Álvaro Zamora

Reseña: Prada Ortiz, Grace (2013) El pensamiento filosófico desde las mujeres: Matilde Carranza, Vera Yamuni y Ana Alfaro. Heredia: EUNA. 108 p. 21 cm


RESUMEN

Se refiere aquí el contenido del libro y se destacan algunos de sus aciertos temáticos, pero se advierten debilidades en el planteamiento de la autora, en la metodología empleada por ella e incluso su elección de contenidos y también en la rigurosidad editorial.

Abstract: The book's content is reviewed here, highlighting some of its thematic successes, but weaknesses are also noted in the author's approach, the methodology she employs, and even her choice of content and the editorial rigor.

En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión

-M. Foucault. El orden del discurso-


Autor/ Author

Álvaro Zamora

Instituto Tecnológico de Costa Rica Círculo de Cartago


ORCID ID: 0009-0008-

2599-0764

Correo: zamorar5@ gmail.com


Recibido: 28/04/2025 Aprobado: 08/05/2025 Publicado: 08/07/2025

Conviene entender que la Filosofía es, entre otras cosas, una profesión y que, pese a recibir ataques de politicastros, ignaros o personas malintencionadas, hoy se puede sostener, con argumentos sólidos y amplios, que la educación del país mejoraría considerablemente si se implementara como materia obligator ia desde los niveles preescolares. Filósofas costarricenses muy destacadas -como Elizabeth Muñoz, Ana Lucía Fonseca, Kattya Arroyo y Jacqueline García, entre

otras- ofrecen al país un legado teórico-práctico pertinente

y nutrido en relación con esa y otras competencias de dicha disciplina.

Uno de los problemas más evidentes para comprender la filosofía y sus alcances procede, seguramente, del uso que en el argot popular suele darse a dicho término. Muchos lo


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utilizan como vago sinónimo de forma de vida, opinión general, concepción del mundo, ideología, metafísica o espiritualismo, creencia, moralidad, motivo para construir un proyecto de vida e incluso disposición para dirigir un equipo de futbol o emprendimientos de índole diversa. El tema merece una atención escrupulosa y sistemática que excede la recensión de este libro; pero conviene mencionar el asunto porque la autora de El pensamiento filosófico desde las mujeres: Matilde Carranza, Vera Yamuni y Ana Alfaro

-cuyas calidades académicas son incuestionables- no se presenta como profesional en filosofía, sino como “Doctora en Estudios Latinoamericanos” y “Máster en Ciencias Históricas”. Puede entenderse, por tanto, el tipo de enfoque que ha dado al libro y las debilidades propiamente filosóficas del mismo.

La Dra. Maribel Soto Ramírez -que comparte la referida formación académica con la autora- ha incluido en el “Prólogo” del libro un sugestivo pero ambiguo pensamiento en torno al “término arqueología”. Acaso por ello algún lector interesado en la filosofía evocará ciertos planteamientos de Foucault o de otros teóricos1. Pronto se dará cuenta, sin embargo, de que aquí tal término se usa cual analogía, y que el libro también carece de un acercamiento propiamente arqueológico a los tópicos que plantea.

A contrapelo de la promesa implicada en el título, Soto indica que el “objetivo” de la obra es “[…] completar la historia que aún falta de la Historia: aquella construida por las mujeres” y aclara -de nuevo alejada del título- que la voluntad y la pasión de la Dra. Prada Ortiz está dedicada a “[…] historiar el aporte femenino a la construcción del pensamiento latinoamericano”. Es evidente que tal objetivo puede lograrse sin enfrentar problemática filosófica alguna, como sucede en este caso. El libro tampoco propone o al menos refiere un método filosófico para dar cuenta de la producción de Yamuni, Alfaro y Carranza, referidas en el título.

El apartado final de la “Presentación” (11 líneas) informa que el “esfuerzo intelectual” de la autora es “visibilizar a las filósofas de nuestro país”. Motiva esa afirmación para aventurar la idea de que tal esfuerzo será internalista y, por tanto, desbrozará analítica y críticamente el pensamiento de esas tres pensadoras; pero eso no sucede. Tampoco se plantean, en lugar alguno del libro, los lineamientos ontológicos, lógicos y epistemológicos que orientan sus obras; ni siquiera se plantean sistémicamente las posibles implicaciones éticas, estéticas y metodológicas de sus trabajos.

Conviene advertir que la búsqueda de los lineamientos indicados no respondería a unos criterios “patriarcales” que Prada menciona y censura en sus páginas, sino a exigencias relativas a lo que ella misma insinúa en el título del libro.

A lo largo de los tres ensayos incluidos en el volumen de marras, Prada (19) se esfuerza en mostrar que, si bien “[…] las mujeres […] han dado a este país el soporte necesario para que se asentara el estilo de vida democrático y solidario que conocemos hoy, su quehacer no ha sido registrado con la rigurosidad que se ha hecho con los hombres”.

Paradójicamente, esa observación golpea de vuelta a la autora. Lo hace de forma aplastante, pues Prada no entrega al lector un libro filosóficamente riguroso, pese a que -probablemente- el legado de las mujeres costarricenses que se han dedicado a la filosofía es cuantioso, respetable y, en algunos casos, verdaderamente señero.

En tal sentido hubiera sido conveniente que Prada ubicara a Carranza, Yamuni y Alfaro en relación con otras filósofas de este país y del orbe. Más complejo quizá, pero necesario, sería explicar por qué ella las considera filósofas pues, como es harto conocido, en predios del pensamiento nacional hay aportes femeninos que desde un punto de vista teórico resultan importantísimos, aunque no sean específicamente filosóficos.

Es verdad que Carranza (1892-1981) fue una de las primeras mujeres que obtuvo el título de Doctor of Philosophy, Ph.D.2 pero los dos ensayos de ella referidos por Prada (“Trabajar con cariño”, de 1920, y “Educación doméstica” I, II, II, IV, de 1922), pese a sus implicaciones educativas y éticas, carecen de propósitos específicamente filosóficos. Resulta curioso que Prada acuse a Roberto Brenes Mesén de haber sido un “patriarca”3 que, si bien “aceptó la igualdad [de hombres y mujeres] en el plano del discurso y la retórica”, “en la práctica estableció límites” a dicha igualdad. También lo critica severamente por haber recomendado a Carranza “[…] como si se tratara de una criada” en un texto que dice: “[…] la señorita Carranza es una trabajadora

excelente, y es una persona de quien se puede fiar” (34).

Tal crítica resulta cuando menos paradójica sino tendenciosa, pues la misma autora festeja las propuestas de Carranza en favor de “el modelo de escuela ménager”, al que ella -como bien puede recordarse- presentaba como “[…] una alternativa viable [para] profesionalizar el trabajo doméstico” (36) en un contexto social e ideológico poco equitativo para las trabajadoras. Con la señora Prada, el lector4 podría festejar las contribuciones de Carranza en tales aspectos, pero, para dar sentido al título, sería necesario mostrar que se trata de aportes propiamente filosóficos.

Prada se conforma con una afirmación que no se desprende de lo expuesto sobre el pensamiento de Carranza: “En 1951, esta filósofa abrió la puerta de la filosofía a nuevas generaciones de filósofas de Costa Rica” (40). Cual fundamento de tal afirmación, solo ofrece una falacia no formal muy utilizada por los que ella denomina patriarcas culturales, los cuales, tras obtener un título, se olvidan de ejercer oficio o pensamiento en predios del campo estudiado. Si, como afirma Prada, “[…] el mayor mérito de Matilde Carranza reside en ser la primera mujer que se doctoró en Filosofía, campo de estudio considerado exclusivo para mentes superdotadas masculinas” (40), su aporte a La Filosofía podría ser más angosto que un buen examen de bachillerato. El segundo ensayo ilumina la figura de Ana Isabel Alfaro, quien se recuerda cual respetable profesional en filosofía. Como profesora universitaria, se interesó por asuntos de metodología, epistemología y pedagogía. Precisamente por eso, Alfaro ha sido considerada cual especialista en filosofía de la educación, un área a la que, por respeto a su legado y orientación para el lector, Prada hubiera debido perfilar adecuadamente. Doña Isabel publicó numerosos artículos. Su tesis Análisis filosófico de las políticas educativas en Costa Rica (el caso de la educación pública, 1960-1975) todavía puede leerse con interés, quizá como punto de referencia histórico y también

cual motivo de inspiración.

El ensayo que Prada dedica a Alfaro abunda en citas textuales de dicha pensadora y de comentaristas que dieron atención a su legado, pero, como en el caso de Matilde Carranza, está lejos de ser un estudio filosóficamente significativo y certero de las ideas sostenidas por Alfaro. Causa perplejidad que la lectura de pares con que cuenta

la EUNA no haya advertido esa y otras inconsistencias del texto. Más sorprende el hecho de que la obra ya había sido publicada en el año 2005 en los Cuadernos Prometeo (N. 13), aunque bajo el título El ensayo feminista en Costa Rica. Las implicaciones académicas de ello podrían merecer atención.

Ese capítulo segundo capítulo podría convertirse en el prólogo de un eventual libro. donde se perfile adecuadamente a Doña Isabel como una de las “[…] forjadoras del pensamiento costarricense y constructoras de nuestra identidad desde las mujeres” (96). Aplauso anticipado para quien se encargue de tarea tan oportuna y necesaria.

El tercer ensayo de este libro resulta sorprendente, pues Prada ignora a muchas costarricenses que -directa o indirectamente- han aportado ideas al pensamiento filosófico del país5.

Si solo se interesara en las filósofas costarricenses, Prada tendría que levantar un listado nutrido y dar curso a un largo proyecto de investigación para ubicarlas en contextos teóricos muy diversos. Ignorarlas en un libro con título tan ampuloso, puede ser interpretado cual menosprecio para destacadas filósofas del país. Por eso resulta extraño que Prada incluya en la obra un perfil de Vera Yamuni. Que la presente como “pensadora latinoamericana” en un libro de esta factura, no aminora la incomprensible determinación de incluirla en filas de la filosofía costarricense, mientras ignora a filósofas que aquí trabajan seriamente.

Con exceso de patriotismo (quizá con falta de comprensión o de prudencia) algunos ideólogos y politicastros han querido re-costarriqueñizar a varios artistas que, tras años de infortunio, salieron del país y supieron triunfar bajo la tutela de instituciones, amistades o banderas extranjeras. Posiblemente, Prada pretenda algo semejante, pues Vera Yamuni nunca realizó en Costa Rica labor filosófica apreciable. Cierto es que nació en este país; pero cursó los estudios avanzados de filosofía en el exterior y ninguno de sus méritos como filósofa o como médica supone o implica un nexo esencial con el pensamiento o con la academia costarricense. Tras la lectura de un libro tan carencial desde el punto de vista filosófico, se infiere que la razón de fondo para la escogencia de Prada es que Yamuni “[…] hizo una lectura feminista de los clásicos de la filosofía que expone la misoginia de los insignes pensadores” (86). Razón de gusto, opción ideológica o de partido seguramente, pues en Costa Rica hay suficientes pensadoras feministas de fuste, y no solo en el gremio filosófico, sino en las ciencias naturales y sociales.

En su reflexión final, la Dra. Prada revalida su interés de fondo: poner de manifiesto

que “al pensamiento nacional le hace falta esa mirada de mujer” que ella nos brinda. Con prudencia y no sin regocijo, hoy podemos informar que miradas de tal género dejaron de ignorarse en Costa Rica –como en otros lugares– desde hace tiempo.

El libro termina con una sección de bibliografía que resulta sugestiva en relación con varios temas transversales del libro, y que puede orientar a quienes se interesan en lo que hoy se denomina, con menos precisión que sesgo abiertamente ideológico, como estudios de género.

Notas


1 Dados ciertos criterios del libro reseñado, y para evitar confusiones idiomáticas e incluso prejuicios ideológicos de inclinación genérica, se aclara que ese uso de la palabra teóricos corresponde al que extensa y claramente explica la RAE (cfr. Nueva gramática de la lengua española) y que se “aplica a los sustantivos que denotan indistintamente animales o personas de sexo masculino o femenino”; desde luego que, al usar en el texto la expresión “algún lector” y el término “teóricos” (no la innecesaria perífrasis “teóricos y teóricas”) quien escribe esta recensión entiende e incluye, además, a todos los seres humanos cuya opción relativa a la sexualidad es de otra índole.


2 Conviene que el lector investigue los criterios, la tradición y la forma del sistema estadounidense para otorgar sus títulos Ph.D. (Philosophy Doctor) que no necesariamente califican a su portador como filósofo de profesión. Un físico, un educador o cualquier especialista en otra profesión distante de La Filosofía podría ostentar un Ph.D. Prada se informa que el Ph.D obtenido por Matilde Carranza en la Universidad de Wisconsin corresponde a “Doctora en Filosofía y Letras”. El sistema estadounidense otorga también otro tipo de doctorados. Este tema puede resultar interesante para reflexionar sobre la inconsistencia de nuestro sistema en cuanto a la entrega y al uso (o abuso) de doctorados.


3 Lo señalo, pues no parece que Prada use el término en los sentidos castizos de “anciano, jefe, cabeza, sabio […] obispo, prelado” reconocidos por el DRAE, sino con el matizado de odio que el término cobra en ciertas orientaciones ideológicas feministas.


4 Entiéndase: todo el que lea el libro, sea mujer, varón o practique cualquier opción de esa variada sexualidad que hoy, a contrapelo de la ciencia (y ya sea por confusión idiomática, ideología seducción lingüística foránea o prejuicio mal justificado) suele ser entendida cual opción de género.


5 Que no es corto ni pobre -vale decirlo- sino muy adusto, riguroso y profundo. Es más, pese a la dificultad que tienen los profesionales costarricenses en filosofía para ser tomados en cuenta por organizaciones o foros internacionales, ellos han construido un legado filosófico muy superior (en coherencia y criterios teóricos) a los infundios ideológicos de autores como Dussel o Zea. Vale la pena abrir debate sobre ello.