Jonathan Piedra-Alegría

La escritura de la nada: Oreamuno ante el espejo del existencialismo


RESUMEN


Autor/ Author

Jonathan Piedra-Alegría Universidad de Costa Rica


ORCID ID: 0000-003-

4532-4415

Correo: jonathanjonas. piedra@ucr.ac.cr


Recibido: 02/04/2025 Aprobado: 28/05/2025 Publicado: 08/07/2025

Este artículo propone una lectura existencialista de La ruta de su evasión (2007), novela emblemática de la escritora costarricense Yolanda Oreamuno. Aunque la autora no se identificó formalmente con el existencialismo ni con sus principales figuras, su obra revela una notable afinidad con las categorías centrales de esta corriente filosófica: angustia, libertad, alienación, contingencia, deseo y finitud. A partir de un análisis textual y conceptual, se explora cómo los personajes de la novela (particularmente Teresa y Gabriel) encarnan los dilemas existenciales descritos por Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Martin Heidegger, Albert Camus, Gabriel Marcel, Miguel de Unamuno y Ernesto Sábato. La narrativa de Oreamuno despliega un universo marcado por la incomunicación, el fracaso de los vínculos afectivos, la evasión de la libertad y la constante amenaza de desintegración subjetiva. La conciencia, el deseo y la muerte se convierten en ejes que tensionan a los personajes entre el proyecto de ser y la imposibilidad de habitar su propia existencia. En diálogo con la filosofía existencialista europea y latinoamericana, este estudio argumenta que La ruta de su evasión no solo ilustra problemáticas filosóficas, sino que las encarna desde una experiencia literaria situada, lo que permite una reflexión radical sobre la condición humana en el contexto de la modernidad.

Palabras Claves: Existencialismo, Yolanda Oreamuno,

angustia, subjetividad, alienación.

Abstract: This article proposes an existentialist reading of La ruta de su evasión (2007), the emblematic novel by Costa Rican writer Yolanda Oreamuno. Although the author did not formally identify with existentialism or its main thinkers, her work reveals a strong affinity with the core categories of this philosophical tradition: anguish, freedom, alienation, contingency, desire, and finitude. Through a textual and conceptual analysis, the study explores how the novel’s characters -particularly Teresa and Gabriel- embody the existential dilemmas described by Jean-Paul Sartre, Simone


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de Beauvoir, Martin Heidegger, Albert Camus, Gabriel Marcel, Miguel de Unamuno, and Ernesto Sábato. Oreamuno’s narrative unfolds a universe marked by communicative breakdown, the failure of affective bonds, the evasion of freedom, and the constant threat of subjective disintegration. Consciousness, desire, and death become key axes that place the characters in tension between the project of being and the impossibility of inhabiting their own existence. Engaging with both European and Latin American existentialist philosophy, this study argues that La ruta de su evasión not only illustrates philosophical problems, but also embodies them through a situated literary experience, offering a radical reflection on the human condition in the context of modernity.

Key words: Existentialism, Yolanda Oreamuno, Anguish, Subjectivity, alienation.


  1. La literatura existencialista


    La noción de “literatura existencialista” ha generado a lo largo del tiempo una considerable confusión y debate en los círculos literarios y filosóficos. A menudo, se ha equiparado erróneamente con movimientos como el surrealismo o se le ha asociado con la literatura del absurdo, sin establecer distinciones claras. Esta ambigüedad refleja no solo la complejidad inherente al existencialismo filosófico, sino también las diversas formas en que este se ha manifestado en la literatura.

    El existencialismo, como corriente filosófica, se centra en la exploración de la existencia humana, la libertad individual, la responsabilidad y la búsqueda de sentido en un mundo que, en apariencia, carece de respuestas absolutas. Pensadores como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir o Albert Camus han contribuido significativamente a este enfoque, ya que ofrecen diferentes perspectivas (pero interconectadas) que enriquecen la comprensión de la condición humana.

    Sartre (1948), por ejemplo, es una de las figuras clave del existencialismo, que propuso una concepción de la literatura profundamente comprometida con el presente histórico. Según su planteamiento, el escritor no debe orientarse por el anhelo de trascendencia ni escribir pensando en la inmortalidad de su obra, sino asumir una responsabilidad concreta frente a las condiciones de su tiempo. La literatura no es un refugio frente al mundo, sino una forma de intervenir activamente en él. En este sentido, el acto de escribir constituye una manifestación de libertad, entendida no como una propiedad individual sin consecuencias, sino como una facultad que obliga al sujeto a responder por sus decisiones. Para él, la libertad humana no es una posibilidad opcional, sino una condena inherente a nuestra existencia: se está obligado a elegir, y en esa elección se juega el sentido de la vida.

    Esta idea encuentra una prolongación en la obra de Beauvoir (1956), quien desarrolló una ética de la ambigüedad. A diferencia de las concepciones morales que buscan certezas universales, Beauvoir subraya que la existencia humana está atravesada por tensiones ineludibles entre autonomía y condición social, entre singularidad y comunidad. El escritor, al igual que cualquier otra persona, debe enfrentar estas ambivalencias y responder desde su situación concreta. En este marco, la escritura adquiere una dimensión ética y política, pues tiene la capacidad de revelar las contradicciones del presente y de generar conciencia crítica. Beauvoir

    considera que cada instante de la vida humana está marcado por decisiones que no pueden eludirse, lo que sitúa al escritor ante el desafío de asumir y representar esas tensiones, tanto en su obra como en su posición en el mundo.

    Así las cosas, la libertad del escritor no se comprende como un fenómeno aislado, sino como parte de una red de compromisos que lo vinculan con su contexto histórico, con el lenguaje y con sus lectores. Como hemos mencionado, la elección de escribir implica una responsabilidad profunda: el autor no puede desentenderse de los efectos que sus palabras puedan producir. La literatura se convierte, entonces, en un medio de transformación de la conciencia colectiva. Tiene el poder de cuestionar, de desestabilizar lo evidente y de invitar al lector a reconsiderar su lugar en el mundo. El escritor no solo representa la realidad, sino que, al narrarla desde su perspectiva situada, participa activamente en su configuración.

    Esta dimensión de la responsabilidad también ha sido tematizada por Jaspers (2000), quien sostuvo que la existencia auténtica se manifiesta cuando el individuo se enfrenta a su libertad con plena conciencia de las consecuencias. Para Jaspers, vivir auténticamente no implica encontrar certezas, sino aceptar el riesgo, la incertidumbre y la tensión de cada decisión. En el caso del escritor, esta autenticidad se expresa en su capacidad de elegir no solo los temas sobre los que escribe, sino también la forma y el compromiso con el que los aborda. Escribir, en este marco, equivale a asumir una visión del mundo y mantenerse fiel a ella, aun cuando eso suponga exponerse a la crítica o a la incomodidad de ir contra lo establecido.

    Como vemos, desde estas perspectivas se configura una visión común de la escritura como un acto ético, inseparable de la libertad y de la responsabilidad. La literatura se convierte en un espacio privilegiado para la reflexión sobre la condición humana, en el que no basta con la estética o la belleza formal: se exige una toma de posición. El escritor se vuelve un agente activo en la construcción de sentido, comprometido no con lo eterno, sino con la urgencia del presente. A través de la palabra, se afirma no solo la libertad individual, sino también la posibilidad de interpelar al mundo y transformarlo.

    1. El arte de decir lo indecible: la literatura como espacio de autenticidad


      Sartre concibe la literatura como una praxis inacabada, que exige la colaboración activa entre autor y lector para desplegar todo su sentido. Desde su visión, el acto de escribir no se agota en la intención del autor, sino que alcanza su plenitud en la interpretación subjetiva del lector, quien reconstruye y resignifica la obra desde su propia experiencia. Esta concepción dialógica de la literatura subraya la libertad como eje central: tanto el escritor como el lector ejercen su libertad al crear y leer, al significar y reinterpretar. La obra literaria, por tanto, no es un objeto cerrado, sino un proceso abierto de co-creación que remite a la condición existencial del ser humano como sujeto en constante devenir.

      La noción sartreana de una literatura como espacio de encuentro entre libertades individuales encuentra una resonancia filosófica en la idea de intersubjetividad propuesta por Marcel (1995). Desde su enfoque afirmó que la existencia humana no

      puede entenderse desde el aislamiento, sino desde la relación viva con los otros. La comunicación auténtica se convierte, entonces, en el fundamento de una realidad compartida. Vista desde esta óptica, la literatura aparece no solo como un medio de expresión individual, sino como un puente entre conciencias, capaz de propiciar vínculos que atraviesan las barreras del tiempo, el espacio y la diferencia. El lector no solo descifra un texto: entra en contacto con una subjetividad ajena, y en ese proceso, se transforma a sí mismo.

      Ambos planteamientos (el de Sartre y el de Marcel) revelan una preocupación común por la responsabilidad del sujeto frente al otro. El compromiso del escritor, en este sentido, no es solo ético o político, sino también existencial: está llamado a ofrecer una visión del mundo que invite a la reflexión, que confronte al lector con su propia libertad, pero también con su posibilidad de vínculo, de comprensión mutua, de empatía. Es en este punto donde la propuesta de Beauvoir cobra particular relevancia, al subrayar que toda libertad está situada y atravesada por las ambigüedades del contexto. La literatura, al asumir esa ambigüedad, deviene espacio para enfrentar dilemas éticos, tensiones sociales y contradicciones íntimas, lejos de toda simplificación moral.

      Esta voluntad de explorar la complejidad de la existencia también se manifiesta en la representación literaria del ser humano. Sartre se opuso a toda reducción de los personajes a esquemas simplistas de bondad o maldad. Por el contrario, él defendió una literatura que daba cuenta de la ambivalencia, los conflictos y las paradojas que definen a cada individuo. Esta visión del ser humano como un ser contradictorio conecta de manera directa con las reflexiones de Miguel de Unamuno (2003), quien abordó la tensión entre razón y fe, entre el deseo de inmortalidad y la conciencia de la muerte. Para Unamuno, esa lucha interna, lejos de debilitar al sujeto, constituye la raíz misma de su humanidad. La literatura, al expresar esa tensión, no proporciona respuestas definitivas, sino que mantiene viva la pregunta por el sentido y la trascendencia.

      En una clave diferente, pero complementaria, Albert Camus (1942) profundizó en el sentimiento de absurdo que surge cuando el ser humano, en su afán de sentido, se confronta con un mundo que permanece mudo. Esta experiencia no desemboca en el nihilismo, sino en una ética de la lucidez: aunque el universo carezca de un orden teleológico, el ser humano tiene la posibilidad (y la responsabilidad) de crear sentido desde su libertad. La literatura, en esta perspectiva, se transforma en un lugar donde se exhibe esa tensión entre el deseo de claridad y la indiferencia del mundo, entre la esperanza y la caída. Así como en Unamuno el deseo de eternidad se enfrenta con la certeza de la muerte, en Camus la necesidad de sentido choca con el silencio del mundo. Ambos, sin embargo, encuentran en la escritura una forma de resistencia.

      Desde el contexto latinoamericano, Ernesto Sábato (2022), retomó muchas de estas preocupaciones, pero las situó en un mundo atravesado por el desencanto moderno, la incomunicación y la alienación. En El túnel, la búsqueda de contacto humano se convierte en una empresa trágica marcada por la imposibilidad del entendimiento profundo. La novela no solo tematiza la soledad del individuo, sino que revela cómo la subjetividad moderna se ve fracturada por estructuras sociales que impiden la autenticidad y el reconocimiento mutuo. Al igual que Marcel,

      Sábato reconoce la necesidad de relación; sin embargo, expuso los obstáculos que la modernidad impone a dicha relación. En un mundo donde la libertad, lejos de posibilitar el encuentro, a menudo refuerza la distancia.

      Finalmente, todas estas perspectivas convergen en una misma comprensión del lenguaje como herramienta de revelación existencial. Sartre aseveró que escribir no es solo describir, sino también actuar: el lenguaje es un medio para mostrar, interpelar, resistir, conmover. En la literatura existencialista, la palabra no se utiliza de forma ornamental ni decorativa, sino como un gesto de compromiso que busca transformar la percepción del lector. Escribir es asumir una posición frente al mundo, pero también abrir una posibilidad de diálogo, de transformación interior y de responsabilidad compartida.

      Así entendida, la literatura existencialista se revela como un espacio donde convergen libertad, subjetividad, vínculo, angustia, sentido y lenguaje. Los autores aquí analizados, desde distintas tradiciones y contextos, ofrecen una constelación de ideas que permiten pensar la escritura no como un fin en sí mismo, sino como un acto profundamente humano: una forma de habitar el mundo con lucidez, con compromiso y con esperanza, incluso cuando esta solo pueda surgir en medio del absurdo.

      1.2. Palabras que duelen, palabras que liberan: el lenguaje como territorio existencial


      El lugar del lenguaje en la literatura existencialista no puede subestimarse. Para Beauvoir, el lenguaje constituye tanto un instrumento de poder como una vía hacia la libertad. En su novela La invitada (1943), examinó cómo las palabras pueden servir como mecanismos de control en las relaciones humanas, pero también como herramientas de emancipación. Esta ambivalencia del lenguaje pone en evidencia que la palabra no es nunca neutra: carga con una historia, una posición, una intencionalidad. En su narrativa, las estructuras de género se reproducen no solo en actos visibles, sino también en formas sutiles de comunicación, estableciendo jerarquías afectivas y sociales que condicionan la libertad del otro.

      Este enfoque se entrelaza de Sartre, quien como hemos visto, defendió que no se es escritor por el contenido que se desea transmitir, sino por el modo en que se decide expresarlo. La literatura, desde esta óptica, no se define por sus temas, sino por la actitud del autor frente al lenguaje y al mundo. El compromiso del escritor no radica únicamente en lo que dice, sino en cómo lo dice, en la autenticidad con que proyecta su visión del ser humano y su circunstancia. La forma de la escritura es, en este sentido, una manifestación de libertad que refleja una posición ética ante la existencia.

      Esta dimensión del lenguaje como herramienta existencial une a Sartre y Beauvoir en una ética de la expresión. Ambos coinciden en que la escritura tiene una función ontológica: permite revelar el mundo, nombrar lo que ha sido silenciado, visibilizar lo que ha sido excluido. En esta línea, la literatura existencialista no aspira a ofrecer respuestas definitivas ni estructuras cerradas de sentido. Su objetivo es interpelar al lector, incomodarlo incluso, y hacerlo partícipe de una búsqueda que, en

      última instancia, es común: la de comprenderse a sí mismo en un mundo ambiguo, fragmentado y contingente.

      Por esta razón, la literatura existencialista se aleja de los esquemas narrativos convencionales. No construye personajes idealizados ni moralejas simples, sino que presenta seres humanos en conflicto, enfrentados a elecciones difíciles, atrapados en tensiones irresolubles. Esta representación no persigue un efecto estético superficial, sino que se propone revelar las fisuras de la existencia: la soledad, el absurdo, la angustia, la finitud, pero también la posibilidad de sentido, de responsabilidad y de libertad.

      Lo que vincula a los autores existencialistas no es un programa ideológico uniforme, sino una sensibilidad compartida frente a la condición humana. Todos ellos (i.e Sartre, Beauvoir, Camus, Unamuno, Marcel o Sábato) coincidieron en pensar la existencia como un proyecto inacabado, como una tarea que exige decisión, conciencia y coraje. Desde distintas tradiciones y contextos, exploraron los límites de la racionalidad, las paradojas del lenguaje, las fisuras de la subjetividad y la necesidad de construir sentido en un mundo que no lo garantiza.

      En este contexto, la literatura se convierte en un acto de libertad y compromiso. No busca consolar ni adoctrinar, sino abrir preguntas, provocar la duda, ensanchar la conciencia. Es una forma de responsabilidad hacia el otro y hacia uno mismo, una manera de habitar el mundo con lucidez. Al poner en juego nuestras creencias, identidades y emociones, la literatura existencialista se convierte en un ejercicio de autoconocimiento que no teme mirar de frente lo trágico, lo contradictorio, lo inacabado de la vida.


  2. Geworfenheit


    La influencia de Marcel Proust en la obra de Yolanda Oreamuno ha sido reconocida de forma reiterada tanto por la crítica como por la propia autora. Oreamuno no solo valoró al autor francés como un referente estético, sino que lo asumió como una figura formativa en su desarrollo literario. La técnica narrativa centrada en la memoria, característica de Proust, adquiere una presencia central en La ruta de su evasión, especialmente a través del personaje de Teresa, cuya reconstrucción subjetiva de la vida a partir del recuerdo permite articular una temporalidad fluida y no lineal. Este uso de la memoria como estructura narrativa, semejante al “flashback” proustiano, permitió a Oreamuno indagar en la interioridad de sus personajes y mostrar cómo el tiempo vivido se entrelaza con el tiempo recordado.

    Alfonso Chase, entre otros críticos, ha insistido en las similitudes estilísticas entre ambos autores. Sin embargo, más allá del influjo formal de Proust, lo que emerge con claridad es el modo en que Oreamuno adapta esta sensibilidad europea a su propio contexto vital, al utilizar la memoria como vehículo de introspección, pero también como forma de resistencia frente a la fugacidad del presente. En sus cartas, la autora declara una admiración apasionada por el escritor francés, señalando que su lectura de En busca del tiempo perdido fue constante desde la adolescencia (Urbano, 1968). Aun cuando Oreamuno niega haber leído a Sartre o a otros existencialistas (Oreamuno, 1961), múltiples elementos de su obra convergen con las preocupaciones

    fundamentales del pensamiento existencialista. Esta convergencia no debe entenderse como una derivación directa, sino como una sintonía de sensibilidades. Oreamuno reconoció que las ideas no pertenecen a nadie: surgen, circulan y son captadas por distintas voces en distintos momentos. Desde esta perspectiva, su escritura puede pensarse como existencialista no por filiación doctrinal, sino por su afinidad temática y su tono interrogativo ante la vida humana.

    Uno de los puntos de contacto más relevantes es su tratamiento de la condición humana, un eje central del existencialismo. Tal como lo plantean Heidegger (2012) y Sartre (1998), el ser humano es un ente arrojado al mundo, sin esencias predefinidas, obligado a construirse a partir de sus elecciones. Oreamuno parece incluir esta concepción en su propia reflexión epistolar cuando afirma que su obra tiene sentido en la medida en que conecta con las angustias y realidades del ser humano común. Esta conciencia de la universalidad del sufrimiento la condujo a explorar, desde la ficción, los pliegues de la experiencia humana: el dolor, la soledad, la incomunicación, la muerte.

    La novela La ruta de su evasión permite identificar múltiples manifestaciones de esta sensibilidad. Sus personajes no se mueven dentro de tramas heroicas ni redentoras; se ven atrapados en situaciones que los sobrepasan, que muchas veces ellos mismos han contribuido a generar, y que reflejan la idea sartreana de la “situación” como estructura desde la cual se ejerce la libertad (Sartre, 1998). Están lanzados a un mundo en el que las decisiones se tornan agónicas, y donde cada elección revela (o niega) una responsabilidad existencial. La vida, en este marco, aparece como una constante evasión que, paradójicamente, reafirma el peso de lo ineludible.

    Gabriel, uno de los personajes más complejos de la novela, encarna la lucha por escapar de la mediocridad, aunque esa lucha lo lleva inevitablemente al aislamiento. La incomunicación que atraviesa a todos los personajes es estructural y no anecdótica. Su imposibilidad de establecer vínculos genuinos remite al concepto de alienación abordado por Camus (2012), para quien el ser humano moderno vive escindido, desconectado tanto de los otros como de sí mismo. En El extranjero, Camus planteó que la tragedia de la existencia no radica en el sufrimiento en sí mismo, sino en la ausencia de sentido compartido. Esta idea encuentra eco en la narrativa de Oreamuno, donde los personajes viven rodeados de palabras, pero desprovistos de un lenguaje que los una.

    La muerte, tema capital en el existencialismo, también ocupa un lugar fundamental en la obra y la vida de Oreamuno. No se trata de una muerte abstracta, sino de una experiencia encarnada, vivida desde el cuerpo, desde la angustia. En su correspondencia, la autora afirma que la muerte no está fuera, sino dentro de uno mismo, y que su presencia se manifiesta en las crisis de asfixia, en la soledad absoluta, en el silencio abismal (Oreamuno, 1961). Esta vivencia de la muerte como inmanencia coincide con la tesis de Heidegger (2012), para quien el ser humano es un «ser-para- la-muerte», es decir, un ente que se define a partir de su finitud y que, al asumirla, puede vivir de forma auténtica.

    En definitiva, aunque Yolanda Oreamuno no haya leído directamente a los filósofos existencialistas, su obra puede leerse como una expresión literaria de sus

    mismas inquietudes. El dolor, la libertad, la muerte, la incomunicación, la memoria, el cuerpo y el tiempo se presentan como temas recurrentes que permiten trazar puentes entre su escritura y el pensamiento europeo contemporáneo. Su obra no se limita a un retrato psicológico de personajes femeninos en crisis; es una exploración profunda de lo humano, en su fragilidad y en su fuerza, en su deseo de sentido y en su enfrentamiento con el absurdo. De ahí que Oreamuno ocupe un lugar singular en la literatura costarricense y latinoamericana: no por imitar una corriente filosófica, sino por haber dialogado, desde su propia voz, con los grandes dilemas de la existencia. Veamos algunos ejemplos: Una de las ideas que atraviesa con mayor fuerza su novela es la conciencia de la finitud, esa presencia constante de la muerte que, lejos de limitarse a un evento futuro, habita la existencia misma. Esta concepción recuerda al planteamiento de Heidegger (1927), para quien la auténtica comprensión de la vida humana solo es posible cuando el individuo reconoce su condición de “ser-para-la- muerte”. Desde esta perspectiva, la muerte no es una conclusión, sino una posibilidad

    siempre activa que da sentido a cada decisión, a cada elección libre y responsable.

    Este mismo reconocimiento de la mortalidad atraviesa las reflexiones de Unamuno, quien sostuvo que la conciencia de la muerte impulsa al ser humano a buscar sentido, a rebelarse contra el vacío existencial y a construir horizontes de trascendencia (Unamuno, 2003). La obra de Oreamuno parece estar en sintonía con esta intuición: sus personajes habitan un mundo donde la vida no está garantizada, donde cada paso revela la fragilidad de la existencia, y donde el dolor, la angustia y la soledad son experiencias constitutivas, no excepcionales.

    Su novela también comparte (grosso modo) con el existencialismo sartreano la afirmación de que “la existencia precede a la esencia”, según la cual el ser humano no posee una naturaleza fija, sino que debe construirse a sí mismo a través de sus decisiones. La libertad, entonces, no es un privilegio, sino una tarea ineludible, y con ella, la responsabilidad por el sentido de la propia vida. Esta carga de libertad no se vive en abstracto: se encuentra siempre en relación con los otros. La incomunicación que recorre la novela de Oreamuno se expresa en personajes incapaces de establecer vínculos auténticos, encerrados en sus mundos interiores, girando en órbitas paralelas que nunca se tocan. Esta experiencia remite a las reflexiones de Marcel (1995), cuando mencionaba la necesidad de una comunicación profunda como vía para restaurar el sentido y superar la desesperación. Para Marcel, solo en el reconocimiento del otro como presencia viva y libre se puede encontrar una esperanza verdadera. En la novela, sin embargo, esta posibilidad se presenta como truncada: la soledad emerge no como un estado momentáneo, sino como la condición habitual de los protagonistas. En La ruta de su evasión los personajes, aunque intentan comunicarse, terminan por reafirmar sus propios muros. Son seres que buscan el contacto, pero que tropiezan una y otra vez con sus límites y con el vacío del lenguaje.

    Por tanto, aunque Oreamuno no haya leído directamente a Heidegger, Sartre,

    Beauvoir o Marcel, su obra ofrece una exploración literaria de los mismos problemas que ellos abordaron desde la filosofía. El dolor humano, la finitud, la angustia, la alienación, la libertad y la incomunicación no solo están presentes en su novela, sino que constituyen su núcleo problemático. La novela no pretende resolver estas tensiones, sino exponerlas con crudeza y belleza, invitando al lector a confrontarlas en su propia experiencia.

  3. Del sentimiento trágico de la… Evasión.


    Es así como la novela Oreamuno puede ser leída como una profunda exploración de las preocupaciones existenciales que marcaron el pensamiento filosófico del siglo XX. La atmósfera que domina la novela es opresiva y densa. Los personajes se enfrentan a una vida que perciben como absurda, vacía de sentido y marcada por una sensación de fatalidad. Esta percepción, sin embargo, no los exime de responsabilidad: es precisamente a través de la autoconciencia y la elección que se abre la posibilidad de trascender la mediocridad cotidiana. Pero este proceso no es ni inmediato ni tranquilizador; como escribió Sartre, la libertad no es un don, sino una condena, pues impone al ser humano la tarea de crear sentido donde no hay ninguna guía previa.

    La muerte y la soledad se presentan como ejes existenciales ineludibles. En la novela, ambas se imbrican como símbolos de un destino que no puede ser resistido ni evitado. La muerte, más que un desenlace físico, aparece como una presencia constante que atraviesa la vida cotidiana de los personajes, marcando sus decisiones y experiencias emocionales. Esta concepción está en sintonía con la idea heideggeriana de la finitud: para Heidegger, la auténtica comprensión de uno mismo se alcanza en la confrontación con la posibilidad de no-ser. La angustia, en este sentido, no es patológica, sino reveladora: muestra al ser humano su libertad radical y la contingencia de todo significado.

    Oreamuno encarna esta perspectiva en Teresa y Gabriel, quienes viven su existencia como una tensión entre el deseo de huida y la imposibilidad de escapar del propio yo. Ambos experimentan una incomunicación estructural, una alienación que no se reduce al contexto social, sino que se inscribe en la interioridad de los personajes. Esta experiencia remite a los planteamientos de Marcel, quien consideraba que solo a través de una comunicación auténtica es posible superar el vacío existencial. Sin esa comunión, el ser humano queda fragmentado, encerrado en su desesperanza.

    Los personajes oreamunanios parecen orbitar en torno a sus propias soledades, sin posibilidad de redención ni encuentro. No hay comunidad posible, y cuando se intenta, el resultado es frustración o despersonalización. Esta soledad, más que una condición coyuntural, expresa la angustia de una subjetividad que no encuentra respuesta en el otro. Gabriel, en particular, recuerda a Roquentin de La náusea sartreana: un sujeto reflexivo, hipersensible, consciente del sinsentido de su existencia. Pero mientras Roquentin alcanza una epifanía al asumir la gratuidad del ser, Gabriel permanece atrapado en la fatuidad de los proyectos humanos, sin llegar a esa comprensión liberadora. La mediocridad de lo cotidiano lo sumerge en una especie de náusea existencial, sin acceso a la superación estética o ética. Esta parálisis ilustra la tensión sartreana entre el “ser” y el “proyecto de ser”: la libertad existe, pero su asunción puede resultar insoportable.

    Teresa, por su parte, representa otro aspecto central del existencialismo: la “mala

    fe” (mauvaise foi), tal como Sartre la define. A lo largo de la novela, ella se esconde tras una máscara de apariencias, eludiendo el peso de su libertad mediante la autonegación. Esta forma de autoengaño, aunque aparentemente protectora, la conduce a una pérdida progresiva de identidad. La angustia, lejos de resolverse, se vuelve asfixiante,

    manifestándose tanto en su cuerpo como en su psique. La alienación no es solo social o simbólica, sino somática: se siente, se padece en el cuerpo.

    Beauvoir constantemente mencionó que el ser humano no se define por lo que es, sino por lo que elige ser. Esta dimensión proyectiva del sujeto, que implica un compromiso con la propia libertad, aparece constantemente frustrada en la novela. Los personajes de Oreamuno no alcanzan la realización de ese “proyecto de ser”, porque no logran asumir del todo la contingencia de sus vidas. La existencia, sin un sentido dado, exige una acción creadora; sin embargo, tanto Teresa como Gabriel parecen paralizados, aferrados a ideales rotos o atrapados en estructuras sociales que sofocan la posibilidad de autenticidad.

    La contingencia, entonces, se manifiesta no solo en los hechos que rodean a los personajes, sino en sus elecciones vacías, en su incapacidad para construir sentido a partir de sus actos. No hay destino trazado ni valores absolutos que guíen la acción. Como plantea el existencialismo sartreano, los valores se construyen desde la libertad: es en el acto de elegir como se produce la significación. La novela de Oreamuno ilustra este vacío inicial y el vértigo que provoca, revelando la dificultad de habitar ese espacio sin certezas.

    En este sentido, La ruta de su evasión no solo puede leerse como una novela psicológica o introspectiva, sino como una propuesta filosófica implícita. Oreamuno no sistematiza conceptos, pero construye con sus personajes una reflexión encarnada sobre la existencia humana. En un mundo fragmentado, marcado por la alienación, la muerte y la incomunicación, sus protagonistas nos confrontan con las mismas preguntas que articulan el núcleo del existencialismo: ¿Cómo dar sentido a una vida sin fundamentos trascendentes? ¿Cómo asumir la libertad sin caer en el nihilismo?

    ¿Cómo ser con los otros en un mundo que disuelve toda comunidad?

    3.1. El precio de desear: Al borde del abismo


    El deseo constituye un elemento central en la arquitectura existencial de La ruta de su evasión. En la novela, el deseo actúa como una fuerza ambivalente: por un lado, impulsa a los personajes a trascender su inercia vital; por otro, los arrastra hacia formas de evasión que los conducen a la autodestrucción. En términos sartreanos, el deseo opera como una manifestación de la “nada” que desestabiliza al sujeto, exponiéndolo a su libertad y alejándolo de una existencia puramente factual, carente de conciencia. Así, Gabriel, Teresa y otros personajes no permanecen atrapados en la contingencia pasiva, sino que son sacudidos por el deseo, que los encarna, pero también los desgarra.

    Esta tensión entre impulso vital y ruina existencial encuentra eco en el pensamiento de Camus, quien en El mito de Sísifo propuso que la única forma de vencer un destino absurdo es el desprecio lúcido hacia su inevitabilidad. No obstante, a diferencia de Sísifo, los personajes de Oreamuno no se rebelan activamente contra la absurdidad de su mundo. En lugar de afirmar su libertad con dignidad, muchas veces eligen la evasión, la dependencia o la negación de sí mismos. Esta falta de respuesta auténtica es lo que marca sus trayectorias vitales.

    Aurora, por ejemplo, representa con claridad la huida de la libertad. Su

    conciencia, demasiado aguda, le resulta insoportable. En lugar de asumirla, se refugia en relaciones obsesivas que le permiten eludir su responsabilidad. Esta actitud corresponde a lo que Gabriel Marcel llamó en algún momento como el “espíritu de abstracción”: una forma de negar la realidad encarnada, concreta, para no afrontar el peso de la libertad personal. Aurora, como tantos otros en la novela, se desplaza por la existencia sin anclarse a ella, desdibujando su autenticidad.

    Frente a este fracaso existencial, el personaje de Roberto ofrece un contraste significativo. Al inicio de la narración, no muestra rasgos distintivos; sin embargo, a lo largo de la novela adquiere densidad moral y subjetiva. Su transformación culmina con el abandono de su hogar tras la muerte de Cristina, hecho que cataliza una nueva conciencia de sí. Este gesto, aunque sobrio, simboliza una ruptura con la inercia. Al igual que Roquentin en La náusea, Roberto accede a su libertad a través de una experiencia límite que lo despoja de ilusiones y lo enfrenta con la gratuidad de la existencia. Estos momentos de ruptura condensan lo que podría llamarse una “decisión existencial”: el reconocimiento de que no somos lo que nos sucede, sino lo que decidimos hacer con lo que nos sucede. La libertad no está garantizada ni es evidente; se manifiesta en el acto de asumir la propia existencia como un proyecto. Esta es, precisamente, la intuición central de Sartre cuando afirmó que el ser humano está “condenado a ser libre”, es decir, obligado a decidir incluso cuando quisiera no hacerlo.

    La novela, no ofrece soluciones ni consuelos. Más bien, propone una mirada

    descarnada sobre la vida, en la que cada elección implica un riesgo y cada deseo puede conducir a la pérdida o a la revelación. Oreamuno nos coloca frente al abismo de nuestra propia libertad, y en ello radica la potencia filosófica de su literatura: en obligarnos a mirar de frente lo que somos, lo que podríamos ser y lo que decidimos no ser.


  4. Conclusión


La ruta de su evasión no solo representa un hito dentro de la narrativa costarricense, sino que se inscribe con notable profundidad en las coordenadas filosóficas del existencialismo, aunque de forma no programática. Sin haber transitado formalmente por los textos clásicos del existencialismo, Oreamuno desplegó en su obra una sensibilidad estética que resuena con los núcleos conceptuales de esta corriente: la angustia ante la finitud, la incomunicación, la libertad como condena, el absurdo, la contingencia del ser y la necesidad de construir sentido en ausencia de fundamentos trascendentales.

Los personajes de Oreamuno no son figuras heroicas ni arquetipos sociales, sino seres fragmentados, vacilantes, en constante tensión con su mundo interior y exterior. Cada uno de ellos es confrontado con la disyuntiva existencial de asumir su libertad o evadirla, de construir su destino o abandonarse a la inercia. Esta confrontación con la libertad (dolorosa, ambigua e irreversible) es precisamente lo que define la autenticidad en el pensamiento existencialista.

Leída a la luz de los grandes pensadores existencialistas, La ruta de su evasión

puede entenderse como una meditación literaria sobre el ser humano moderno:

un ser escindido entre deseo y fatalidad, entre lucidez y evasión, entre la necesidad de amar y la imposibilidad de comunicarse. Oreamuno no postula una filosofía, pero construye una obra en la que la experiencia existencial se hace carne, tiempo y lenguaje. Así, la novela no solo denuncia la opresión social o los roles de género impuestos, sino que también revela el abismo interior de los seres humanos que, enfrentados a su libertad, se ven obligados a elegir quiénes son.

En una época en que las preguntas por el sentido de la vida, la identidad, la autonomía y la muerte siguen vigentes; la lectura de La ruta de su evasión adquiere una relevancia renovada. Oreamuno nos recuerda (como lo harían Sartre o Camus) que no hay respuestas dadas, y que la tarea de vivir, de elegir y de significar, es irrenunciablemente nuestra. En esa fidelidad a la experiencia humana, en su complejidad, su oscuridad y su potencia, radica el lugar que su obra merece dentro del pensamiento existencial.


Referencias

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