Jimmy Washburn Calvo
Autor/ Author
Jimmy Washburn Calvo Universidad de Costa Rica
Correo: jimmy. washburn@gmail.com
Recibido: 31/03/2025 Aprobado: 28/05/2025 Publicado: 08/07/2025
Este breve estudio se ocupa de la agencialidad humana según los planteamientos de tres autores, D. Davidson, M. Schlosser y
B. Libet. Para los tres autores, la pregunta por el control sobre las acciones es convergente y sus desarrollos persiguen su afirmación frente al determinismo físico. Por otra parte, este ensayo se ocupa de la validez de la agencialidad humana como abordaje para el estudio de la agencialidad animal no humana.
razones, acciones, agencialidad animal, agencialidad humana.
actions, animal agency, human agency.
Estas páginas son un registro de la participación en un seminario doctoral sobre agencialidad animal1. La invitación recibida provocó una serie de impresiones relativas a la agencialidad animal, si nunca había tratado dicho tema, y la principal fue la pregunta por la distancia entre esa agencialidad y la humana. El abordaje teórico siempre es un ejercicio de la mirada humana y, en esta ocasión, recae sobre los animales no humanos, lo cual obliga a una cautela metodológica porque las noticias son siempre indirectas y la comprensión de la agencialidad humana permea cualquiera otra comprensión, en particular cuando la analogía es tan fuerte. No obstante, ello no invalida el empleo de esta categoría para una aproximación a la agencialidad animal no humana y preguntar por
los móviles de la acción de las diversas especies.
En términos éticos, la pregunta por la agencialidad animal no parece distinguirse en mucho de la agencialidad humana, por cuanto los animales no humanos presentan pautas morales de convivencia y cuidado; sus acciones se ajustan a convenciones, actúan por motivaciones o deseos, evitan el sufrimiento, aprecian el bienestar, despliegan conductas cooperativas y resuelven conflictos (De Waal, 1996; 2006/2018). En lugar de defender una diferencia sustantiva entre la acción humana y cualquiera otra, la cuestión es afirmar la familiaridad como el rasgo dominante por el cual observar las distinciones. Esta es una sugerencia tomada de la teoría autopoiética (T. Negru, 2016; 2018), la cual concibe la capacidad agencial en asocio con la complejidad estructural y organizacional individual y las interacciones e intercambios con el ambiente, de manera que la constitución singular indica la agencia y el ambiente en permanente tensión2.
La vastedad del tema aunado a la breve extensión de estas páginas justifica la
delimitación del objeto de su revisión: si las acciones son controladas, y éste es un poder ejercido sobre sí, entonces, las razones son parte del control subjetivo, el problema es si hablar de un control según razones justifica la afirmación de un poder. Aunado a esto, el amplio espectro del actuar humano muestra acciones que no son el resultado de deliberación y las acciones equivocadas reflejan razones bien fundadas, lo cual pone en cuestión el valor causal de las razones. La revisión acá propuesta abarca tres autores: Donald Davidson, Benjamin Libet y Markus Schlosser. Cada autor es conocido por sus contribuciones a diversos aspectos de la filosofía de la mente, de la acción y la ética, y los tres comulgan en la pregunta por lo que mueve a la acción humana. ¿Qué características presenta la acción humana para que se dé cuenta de ella?
La agencialidad es objeto de diversos abordajes, y dar cuenta de mecanismos y procesos causales conforman el punto de vista científico, con su sentido unívoco de objetividad. La filosofía, aun cuando se apoye en las ciencias, conforma una posición teórica desde el ejercicio de la agencialidad, si esta define al individuo en su totalidad en términos de atribución y de interacción con el contexto. La agencialidad es un rasgo caracterizador de las especies y por el cual establecen aproximaciones e interacciones entre sí y con el ambiente, además de una identidad constitutiva y de significación (A. Moreno, 2016). De acuerdo con este planteamiento, la familiaridad entre la acción humana y la no humana antes mencionada reside en una ontología respecto de la cual la razón no tendría que significar una diferencia sustantiva.
La exposición se ha armado con base en la comprensión de las acciones expuesta por los autores antes mencionados, a esa comprensión se suman objeciones. Las conclusiones apuntan, al menos, a una representación de la agencialidad en la que la racionalidad sea una distinción, más no una diferencia sustantiva, e insistir en una diferencia es posible si se considera una amplitud cognoscitiva que otras especies no tienen, y la correspondiente amplitud agencial. Veamos si se sigue este planteamiento.
Las tesis de cada autor arrojan luces para la comprensión de la agencialidad en los
términos antes anotados. El primer autor por exponer es D. Davidson, de acuerdo con
sus argumentos expuestos en el ensayo titulado Acciones, razones y causas, publicado en 1963. El problema abordado en ese artículo es si las razones admiten un valor causal y, de ser así, si se homologan a las explicaciones causales físicas. Las acciones son susceptibles de racionalización, lo cual significa una inteligibilidad fundada en un sentido y significaciones contenidas en las razones y no por las descripciones físicas u orgánicas. Por consiguiente, una acción es comprensible porque en ella se reúnen dos aspectos: la atribución de una actitud para la acción y la concepción de la acción de cierto tipo que admite una actitud y no otra.
D. Davidson afirma que toda razón primaria posee un carácter causal respecto de la acción a la que mueve, sin que las razones se comporten como leyes causales, porque las razones primarias3 recogen la justificación de la acción desde la perspectiva del agente que pone la acción. La comprensión de una acción se funda en las razones que la mueven, y su inteligibilidad se torna borrosa o incierta sin esas razones primarias y, en consecuencia, su comprensión involucra al agente aun cuando se invoquen procesos fisiológicos o mentales como motores de la acción. Y en este punto, es necesario recordar que un aspecto de la racionalización reside en abrir una dimensión de la acción por la cual ésta se torna objeto de reflexión y valoración, por lo que la inteligibilidad, antes de referirse al carácter motor, hace referencia a un tipo de acción y a circunstancias a las cuales está vinculada.
El carácter causal de las razones primarias no deja de ser problemático por cuanto esas razones no son sucesos precedentes a la vez que la comprensión de las acciones es imposible sin ellas. Ahora bien, el carácter favorable de una actitud o creencia y por el cual se afirma una razón adiciona un elemento no racional que ha sido considerado para ser un móvil. Es decir, el valor causal de las razones no reside en las razones mismas, digamos, en cuanto enunciados discursivos fruto de la reflexión, sino en los significados elaborados para la acción. Una razón primaria, para D. Davidson, es una actitud favorable o la creencia relacionada o ambas que median la realización de una acción, por lo que su valor causal consiste en aportar intelección a la acción y no a una relación productiva o efectual. De esta manera, la comprensión de una acción bajo la luz de una razón difiere de otras comprensiones (por ejemplo, características físicas o biológicas) por cuanto una razón primaria califica una acción a la vez que deja conocer la intención para la acción, y esta razón primaria es una noticia sobre el agente y el ambiente en el cual es puesta.
La consideración lógica de D. Davidson distingue las descripciones de la acción de
los sucesos que intervienen en ella. La racionalización de una acción antes que referirse a estados del mundo, dan cuenta de las actitudes o creencias que intervienen en el diseño de la acción y según la atribución y la respuesta a las demandas contextuales. En esos términos, la descripción de una acción goza de suficiencia lógica y el valor causal de las razones primarias consiste en la ampliación cognoscitiva de las formas de control agencial, como ya lo han ilustrado H. Frankfurt (1971), Th. Scanlon (1998, 2002) y N. Arpaly (2003). La afirmación de una razón como motor de una acción no autoriza a pensar en un papel desligado de la voluntad y motivaciones, como tampoco asegura que las razones motoras sean siempre fruto de la deliberación o las mejores razones.
El planteamiento de D. Davidson se ocupa de las razones atendiendo únicamente su vinculación favorable o desfavorable para con actitudes y creencias, por lo que nada autoriza pensarlas como un poder desencadenante, mas si como mediación para la
acción. Dar razones a favor de una acción significa una posibilidad cognoscitivamente lograda por la cual la gama de acciones se diversifica: múltiples significados, finalidades, modos de atribución, planificación, entre otras opciones. La ampliación cognoscitiva es, también, una ampliación agencial. Si la condición orgánica es entendida como una amenaza porque las razones son entendidas como suficientes para la determinación agencial, el inconveniente es que sean vistas como un poder causal, como lo había propuesto E. Kant (1781/1978). D. Davidson ya ha sugerido el papel mediador de las razones respecto de las actitudes; lo que no queda tan claro es que dicha mediación se extiende a la atribución subjetiva y a las demandas contextuales, por lo que el diseño y dirección de la acción responde a una diversidad de factores.
Los propósitos de D. Davidson respecto de las razones apuntan a considerar las razones en términos no causales, por lo que no juegan el papel de mecanismo antecedente de toda acción. El valor causal de las razones no tiene que asimilarse con un mecanismo orgánico ni tiene que significar un proceso antecedente. En su lugar, las razones tienen un papel consistente en la afirmación de la agencia y de su lugar en el mundo, por lo que, si las acciones necesitan un referente, no es otro que el agente mismo con una capacidad de dotar de sentido y significado las acciones, de forma tal que ganan una comprensión imposible de obtener por la explicación neurofisiológica, y aunque se siga pensando en términos de causalidad, (A es una razón por la cual se hizo B), las razones, antes de referirse a un poder desencadenante, se refieren a la autoridad y potestad agenciales.
D. Davidson puso en evidencia que una cierta abstracción de las razones para la acción plantea el problema de si tienen un poder causal. Resuelve ese problema vinculando las razones con las actitudes agenciales, el sentido y los significados. Deja de considerar el papel del lenguaje en la comprensión de las acciones y, por ende, del contexto, de modo que no solo toda acción acontece en situaciones, sino que las razones son atinentes a esas situaciones por el vínculo de los individuos. Una comprensión individual de la acción sigue una distinción lógica, pero obvia los vínculos sociorelacionales, creando una imagen de que toda acción resulta comprensible únicamente por el agente individual, desvinculado o, simplemente, dejando de lado los vínculos.
Este autor recoge en un artículo del año 2008 la discusión acerca del libre albedrío y la tesis determinista, preguntándose qué teoría de la acción es compatible con la afirmación del libre arbitrio. Coloca la acción bajo la óptica de la causalidad por cuanto es un fenómeno en el mundo y hay un antecedente por el cual ha acaecido.
Desde un punto de vista metafísico, el autor retoma la discusión entre dos teorías de la acción: la causal estándar y la causal según el agente. El problema subyacente es qué causa o antecede a la acción, y la pertinencia de esta interrogante reside en la justificación del libre albedrío y la responsabilidad, propiedades morales que riñen con la tesis determinista: dado un sistema viviente, ¿qué autoriza la afirmación de autodeterminación y control sobre las propias acciones?
La respuesta ofrecida a estas preguntas se elabora considerando dos versiones de
la causalidad de las acciones: una es la causalidad por razones y la otra es la causalidad
según el agente. La diferencia entre ambas versiones es cómo se entiende el antecedente causal, si es necesario afirmar un proceso o mecanismo particular que haga de motor de la acción o si basta afirmar el agente por entero como el único antecedente.
Por la teoría causal según razones se entiende que toda acción es ejecutada por el papel causal de estados o eventos del agente, y en lo que ocupa, por razones con valor causal. El poder agencial se reduce a la eficacia causal de los estados o eventos mentales del agente, y los correctos antecedentes mentales racionalizan la ejecución de la acción, esto es, la acción se torna inteligible a la luz de esos antecedentes mentales. A estos estados o eventos mentales se les llama razones.
Por la teoría causal según el agente se entiende que el agente mismo es la causa de las acciones, es decir, un evento agencial es una acción ejecutada por el agente en virtud de ser causada por el agente mismo. Esta posición es sustancialista, en un sentido aristotélico, por cuanto el agente es lo que persiste o se mantiene a lo largo de los cambios cualitativos. El poder causal del agente no se identifica con una causación según estados o eventos, sino que la acción caracteriza al agente, y la afirmación de elecciones libres fundadas en razones no implica que éstas tengan poder causal alguno.4
De acuerdo con este autor, varias objeciones pueden ser dirigidas a esta segunda
teoría causal:
La primera de ellas es el papel de las razones para explicar las acciones. Apelar a la espontaneidad del agente para la acción no da razón de lo que mueve y que ello sea traducido a razones que explican la acción como tal.
La segunda objeción tiene que ver con la orientación agencial. Así como las razones dan cuenta de lo que mueve a las acciones, también, por las razones, las acciones son dotadas de una organización y orientación sin las cuales no podrían acaecer y ser inteligibles.
Una tercera objeción consiste, también, en cómo se estructura la agencialidad, y además de las orientaciones, las razones definen las acciones en tanto éstas son reactivas a las razones.
A estas objeciones planteadas por Schlosser, se suma un detalle más: la afirmación
de un sistema viviente del cual es posible predicar libertad para elegir y responsabilidad,
¿qué elaboración metafísica requiere?5 Una concepción del agente como un monolito ontológico del cual brotan de manera espontánea las acciones le hace un flaco favor por cuanto la afirmación de la sustancialidad del agente, como razón suficiente, termina estableciendo fronteras ontológicas que no dan razón de la potestad agencial si esta se estructura por posibilidades alternativas y la autodeterminación.
El tercer autor por mencionar es Benjamin Libet, quien buscó evidencia empírica sobre la actividad de la conciencia de la voluntad con ocasión de una acción motora. Se apoya en la premisa que toda acción libre es precedida por la conciencia de la voluntad, así como por la actividad neurofisiológica denominada potencial de disposición.
Su propósito era obtener un dato cuantitativo de la conciencia de querer actuar y, en consecuencia, hacer de la experiencia subjetiva algo medible y reportable. Para ello aplicó tres modalidades de experimento:
La primera serie consistía en la realización de un movimiento brusco de muñeca cuando la necesidad caprichosa (arbitraria) de hacerlo surgiera. Los sujetos de la investigación debían indicar la posición en la que se encontraba el osciloscopio en el momento en el que había aparecido el deseo consciente de querer realizar el movimiento, es decir, cuando tuvo la intención de moverse. Esta intención o decisión de moverse acontecía de la nada.
La segunda serie consistía en ejecutar un movimiento brusco de muñeca, con la diferencia de indicar el momento de aparición de la conciencia de haberse movido.
La tercera serie consistía en permanecer relajado sin realizar ningún movimiento. Al sujeto participante se le aplicaban estímulos eléctricos sobre la mano, en tiempos aleatorios no conocidos por el sujeto, pero sí por el experimentador y se le solicitaba que indicara el momento en que tomaba conciencia de la sensación.
Los resultados mostraron que la conciencia de la voluntad no es un poder independiente de procesos inconscientes, esto es, hay procesos neuronales anteriores a la conciencia que acompañan la decisión por la cual se lleva a cabo la acción; por lo tanto, el poder para la acción cae fuera de la conciencia.
La polémica desatada por estos estudios llevó a B. Libet a proponer un proceso volitivo con un comienzo inconsciente completado con la conciencia dotada de un papel controlador del proceso, concediéndole un papel interventor sobre la acción para su sanción. En ese momento se encuentra la libertad.
Otro elemento polémico ha sido la semántica sobre la cual se apoya: su idea de acto libre es todo lo que acontece sin premeditación, de manera espontánea. Lo que tiene en mente es que un acto libre es un acto independiente de toda posible interferencia o influencia para elegir qué hacer y/o dónde actuar. El empleo de términos como intención, impulso y decisión es sinónimo, e incluso habla de capricho, de manera que haya consistencia con la pretensión de un origen endógeno para el acto.
El término conciencia también presenta algunos problemas: si efectivamente tiene poder causal, si es un poder causal independiente de procesos inconscientes o cómo es la relación entre estos y la conciencia. La afirmación de un proceso inconsciente antecedente no es indicador de un papel causal de la intención consciente de querer actuar. Si la conciencia no posee poder causal para con la acción, entonces
¿qué intervención ejerce? Los dos fenómenos, el proceso inconsciente, orgánico y el proceso consciente parecen ser independientes y, de ser así, el problema sería definir qué poder ejercen cada uno en particular. Al menos, estos estudios han ayudado a cuestionar cualquier modelo simplista de la conciencia.
Los experimentos de B. Libet han inspirado diversas explicaciones: la conciencia irrumpe en un momento dado, luego de comenzado el proceso inconsciente. Otra
explicación es la aparición progresiva de la conciencia, en lugar de un fenómeno que surge de una sola vez. La dificultad insalvable ha sido que el reporte de la conciencia se apoya en una experiencia subjetiva, por lo que la precisión del comienzo de un evento consciente es relativa a lo que el sujeto diga.
Una objeción inmediata a los planteamientos de B. Libet sería la definición de conciencia, por cuanto demuestra un comienzo de la acción anterior a la conciencia, lo cual pone en cuestión si tiene poder alguno o no, si una acción -siempre un evento físico- tiene un origen no físico. Desde la exposición de las tesis de D. Davidson se viene afirmando que el papel de las razones no tiene que ser causal en cuanto poder antecedente. De manera semejante, la conciencia tampoco ha de fungir como un poder antecedente, aunque sí como una instancia por la cual la acción es objeto de reflexión y conocimiento por el sujeto y semejantes, de manera que la acción es susceptible de un abordaje fundado en la conciencia.
Esta pregunta tolera un giro, y en su lugar, preguntar por las sugerencias de estos autores para la agencialidad animal. Aunque el peso de los mecanismos causales es lo suficiente para poner en duda el valor de las razones, la agencialidad y con ella la afirmación de un agente es un aspecto resistente de ser reducido a un simple mecanismo, por cuanto la acción introduce una modificación del mundo que previene de considerar los mecanismos orgánicos solamente. Detrás de las acciones, entonces, además de mecanismos orgánicos que explican los movimientos, es admisible el papel del agente para con sus acciones de manera que éstas se explican por aquel y éste es entendido dentro de un contexto. Hay más de un esquema explicativo de la acción, entonces.
Al respecto de la agencialidad animal, el planteamiento es similar. Aun cuando las actuaciones de cualquier ser viviente se explican metabólicamente y por la sensomotricidad (Negru, 2016), la ubicación dentro de un contexto deja entrever más elementos que sin esa ubicación no serían visibles. Primero que todo, la comprensión de la acción sigue un patrón epistémico que aplicamos primeramente a la agencialidad humana e indirectamente a la agencia animal. El actuar de un gorila o delfín es comprendido empleando patrones cognitivos y valóricos seguidos con el actuar humano, y el mejor ejemplo es el lenguaje. Hasta este momento, no se cuenta con la narración de dichos primates sobre sus acciones, es decir, no han expresado por qué actúan como lo hacen. Y esto hay que señalarlo como una limitación y una fortaleza de la comprensión de la agencialidad animal: se tienen herramientas de aproximación a la vez que son herramientas que se han elaborado con ocasión de un tipo de acción que difiere en al menos un aspecto del resto de acciones animales por el factor de que es posible dar razón de como se actúa.
Al comienzo se señaló que el abordaje a la agencialidad animal se lleva a cabo
desde la agencialidad humana. Si la analogía es válida para justificar el abordaje de la primera forma de agencialidad, los autores acá expuestos proponen una comprensión de la acción humana como susceptibles de sentido y significados, y cuentan con una comprensión independiente de los procesos orgánicos subyacentes. En este sentido,
una explicación cada vez mayor del papel de los mecanismos orgánicos (B. Libet) contribuye a una dilucidación mayor del papel de la razón en la acción.
Lo anterior ha de arrojar unas cuantas luces al tratamiento de la agencialidad animal. Al comienzo se planteó que la agencialidad humana otorga del bagaje conceptual para su abordaje, con el problema de que hay diferencias imprescindibles que no justifican superioridad ontológica alguna. ¿Cómo entender el actuar de un ser vivo desde su naturaleza misma? Algunas ideas han salido con ocasión de la exposición de los tres autores. La primera de ellas es que la causalidad de una acción obedece a procesos o mecanismos orgánicos, por lo que el papel de la razón no supone un poder adicional y superior. Que una acción sea objeto de atribución de sentido y significados indica posibilidades que no están sujetas a explicaciones neurofisiológicas.
La pregunta teórica por la acción se ha apoyado en un esquema argumentativo que afirma un agente desligado del entorno y como fuente inmediata de toda acción. Si ésta es entendida como objeto de sentido y significados, los vínculos contextuales cobran relevancia y se abre una comprensión desde el agente y no desde un esquema reductivo. La comprensión de la agencialidad humana, entonces, arroja algunas luces sobre la agencialidad desde los rasgos comunes.
5 “R es una razón primaria por la que un agente realizó la acción A en la descripción d, sólo si R consiste en una actitud favorable del agente hacia las acciones que poseen cierta propiedad y en una creencia suya de que A en la descripción d tiene esa propiedad.” (D. Davidson, 1980/1995, 20). Esta precisión, el tipo de razón, señala una distinción para con todas las otras razones posibles, que no razones primarias. Esta distinción destaca un valor epistemológico ausente en otras razones (por ejemplo, el carácter favorable de una actitud o creencia) y deja sin resolver qué mueve a la acción. N. Arpaly (2004), de cerca de Th. Scanlon (2002) se pregunta qué agrega la deliberación (supongamos que las razones primarias son fruto de la deliberación) y si la reflexión y deliberación otorgan a la acción humana algo que las otras especies no tienen. “More specifically, what does the ability to reflect and deliberate give to us that other animals don’t have?” (Arpaly, 2004, 63). Si la racionalización es tomada como una diferencia sustantiva y como la causa de un tipo de acción que mostraría un control racional, los contraejemplos como la acrasia y los prejuicios la desmentirían.
Arpaly, Nomy (2004). Unprincipled Virtue. An Inquiry into Moral Agency. New York: Oxford University Press. Davidson, Donald (1980). Ensayos sobre acciones y sucesos. Barcelona: Grijalbo Mondadori
De Waal, Franz (1996). Bien natural. Los orígenes del bien y del mal en los humanos y otros animales.
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