Sebastián Mejía-Rendón (IDH, UNC-CONICET)
Este trabajo aborda críticamente la teoría clásica de la acción desde una perspectiva metacognitiva. Se argumenta que algunos sentimientos epistémicos motivan estrategias mentales que contribuyen a la planificación, fabricación y uso de herramientas. Se plantea una alternativa al antropocentrismo de la agencia al proponer una visión ampliada que considere a los animales, no solamente como agentes capaces de acciones intencionales, sino, además, como agentes técnicos cuyo comportamiento no está constreñido a los elementos lingüísticos ni conceptuales que la teoría clásica de la acción ha considerado.
Autor/ Author
Sebastián Mejía-Rendón
IDH, UNC-CONICET
Recibido: 17/08/2024 Aprobado: 11/11/2024 Publicado: 08/07/2025
La agencia se refiere a la capacidad para actuar en función de estados mentales intencionales, como creencias, deseos e intenciones. Según la teoría causal de la acción, las creencias y deseos son los antecedentes mentales que motivan dichas acciones (Schlosser, 2015).1 Esta concepción de acción parecería,
en principio, aplicarse solamente a los seres humanos, debido a que los seres humanos, a diferencia de otras especies, están dotados de lenguaje y capacidad conceptual (Davis, 1979). Si los animales no-humanos (de ahora en adelante, animales) carecen de un lenguaje como el nuestro que les permita formar creencias y, dado que las creencias son los antecedentes causales de la acción (Glock, 2000, 37), entonces desde esta perspectiva los animales no son agentes en sentido estricto (Davidson 2003; Giddens & Pierson 1997; Rundle, 2007). Así, la teoría causal es intelectualista en la medida en que privilegia las capacidades conceptuales y es demandante porque no todos los agentes cuentan como tales. Son solamente los humanos, dotados de razón, quienes somos agentes y, por tanto, la teoría clásica de la acción tiene un sesgo antropocentrista. Sin embargo, esta perspectiva antropocentrista de la acción podría ser cuestionada desde una perspectiva naturalizada que permita establecer diálogo con la psicología comparada y las ciencias cognitivas. Esto se debe a que estas perspectivas no niegan a priori las capacidades cognitivas de algunos animales, pues, incluso, explican capacidades complejas como la imaginación, memoria prospectiva, capacidad de planeación, etc. (Balda, Pepperberg & Kamil, 1998). Con el objetivo de descentralizar el concepto de agencia, ¿podría acaso considerarse a los animales como agentes? Y si es así, ¿qué clase de agencia?
El objetivo de este trabajo es abordar críticamente la teoría causal clásica de
la acción mediante la exploración de estudios empíricos sobre conservación y uso de herramientas (Cf. Boesch & Boesch, 1984).2 En este estudio, reviso críticamente el concepto de agencia según ciertas perspectivas intelectualistas, ecológicas y fenoménicas. Una vez comparadas, me decanto por una visión fenoménica de la agencia argumentando que los denominados sentimientos epistémicos3 motivan la fabricación y uso de herramientas (Cf. Kaufmann, 2015). Por ejemplo, un sentimiento epistémico de habilidad inferencial permite que el agente extrapole la funcionalidad de una herramienta de un dominio a otro (Buckner, 2019). Así, hacia el final de este texto, concluiré que este marco de la agencia basado en sentimientos epistémicos enfatiza la naturaleza subjetiva de la experiencia técnica de los animales en la medida en que se podría explicar sus conductas, sin apelar a elementos lingüísticos ni conceptuales.
Este artículo se estructura de la siguiente manera: en la segunda sección,
esquematizaré el argumento clásico de la teoría causal de la acción y, seguidamente, lo evaluaré a luz de las derivas conceptuales desarrolladas en el campo de la teoría de conceptos. En la tercera sección, exploraré tres aproximaciones teóricas que explican la agencia de manera, quizá, menos demandante en comparación con la teoría antropocentrista de la agencia: el no-conceptualismo de la percepción, la psicología ecológica y, lo que denomino agencia fenoménica; son alternativas al intelectualismo. Seguidamente, me comprometo con una versión fenomenológica de la agencia que, si bien tiene su origen en la obra de William James (1905) y, en parte, en estudios en psicología comparativa, se puede aplicar al caso de algunos animales. En quinto y último lugar, concluyo proponiendo las bases para pensar una noción fenoménica de agencia aplicable a los casos de fabricación y uso de herramientas por parte de algunos animales.
La contribución causal de la intención se puede rastrear tanto a los aspectos motivacionales de la intención como a las características representacionales. Las intenciones nos mueven a actuar en virtud de sus propiedades motivacionales y guían nuestro comportamiento intencional en virtud de sus cualidades representativas (Mele, 1990, 289).
La teoría causal de la acción se compromete con la idea según la cual algo cuenta como una acción intencional en virtud de su conexión causal con ciertos estados mentales. Lo anterior, de acuerdo con Velleman (1992), se conoce como “causalismo” y considera a los estados mentales intencionales -sobre todo, creencias y deseos- como antecedentes primordiales o razones primarias de las acciones:
Según Angelica Kaufmann (2015), la teoría causal de la acción es intelectualista y antropocentrista por tres razones: (a) Las intenciones son estados mentales con contenido conceptual (Cf. Davidson 1984; Searle, 1983); (b) los estados mentales con contenido conceptual son específicos de sistemas cognitivos lingüísticos (Bermúdez, 2003); (c) solo los humanos tienen sistemas cognitivos lingüísticos (Tomasello 1999, 2003). Así, los humanos son los únicos capaces de formar intenciones, ya que el lenguaje natural es esencial para la agencia (Davidson 2003; Giddens & Pierson 1997; Rundle, 2007).4 Como los animales carecen de este lenguaje, no son considerados agentes en sentido estricto, según esta perspectiva. Este argumento se podría esquematizar de la siguiente manera:
Los animales NO tienen lenguaje como el nuestro (¬P)
Si los animales NO tienen lenguaje como el nuestro (¬P), entonces los animales NO tienen creencias (¬Q) (CONDICIÓN NECESARIA)
Si los animales NO tienen creencias (¬Q), entonces (¬R) los animales NO son agentes (R: CONDICIÓN NECESARIA)
Los animales NO creencias (¬Q; Ponens 1-2.
Los animales NO son agentes (¬R; Ponens 3-4).5
Para respaldar el argumento antropocentrista de la agencia es esencial establecer la premisa 3. Sin embargo, a pesar de que el argumento es formalmente válido, la premisa 3 es falsa. Supongamos que concedemos que los animales no tienen creencias, de ahí no se sigue que no sean agentes. Es decir, los animales pueden ser agentes aun sin creencias estructuradas lingüísticamente, pues basta con revisar algunos estudios de caso que recopilan conductas complejas en las que se asume distintos niveles complejos de cognición, a saber, la metacognición (Baber, 2003, 2006; Hansell & Ruxton 2008; St Amant & Horton 2008). Lo anterior sugiere que, si la premisa 3 es falsa a la luz de la evidencia empírica, entonces el argumento antropocentrista pierde fuerza para afirmar que los animales no son agentes. De esta forma, se presentan a continuación algunos enfoques que debilitan la idea de que los animales no son agentes porque no tienen creencias.
Aunque la “acción intencional” parece definir la acción, existen diferentes enfoques que destacan aspectos representacionales, ecológicos y cualitativos (qualia)6 de la acción que no han sido tenidos en cuenta por la concepción clásica. Estos enfoques enriquecen el concepto de agencia y cuestionan los requisitos intelectualistas tradicionales. Se explorarán modelos de agencia menos demandantes y determinaremos cuál podría explicar mejor la fabricación y uso de herramientas en algunos animales.
La teoría psicológica de los conceptos es predominante en el debate sobre las capacidades conceptuales de los animales. Esta argumenta que: (a) no tiene sentido atribuir conceptos a los animales porque carecen de lenguaje natural; y (b) dado que no se puede probar empíricamente que los animales sin lenguaje tengan conceptos, entonces es probable que no los posean. Esta teoría, aunque no está alineada completamente con ciertos requisitos filosóficos de posesión conceptual, niega la intencionalidad en los animales, ya que no pueden representar objetos externos en ausencia de estos para hacer inferencias.
La gente es, en resumen y entre otras cosas, recolectores, transmisores y almacenadores de información. Estas cualidades localizan a la percepción, la comunicación y la memoria en un sistema -el sistema informacional- que constituye el sustrato de nuestras vidas cognitivas (Evans, 1982, 122).
Con respecto al debate, teorías alternativas han propuesto que el lenguaje no es absolutamente necesario para el desarrollo del pensamiento, y señalan que existe un tipo de pensamiento cuyo contenido es no-conceptual (Bermúdez, 1998; Evans, 1982; Pacherie, 2011; Peacocke, 2001). Desde mediados de los años ochenta, se empieza a configurar el debate sobre el contenido conceptual/no-conceptual de la experiencia, cuyo núcleo es el problema de la relación entre la percepción y el pensamiento. La tesis del contenido no-conceptual aparece en la literatura filosófica con el libro Varieties of Reference de Gareth Evans (1982) y propone una distinción entre el contenido de los estados perceptuales y los estados cognitivos. Evans se centra en la noción de información:
El sistema sensorial recibe estímulos que pasan a convertirse en información dentro de un sistema cuyo contenido es susceptible de ser codificado conceptualmente; en otras palabras, la información pasa de un estado perceptivo a ser contenido de un estado cognitivo (Cf. Cano-Gómez, 2019). Algunos autores, como Elizabeth Pacherie, argumentan que mientras las creencias y los juicios están basados en conceptos, el contenido de la percepción es no-conceptual (Dretske, 1997; Tye, 2006). La tesis del no-conceptualismo se basa en dos ideas clave: (a) la percepción tiene contenido, pero no está estructurada conceptualmente como las actitudes proposicionales (Tye, 2006); y (b) las percepciones representan el mundo y permiten discriminar objetos
sin necesidad de conceptos (Bermúdez, 2007, 57). Por lo tanto, las criaturas pueden
percibir y distinguir objetos sin tener los conceptos correspondientes.
La noción de contenido no-conceptual ha sido útil para explicar el comportamiento de animales. Dretske propone que entre los estados perceptivos y cognitivos existen estados funcionales que actúan como intermediarios entre input (información sensorial) y output (respuestas conductuales), permitiendo que los animales ejecuten acciones en respuesta a estímulos ambientales (Dretske, 2000, 103). Por ejemplo, la tesis no-conceptualista explica cómo los cachorros de leones marinos reconocen los llamados de sus madres en hábitats densamente poblados, crucial para su supervivencia (Pitcher et al., 2009).
Sin embargo, el estado intermedio entre el input y el output convierte a los animales en meras cajas negras: sabemos bien que las entradas al sistema se producen por medio de los órganos perceptuales que producen estados perceptuales que son posteriormente traducidos en respuestas conductuales apropiadas para el organismo que interactúa con su entorno. ¿Pero, cómo caracterizar la naturaleza de este estado funcional? El debate sobre el no-conceptualismo en la percepción ayuda a entender la relación entre percepción y pensamiento, pero no define claramente los elementos internos que impulsan las acciones, dejando en suspenso explicar su naturaleza y cómo es que su rol causal motiva comportamientos específicos. Justamente, las teorías agenciales que presentaremos a continuación recuperan esta explicación. De esta forma, veremos cómo la psicología ecológica no apela a los estados mentales representacionales para explicar la agencia.
Aunque los modelos deflacionados o menos exigentes de la agencia intentan explicarla sin recurrir a conceptos, el no-conceptualismo sigue siendo representacionalista, ya que mantiene la idea de representaciones internas que refieren a algo externo. Más adelante, se explorarán posturas antirepresentacionalistas que eliminan la referencia a estados cognitivos internos. En este sentido, se presentará la “teoría de las affordances”.
Las affordances del entorno son lo que este ofrece al animal, lo que proporciona o suministra, ya sea para bien o para mal. El verbo to afford se encuentra en el diccionario, pero el sustantivo
James Gibson, en “The Ecological Approach to Visual Perception” (1979), plantea una teoría antirepresentacionalista de la visión, centrada en cómo percibimos el entorno sin reducir la percepción a procesos fisiológicos. A diferencia de las teorías clásicas que median entre mente y mundo con creencias proposicionales (McDowell,1996), Gibson vincula la visión directamente al entorno. En el capítulo I, “The animal and the environment”, Gibson propone que la percepción se basa en la “información ecológica”, un flujo de estímulos que activan el sistema motor y guían la acción. Contrario a la idea de estímulos sensoriales pasivos, Gibson sostiene que no hay distinción entre ambiente y percepción, ya que lo que el sujeto percibe son directamente oportunidades de acción o “affordances”:
affordance no. Lo he inventado yo. Con ello me refiero a algo que se relaciona tanto con el entorno como con el animal de una manera que ningún término existente lo hace (Gibson, 1979, 127).
El concepto de affordance ha sido utilizado en distintas formas y en un número considerable de disciplinas que lo ha vuelto ambiguo (Osiurak & Badets, 2017). Dada su amplia gama de aplicaciones, ciertos etólogos y psicólogos comparativos han usado el término para describir algunas conductas de los animales. Por lo general, los etológos consideran que affordances describen capacidades físicas o formas de aprendizaje que tienen los animales para aprender acerca de objetos de su entorno en cuanto a sus propiedades, relaciones o funciones (Cf. Whiten et al., 2009b ; Meulman, van Schaik, 2013). Las affordances se entienden de dos maneras principales: como capacidades físicas del cuerpo para interactuar con el entorno y como aprendizaje sobre las características operativas de los objetos. La primera perspectiva, vinculada con la tesis de la incorporación (embodied thesis), sugiere que el lenguaje y el pensamiento simbólico están integrados con nuestras experiencias corporales y el uso de herramientas, activando redes neuronales específicas (Madzia, 2016; Chong & Proctor, 2020). La segunda perspectiva, centrada en el aprendizaje, discute cómo los animales adquieren habilidades a través de la imitación o la influencia social, cuestionando si la capacidad de leer mentes es necesaria para este proceso, lo que complica la comprensión del papel de las affordances en el aprendizaje social (Whiten et al., 2009b; Fragaszy & Visalberghi, 1989).
Aunque las affordances se utilizan para explicar la acción sin recurrir a la
representación, al definirlas como oportunidades de acción proporcionadas por el entorno, este enfoque presenta ciertos problemas. El enfoque antirepresentacionalista, que evita el uso de conceptos como creencias e imaginación, no aborda de manera clara el aspecto motivacional de la acción. Por esta razón, es necesario añadir a esta propuesta un matiz representacional de las affordances, la cual será discutida en la siguiente sección.
La sensación de que nuestro movimiento “encaja” o es “apropiado” para el contexto ambiental [...] la sensación de eficacia causal en la acción y, por lo tanto, la base para la autoridad en primera persona sobre si estamos actuando es simplemente la presentación del vínculo causal entre la percepción del entorno interno y externo y el movimiento organizado de la musculatura, mediado por un conjunto de disposiciones de respuesta muscular que funcionan para producir un objetivo que no necesita ser representado (James, 1905, 6, traducción propia).
La fenomenología de la acción tiene un antecedente en los trabajos de William James (1905) quien resaltó el sentido experiencial de la acción. James señaló que algunas acciones tales como amasar o escribir un documento son actividades que uno realiza voluntariamente. Además, están acompañadas de una experiencia fenoménica. De acuerdo con James:
Este pasaje es relevante porque resalta una experiencia de primera persona (McClelland & Jorba, 2023) cuya acción viene acompañada de características fenoménicas o cualitativas (Pacherie, 2008). Algunos autores han interpretado este pasaje señalando que James está proponiendo un “principio de experiencia pura corporal” basado en las respuestas apropiadas según las posibilidades de acción de nuestro cuerpo en nuestro entorno (Ridderinkhof et al. 2011).10 Esto es, hay limitaciones o ventajas biológicas (ser alto, bajo, tener garras, etc.) que están circunscritas al contexto inmediato. Pero, la agencia no se reduce a la corporalidad, puesto que esta también puede ser cognitiva. En particular, hay una dimensión de la agencia que se refiere a la capacidad de acción mental que también tiene características fenoménicas asociadas.
Para hablar de la fenomenología de la acción mental, primero debemos definir qué son las acciones mentales. Estas se consideran eventos que ocurren en nuestra mente y están controladas y dirigidas voluntariamente para alcanzar un objetivo epistémico específico (Cf. Strawson, 2003; Wu, 2003). Por ejemplo, recordar voluntariamente el número de teléfono de mi novia Ana viene acompañado de una fenomenología de bienestar particular. La mayoría de las veces, los sentimientos epistémicos presentes en las actitudes, como recordar, son el output que informan sobre el funcionamiento del sistema cognitivo.
Los sentimientos epistémicos de conocimiento (the feeling of knowing), error (the feeling of error), olvido (feeling of forgetting) o habilidad inferencial (the feeling of inferential ability), entre otros, son evaluaciones no conceptuales de los propios estados mentales. Estos tienen una valencia positiva/negativa y, además, presentan cierta intensidad en la medida en que pueden ser sentidos de manera débil o fuerte (tienen marca somática) (Proust, 2015, p. 163; Arango-Muñoz, 2014). Adicionalmente, algunos autores destacan sus propiedades de potenciar ciertas acciones mentales (de Sousa, 2009). Enfocándonos en el rol motivacional de los sentimientos, exploraremos cómo estos no solo dan forma a nuestras creencias, sino que juegan un rol crucial como guía de nuestra cognición. Pero, también, desempeñan un papel crucial en la cognición y comportamiento animal.
La literatura psicológica y filosófica ha explorado la idea de que los animales poseen sentimientos epistémicos como una alternativa para entender las pruebas que miden metacognición.11 Recientes estudios experimentales han sugerido que algunos animales tienen capacidades metacognitivas, especialmente en tareas de discriminación visual (Foote & Crystal, 2007; Hampton, 2001; Smith, 2005; Smith et al., 1997). Por ejemplo, investigaciones indican que monos rhesus y delfines son conscientes de su propia incertidumbre al enfrentar pruebas de reconocimiento de patrones visuales (Smith, 2009). Estos animales a menudo evitan realizar pruebas cuando no están seguros de lo que ven, proponiendo una forma de metapercepción.
Si bien hay desacuerdo sobre si los animales tienen o no tienen metacognición (Cf. Arango-Muñoz, 2011), este texto se suscribe a la idea según la cual los procesos metacognitivos no necesitan de la capacidad lingüística ni representaciones conceptuales y, por tanto, se infiere que los animales tengan también estos sentimientos (Proust, 2009; Cf. Aguilera, 2011). En la literatura filosófica ya se ha mencionado el papel causal que tienen los sentimientos en el comportamiento
(Koriat, 2006), pero no se ha explorado su papel en la conducta técnica animal. A continuación, clasificaremos algunos de estos sentimientos en virtud de cómo estos influyen en la fabricación y uso de herramientas.
Se podría afirmar que las conductas de fabricación y uso de herramientas por parte de los animales están estrechamente ligadas a sus procesos metacognitivos. Dichas conductas son antecedidas por ciertos sentimientos que tienen una valencia propia que se manifiesta como una sensación intensamente sentida (o no) en términos de experiencias fenoménicas (Proust, 2015, 3). Algunos sentimientos metacognitivos motivan estrategias mentales para la fabricación y uso de herramientas (Gould, 2004); por ejemplo, un sentimiento de habilidad inferencial puede aplicar una manera de resolver un problema con una herramienta, extrapolando la solución de un dominio funcional a otro (Buckner, 2019). Un sentimiento de confianza puede monitorear el desempeño de la acción técnica indicando al animal si está ejecutando bien su acción en vistas a una meta deseada (i.e, obtener alimento), permitiendo ajustes a la planificación de la acción si es necesario; a saber, buscar nuevas rutas o pistas si se está perdido espacialmente (de Sousa, 2009; Fernández-Velasco, 2022; Charalambous et al., 2021). En términos de locomoción completa, un sentimiento de curiosidad motiva al animal a buscar recompensas, como obtener el alimento y, en esta medida, los animales tienden a ser más curiosos, pues interactúan con distintas herramientas explorando nuevas (Cf. Boyle, 2020, 2021; Goupil & Proust, 2023; Carruthers, forthcoming).
La anterior explicación de la técnica animal se puede relacionar con el concepto
de affordance en la medida en que este marco enfatiza la naturaleza subjetiva de la experiencia técnica de los animales. En los últimos años, algunas corrientes filosóficas han ampliado la noción de “affordances” para incluir no solo las posibilidades de acción corporal que el entorno ofrece a un sujeto, sino también incluye las oportunidades para actuar mentalmente (Gibson, 1978; Heras-Escribano, 2019; Cf. Osiurak y Badets, 2017; Metzinger, 2017; Jorba, 2020). La hipótesis de las affordances cognitivas sostiene que las percepciones de estímulos externos (external stimuli) son oportunidades (affordances) para realizar determinadas acciones mentales tales como atender, imaginar o calcular (McClelland, 2019). Por ejemplo, una alarma presenta una posibilidad para el acto mental de prestar atención o una novela de fantasía presenta la oportunidad de imaginar personajes de ficción (McClelland, 2020). Si bien el debate de las affordances cognitivas se ha centrado en cómo es posible entender esta noción a la luz de marcos representacionalistas y enactivistas (Cf. Segundo-Ortin y Heras-Escribano, 2023; Bruineberg y Van den Herik, 2021), poco se ha dicho acerca de su aplicación por fuera del ámbito humano. Nosotros, en cambio, nos alineamos con los estudios de metacognición tanto en humanos (Goupil et al., 2016) como en animales (Couchman et al., 2012; Proust, 2019) para proponer que los sentimientos metacognitivos ayudan a detectar las affordances cognitivas o posibilidades mentales de acción (Cf. Proust, 2023; Arango-Muñoz & Mejía-Rendón, manuscrito). No obstante, si bien en este trabajo adelantamos una brevísima explicación, creo que es necesario profundizar en estas cuestiones. Por lo pronto, creemos que esta explicación da cuenta de una noción de agencia no intelectualista
y que da lugar para explicar la técnica animal.
En el presente texto, rebatimos una de las premisas clave del argumento antropocentrista de la agencia. Esta premisa afirma que, (3) si los animales NO tienen creencias (¬Q), entonces los animales NO son agentes (¬R) (CONDICIÓN NECESARIA). En este texto debilitamos dicho argumento desde un abordaje crítico de la teoría causal clásica de la acción que nos permitió dos momentos argumentativos. En primer lugar, reconstruimos distintas concepciones de la agencia comprometiéndonos con una perspectiva fenoménica de la acción. En segundo lugar, apelamos a algunos estudios empíricos que mostraron que los animales tienen capacidades metacognitivas, lo cual sugiere que poseen algún tipo de agencia cognitiva, incluso sin estructuras lingüísticas complejas. En este sentido, exploramos la noción de sentimiento epistémico y su rol causal en la acción. Teniendo en cuenta algunos estudios empíricos sobre conservación y uso de herramientas, argumentaremos que algunos sentimientos epistémicos motivan/impulsan acciones mentales tales como inferir, recordar, juzgar, identificar y planificar. Estos, como sugerí , son los antecedentes causales para la acción técnica de ciertos animales (i.e, chimpancés o cuervos). Por tanto, si 3 es falsa a la luz de la evidencia empírica, el argumento antropocentrista pierde fuerza, y el hecho de que los animales puedan ser agentes sin creencias lingüísticas sugiere que la agencia no es exclusivamente humana ni depende de capacidades lingüísticas. En últimas, los animales no solamente son agentes, sino que, también, son agentes técnicos.
1 Algunos autores distinguen entre la concepción estándar y la teoría estándar de la acción (Cf. (Schlosser 2015). Mientras que la “concepción” estándar se centra en el concepto de “acción intencional” y su relación con actuar por razones (Anscombe 1957; Davidson 1963), la “teoría estándar” proporciona una explicación causal de la acción intencional y una explicación de la razón en términos de estados y eventos mentales correctos para una acción determinada (Piñeros, Glasscock & Tenenbaum, 2023). En lo que sigue, haré alusión a la teoría estándar como “teoría causal de la acción”.
2 En este artículo definimos a la técnica animal como la capacidad de algunos animales para fabricar y usar herramientas.
3 En la literatura psicológica y filosófica, los sentimientos cognitivos (Dub, 2015), sentimientos noéticos (Dokic, 2012; Vazard & Audrin, 2022), sentimientos epistémicos (de Sousa, 2009) o sentimientos metacognitivos (Arango-Muñoz, 2019; Norman et al., 2010) se utilizan indistintamente. En lo que sigue, entenderé a los “sentimientos epistémicos”como resultados de un sistema de monitoreo (metacognición) de nuestros estados cognitivos y se sienten de una manera determinada (positiva/negativamente). Los sentimientos epistémicos, incluyendo el fenómeno de la punta de la lengua, la sensación de saber y la sensación de error, son experiencias fenoménicas conscientes sentidas de una manera particular por un sujeto que lleva a cabo una función de monitoreo o evaluación de su propia actividad cognitiva (Arango-Muñoz, 2014; Proust, 2015).
4 Un argumento similar fue por John McDowell quien afirma que la orientación hacia el mundo
externo implica representar activamente situaciones y objetos ausentes, pasados, posibles y futuros, independientemente de las cosas representadas. Sin estas capacidades, los animales no podrían distanciarse de su entorno ni tener experiencias de un mundo objetivo o subjetivo (Cf. Davidson, 1986, McDowell, 1994).
5 Formalizando el argumento, tenemos que: P: lenguaje; Q: creencias; R: acción.
-P
-P entonces -Q
-Q entonces -R
———————————
-Q (Ponens 1-2)
-R (Ponens 3-4)
6 La experiencia subjetiva o qualia están vinculadas a actitudes proposicionales como creer, juzgar, etc. Contrariamente a ejemplos paradigmáticos de qualia que involucran sensaciones y percepción corporales, la fenomenología a la que me refiero apela a experiencias de carácter puramente cognitivo (ver: Bayne, 2022; Nagel, 1974).
7 Las acciones mentales implican acontecimientos mentales controlados y dirigidos a lograr un resultado u objetivo específico que no necesariamente implican algún movimiento físico (Wu, 2003; Metzinger 2017; Cf. Hunter, 2018). En contra de la naturaleza mental “balística” de la mente” según la cual el pensamiento, asociado a la espontaneidad, no es una acción (Cf. Strawson, 2003), las acciones mentales potencian acciones motoras/corporales tal como pensar y tener su correlato corporal de fruncir el ceño (Proust, 2023).
8 El sistema motor tiene como función principal generar movimientos en respuesta a estímulos o a comandos de centros de control. En el enfoque tradicional, las acciones se dividen en unidades diferenciadas mecánicamente, como grupos de músculos, sin relación directa con el entorno. En contraste, desde una perspectiva ecológica, los sistemas de acción se entienden en función de cómo ajustan las actividades del organismo según la información ecológica del ambiente. Estos sistemas están vinculados evolutivamente al entorno, y sus funciones se definen por las presiones selectivas del ambiente, modulando el comportamiento del organismo en un proceso de coordinación orgánica (Cf. Heras-Escribano, 2019).
9 Otro de los problemas a los cuales hace frente esta postura es el de las cadenas causales desviadas y la reducción de las acciones a meros acontecimientos (Peacocke, 1979). Sin embargo, esta teoría no se compromete a afirmar que las razones son idénticas a las entidades mentales, ya que las razones pueden representarse mediante el contenido de estados y eventos mentales relevantes (Cf. Anscombe, 1957)
10 Ridderinkhof et al. (2011) resumen diversas investigaciones en neurociencia cognitiva que indican un mecanismo asociativo que inicia respuestas motoras de manera independiente a la intención consciente. Además, exploran los mecanismos conscientes e inconscientes involucrados en la inhibición de respuestas inapropiadas.
Arango-Muñoz, S. (2011). Two levels of metacognition. Philosophia, 39(1), 71-82.
Arango-Muñoz, S. (2014). The nature of epistemic feelings. Philosophical Psychology, 27(2), 193-211.
Arango-Muñoz, S., & Michaelian, K. (2014). Epistemic feelings, epistemic emotions: Review and introduction to the focus section. Philosophical Inquiries, 2(1), 21-38.
Arango-Muñoz, S., & Mejía-Rendón, S. (Manuscrito). Metacognitive feeling as mental affordances.
Balda, R. P., Pepperberg, I. M., & Kamil, A. C. (Eds.). (1998). Animal cognition in nature: The convergence of psychology and biology in laboratory and field. Academic Press.
Bayne, T. (2022). The puzzle of cognitive phenomenology. Oxford Studies in Philosophy of Mind, 2(1), 1-22.
Boyle, A. (2020). The impure phenomenology of episodic memory. Mind & Language, 35(5), 641-660. Boyle, A. (2021). Remembering events and representing time. Synthese, 199(1-2), 2505-2524.
Bruineberg, J. P., & Van den Herik, J. C. (2021). Embodying mental affordances. Inquiry, 1-21.
Buckner, C. (2019). Rational inference: The lowest bounds. Philosophy and Phenomenological Research, 98(3), 697-724.
Carruthers, P. (2008). Meta-cognition in animals: A skeptical look. Mind and Language, 23(1), 58–89. https://doi.org/10.1111/j.1468-0017.2007.00329.x
Carruthers, P. (2009). How we know our own minds: The relationship between mindreading and metacognition. The Behavioral and Brain Sciences, 32(2), 121-138. https://doi.org/10.1017/ S0140525X09000545
Carruthers, P. (Forthcoming). Meta-cognition and cognitive phenomenology. In D. M. Rosenthal &
H. Lycan (Eds.), The Oxford Handbook of Consciousness (2nd ed.). Oxford University Press.
Charalambous, C., Sayed, S., Fitzpatrick, M., & Salvador, F. (2021). The affordances of creativity: How embodiment and engagement shape the creative process. Creativity Research Journal, 33(4), 367-380.
Chong, I., & Proctor, R. W. (2020). Does tool use change perception? An exploration of the embodied thesis. Frontiers in Psychology, 11, 2064. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.02064.
Couchman, J. J., Coutinho, M. V., Beran, M. J., & Smith, J. D. (2012). Evidence for animal metaminds. In M. Beran, J. Brandl, J. Perner, & J. Proust (Eds.), Foundations of metacognition (pp. 21-35).
Oxford: Oxford University Press.
da Sousa, R. (2009). Epistemic feelings. Mind and Matter, 7(2), 139-161.
Dreyfus, H. (2002). Intelligence without representation: Merleau-Ponty’s critique of mental representation. Phenomenology and the Cognitive Sciences, 1(4), 367–383.
Fernández Velasco, P. (2022). Disorientation and self-consciousness: A phenomenological inquiry.
Phenomenology and the Cognitive Sciences, 21(1), 203-222.
Foote, A. L., & Crystal, J. D. (2007). Metacognition in the rat. Current Biology, 17(6), 551-555. https:// doi.org/10.1016/j.cub.2007.01.061.
Fragaszy, D., & Visalberghi, E. (1989). Social influences on the acquisition of tool-using behaviors in tufted capuchin monkeys (Cebus apella). Journal of Comparative Psychology, 103(2), 159-170.
Gibson, J. J. (1978). The ecological approach to visual perception. Houghton Mifflin. Gibson, J. J. (1979). The ecological approach to visual perception. Psychology Press.
Glock, H. J. (2018). Animal rationality and belief. In K. Andrews & J. Beck (Eds.), The Routledge handbook of philosophy of animal minds (pp. 89–99). London, New York: Routledge.
Gould, J. L. (2004). Animal navigation. Current Biology, 14(6), R221-R224.
Goupil, L., Romand-Monnier, M., & Kouider, S. (2016). Infants ask for help when they know they don’t know. Proceedings of the National Academy of Sciences, 113(13), 3492-3496. https://doi. org/10.1073/pnas.1515129113.
Goupil, L., & Proust, J. (2023). Curiosity as a metacognitive feeling. Cognition, 231, 105325. https://doi. org/10.1016/j.cognition.2022.105325.
Hampton, R. R. (2001). Rhesus monkeys know when they remember. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 98(9), 5359–5362. https://doi.org/10.1073/ pnas.071600998.
Heras-Escribano, M. (2019). The philosophy of affordances. Cham: Palgrave Macmillan. James, W. (1905). The principles of psychology. Dover Publications.
Jorba, M. (2023). The phenomenology of action: Husserl, cognitive affordances, and the minimal self.
Routledge.
Koriat, A. (2006). Metacognition and consciousness. In P. D. Zelazo, M. Moscovitch, & E. Thompson (Eds.), The Cambridge handbook of consciousness (pp. 289-325). Cambridge University Press.
Madzia, R. (2016). Rethinking embodiment: The social meaning of tools and the affordances of the body. Human Studies, 39(2), 217-234.
McClelland, T. (2019). Representing our options: The perception of affordances for bodily and mental action. Journal of Consciousness Studies, 26(3-4), 155-180.
McClelland, T. (2020). The mental affordance hypothesis. Mind, 129(514), 401-427.
McClelland, T. (2023). Mental affordances and metacognition. Philosophy and Phenomenological Research, 106(1), 134-158.
McDowell, J. (1996). Mind and world. Harvard University Press.
Mele, A. R. (1997). Agency and mental action. Philosophical Perspectives, 11, 231-249.
Meulman, E. J. M., & van Schaik, C. P. (2013). The role of innovation in great ape tool use. Behavioral and Brain Sciences, 36(4), 306-307. https://doi.org/10.1017/S0140525X13001759.
Metzinger, T. (2017). The problem of mental action. In T. Metzinger & W. Wiese (Eds.), Philosophy and predictive processing. MIND Group.
O’Brien, L., & Soteriou, M. (Eds.). (2009). Mental actions. Oxford University Press.
Osiurak, F., & Badets, A. (2017). What is an affordance? 40 years later. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 77, 403-417.
Pacherie, E. (2008). The phenomenology of action: A conceptual framework. Cognition, 107(1), 179-217. Proust, J. (2009). Metacognition and mindreading: One or two functions? In W. P. Banks (Ed.),
Encyclopedia of consciousness (pp. 47-59). Elsevier.
Proust, J. (2013). The philosophy of metacognition: Mental agency and self-awareness. Oxford University Press.
Proust, J. (2015). The representational structure of feelings. In T. Metzinger & J. M. Windt (Eds.), Open MIND (pp. 1-17). Frankfurt am Main: MIND Group.
Proust, J. (2023). Affordances from a control viewpoint. Philosophical Psychology, 1-25. Ridderinkhof, K. R., van Wouwe, N. C., Band, G. P., Wylie, S. A., van den Wildenberg, W. P., & van der
Molen, M. W. (2011). A tribute to Charlie: Towards a neurocognitive model of action control in normal and disordered development. In S. P. Liversedge, I. D. Gilchrist, & S. Everling (Eds.), The Oxford Handbook of Eye Movements (pp. 719-742). Oxford University Press.
Segundo-Ortin, M., & Heras-Escribano, M. (2023). Affordances in the wild: The emergence of ecological psychology in philosophy. Synthese, 201(1), 1-21. https://doi.org/10.1007/s11229-023-04178-7.
Smith, J. D. (2005). Animal metacognition. In H. L. Roitblat & S. K. Robson (Eds.), Comparative cognition: Experimental explorations of animal intelligence (pp. 311-326). American Psychological Association.
Smith, J. D. (2009). The study of animal metacognition. Trends in Cognitive Sciences, 13(9), 389-396. https://doi.org/10.1016/j.tics.2009.06.009.
Smith, J. D., Shields, W. E., Schull, J., & Washburn, D. A. (1997). The uncertain response in the bottlenosed dolphin (Tursiops truncatus). Journal of Experimental Psychology: General, 126(4), 391-408. https://doi.org/10.1037/0096-3445.126.4.391.
Whiten, A., Goodall, J., McGrew, W. C., Nishida, T., Reynolds, V., Sugiyama, Y., Tutin, C. E. G., Wrangham,
R. W., & Boesch, C. (2009b). Culture evolves. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 364(1528), 2417-2425. https://doi.org/10.1098/rstb.2009.0049.
Wu, W. (2003). Intentional action: A hybrid approach. Philosophical Studies, 111(3), 303-331. https:// doi.org/10.1023/A:1024289724698.