidaridad y la cooperación son igualmente inherentes al ser humano. En lugar de una visión de los hombres como seres solitarios en constante lucha, Piotr plantea que la verdadera fuerza de la humanidad radica en su capacidad para unirse en comunidades cohesionadas, como la comuna aldeana, para hacer frente a los desafíos.
La institución de la comuna aldeana no sólo ejemplifica esta tesis, sino que atestigua y refuerza que la unión y la solidaridad son un mero ideal ético o utópico, por el contrario, se trata de un mecanismo de supervivencia social probado históricamente. Al vivir y trabajar juntos en un territorio compartido, los individuos evitan la fragmentación social y desarrollan instituciones sociales que se postran en la resiliencia. Por lo tanto, Kropotkin sitúa la cooperación y el apoyo mutuo como el elemento crucial de la organización humana que permite la supervivencia de la especie a largo plazo, contradiciendo el estado de naturaleza hobbesiano y la visión individualista del darwinismo social.
Los extremos se tocan, reza un viejo dicho del saber popular. La evolución, tanto en su dimensión biológica como social, ha estado marcada por un principio fundamental: la cooperación. Como ya vimos, esta idea, que ha sido defendida por Kropotkin, sostiene que, en el marco de la evolución de las especies, la solidaridad y la ayuda mutua han jugado un papel crucial en la supervivencia y el desarrollo de los seres vivos. Situándonos en el contexto, la ciencia, al abordar la evolución desde una perspectiva materialista y científica, ha dado base a una visión del progreso humano que no se limita a la competencia y el conflicto, como sugiere el darwinismo social, sino que encuentra en la cooperación el motor del avance y la cohesión social.
Desde el punto de vista totalmente biológico, la teoría de la evolución de Kropotkin, y en parte la de Darwin, nos muestra cómo las especies, incluidas las humanas, han prosperado, no solo a través de la lucha por la existencia, sino también gracias a la colaboración entre individuos. La “ayuda mutua”, propuesta por Piotr, establece que en muchas especies animales, la cooperación es un factor esencial para su progreso. Este principio, aunque contrasta con las interpretaciones de la selección natural basadas únicamente en el conflicto, está respaldado por observaciones
Por fortuna, la competencia no es la regla general ni en el mundo animal ni en la humanidad. Se limita, entre los animales, a períodos excepcionales, y la selección natural suele encontrar otros terrenos más propicios para su actividad. La ayuda y el apoyo mutuos crean mejores condiciones para la selección progresiva por medio de la eliminación de la competencia. (Kropotkin, 2016, 109).
científicas que tanto Darwin como Kropotkin describen en sus obras. Según Kropotkin, la competencia puede ser una fuerza importante, pero la cooperación es igualmente vital para el bienestar y la estabilidad de los grupos sociales. De hecho Kropotkin llega a argumentar que la competencia no solo es un factor secundario, sino que la ayuda mutua es el mecanismo que supera y elimina la necesidad de la lucha constante:
La cooperación, como principio evolutivo, se extiende más allá del ámbito biológico hacia las estructuras sociales humanas. A través de la historia, las sociedades humanas han demostrado que los modelos más eficaces de organización son aquellos que fomentan la solidaridad y el apoyo mutuo, y no la dominación o el conflicto constante (lo vimos en las comunas aldeanas). De las comunidades basadas en la cooperación, como las comunas medievales descritas por Kropotkin, se puede decir lo siguiente: “Las comunas medievales habían tratado de liberar a los campesinos; pero sus guerras contra los feudales, poco a poco, se convirtieron, como se ha dicho antes, en guerras por liberar más a la ciudad misma del poder de los feudales que por liberar a los campesinos”. (Kropotkin, 2016, 266)
Lo anterior, ofrece el ejemplo de cómo las relaciones horizontales pueden generar estabilidad y progreso, en lugar de las jerarquías autoritarias que, a menudo, generan desigualdad y fricción social y una dialéctica en acción para contrarrestar en la praxis la opresión que siembra la competitividad.
Por otra parte, la ciencia es entendida no sólo como una acumulación de conocimientos, sino como un proceso evolutivo de descubrimiento y cooperación intelectual. El avance científico ha sido, históricamente, un esfuerzo colectivo, en el que la colaboración entre investigadores, la transmisión del conocimiento y el trabajo en equipo han permitido la creación de nuevos descubrimientos. Este principio cooperativo, tanto en la biología como en la ciencia, demuestra que el progreso no es un proceso aislado o individualista, sino que está íntimamente vinculado con la colaboración y el intercambio de ideas.
La visión de un progreso científico y social basado en la cooperación y no en la competencia es central para el concepto de comunismo libertario defendido por Kropotkin. Si bien la ciencia ha logrado grandes avances a través de la competencia, la mayor parte de esos avances han sido posibles gracias a la cooperación entre científicos, la acumulación del conocimiento compartido y la mejora continua de las ideas previas.
Es aquí donde, al unir las principales nociones intelectuales que han hecho posible el desarrollo y estructura del escrito, se nos permitió entender cómo las teorías sobre la evolución no solo explican el cambio biológico, sino que también tienen implicaciones profundas en las concepciones sociales y políticas. En un contexto contemporáneo, estas obras seguirán siendo relevantes, especialmente al confrontar
las ideologías que defienden la competencia feroz como base del progreso humano, ofreciendo una visión que resalta la importancia de la cooperación para un desarrollo social y biológico más equitativo y sostenible.
Abbagnano, N. (1987). Diccionario de filosofía. Fondo de Cultura Económica.
Espina, Á. (2005). Presentación. El darwinismo social: de Spencer a Bagehot. Reis. Revista Española de Investigaciones Sociológicas.
Kropotkin, P. A. (2016). El apoyo mutuo : un factor de evolución (L. Orsetti, Trans.). Pepitas de calabaza. Lamarck, J. B. (1986). Filosofía Zoológica. Alta Fulla.
Malthus, T. R. (1846). Ensayo. Sobre el pirncipio de la población. (Vol. Libro Primero). Universidad de
Madrid.
Quintero, A. (2016). El darwinismo: Una visión kropotkiana. Universitat de Barcelona.
Medina, Arnaldo José. (2026). Más allá de la lucha: cooperación y sociabilidad en el camino de la evolución y el progreso humano. En Azur. Revista Centroamericana de Filosofía. Vol. 7 (14), enero-junio 2026: 47-56. Accesible en: https://azurrevista.com/wp-content/uploads/2026/01/Mas-alla-de-la-lucha_cooperacion-y-sociabilidad-en-el-camino-de-la-evolucion-y-el-progreso-humano.pdf