Jáirol Núñez Moya

Posfeminismo y transfeminismo en Centroamérica: el caso del performance cuír-cochón de Elyla Sinvergüenza


RESUMEN

El artículo introduce el desarrollo del feminismo que da pie al surgimiento del posfeminismo y el transfeminismo como corrientes críticas a través de las cuales se da un posicionamiento político en la sociedad contemporánea. Asimismo, con el fin de ilustrar la manera en la que, en el espacio centroamericano se han presentado estas corrientes teóricas, se utiliza el ejemplo del performance delx artivistx nicaragüense Elyla Sinvergüenza. En su trabajo, caracterizado bajo una perspectiva cuír, se da una reapropiación del término cochón de la cultura popular, con el fin de evidenciar la disidencia sexo-genérica y transgredir el statu quo patriarcal. La puesta en escena de estx artistx, ritualiza y confronta a la sociedad desde la deconstrucción posfeminista que resemantiza la lógica no binaria con un planteamiento transfeminista, el cual, a su vez, evidencia la pugna histórica del determinismo de género. En este caso particular, es la puesta en escena la que posiciona un pensamiento, una forma de asimilar por medio del arte, las inconsistencias discursivas del patriarcado.


Palabras Claves: posfeminismo, transfeminismo, performance, Centroamérica, Elyla.



Autor/ Author

Jáirol Núñez Moya Universidad de Costa Rica

ORCID ID: 0000-0001-

6420-0659

Correo: jairol.nuñez@ ucr.ac.cr


Recibido: 10/10/23 Aprobado: 20/10/23 Publicado: 13/11/23

Abstract: The article introduces the development of feminism that gives rise to the emergence of posfeminism and transfeminism as critical currents through which a political position is given in contemporary society. Likewise, in order to illustrate the way in which these theoretical currents have been presented in Central America, the example of the performance of the Nicaraguan artist Elyla Sinvergüenza is used. In her work, characterized from a “cuír” perspective, there is a reappropriation of the term “cochón” from popular culture, in order to highlight sex-gender dissidence and transgress the patriarchal status quo. This artist's staging ritualizes and confronts society from posfeminist deconstruction that resemantizes non-binary logic with a transfeminist approach, which, in turn, shows the historical struggle of gender determinism. In this particular case, it is the


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staging that positions a philosophical thought, a way of assimilating, through art, the discursive inconsistencies of patriarchy.


Keyswords: posfeminism, transfeminism, performance, Central America, Elyla.

“Un feminismo no-binarista no puede invisibilizar las opresiones de género porque, entonces,

simplemente, no será feminista, incluso servirá al patriarcado.” Itziar Ziga. “¿El corto verano del transfeminismo?, Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos, 2014.


  1. Introducción


    El desarrollo del pensamiento feminista durante la segunda mitad de siglo XX y hasta la actualidad, ha planteado diferentes retos para las sociedades, no solo la revisión de los patrones de género, sino la reflexión constante sobre la condición del ser humano. Su influencia en el desarrollo de la teoría de género nos ha llevado a ahondar en el determinismo sexual y comprender que ser mujer, y también ser hombre, está supeditado a una matriz cultural patriarcal en la cual más allá de lo femenino, en la exclusión, esa ontología se permea de una serie de elementos que trascienden las primeras luchas por la igualdad de las mujeres.

    Progresivamente, se ha evidenciado que es necesario confrontar un sistema que está anclado en las bases mismas de la sociedad, y que el binarismo y la heteronorma también se encuentran mezcladas con otras variables que legitiman la desigualdad. Así, más allá de posturas teóricas, es en la cotidianidad que se busca generar cambios que dignifiquen la realidad de todxs lxs personas. Por ello, las posturas del feminismo han variado con el paso del tiempo, dando lugar a revisiones que nos exponen espacios subalternos donde el origen étnico, la clase social y la edad suman a una condición de marginación y exclusión.

    Con la irrupción de un solo sistema económico a fin de siglo XX, resulta más clara la dinámica de Occidente que trata de imponerse, y que esta no aplica de igual manera para diferentes sociedades, entre ellas la latinoamericana. Nuevos posicionamientos requieren de reelaboraciones. Ahí es donde, más allá de la visión del feminismo blanco hegemónico, la ruptura con posiciones que no han sido del todo incluyentes aflora, confrontando al sistema y dando cuenta de la construcción de subjetividades que no habían sido consideradas.

    Un medio para generar esa reflexión lo ha sido el arte, ya que las representaciones son maneras de evidenciar desde lo cercano aquello que puede ser sometido a escrutinio para la toma de consciencia sobre la realidad. El performance ha tenido ese carácter crítico y dinamizador, por lo que ha resultado en una herramienta que diferentes activistxs utilizan en el espacio público para politizar sus luchas. Ese es el caso de variadas propuestas en Centroamérica, entre ellas la de Elyla Sinvergüenza, nicaragüense cuyas puestas en escena son clasificables en el marco de las reflexiones posfeministas y transfeministas.

    Seguirle la pista a ese proceso de reelaboración del feminismo resulta de interés, con el fin de evidenciar que en el performance de estx artistx subyace un planteamiento acorde con la urgencia crítica de la realidad contemporánea en Centroamérica.

  2. Del feminismo a los feminismos


    El feminismo surge como una corriente de pensamiento bajo el cobijo de la Ilustración (Puleo, 1993) y su conceptualización responde una serie de reflexiones que sitúan en el centro del debate a las mujeres y sus condiciones, pero ante todo el poder del patriarcado.

    Desde el siglo XVIII hasta el XX, el pensamiento feminista se ocupa de la reivindicación de las condiciones de igualdad y de los derechos por medio de procesos colectivos. Inicialmente es el derecho al sufragio el que guía las demandas, pero el feminismo toma un carácter político que desde luego es inherente a la existencia (Millet, 1995) y, en tanto movimiento, permite la articulación de propuestas que permean la educación, la organización de las mujeres y la vida laboral. De hecho, la politización implica la validación de los espacios femeninos (público/privado) y la legitimación de la presencia feminista.

    Así, el feminismo, pensamiento y movimiento, más que en un sentido unívoco y general, debe comprenderse bajo determinaciones históricas (Scott, 2012). Más que una generalidad es diversidad, que involucra corrientes que van del esencialismo al feminismo cultural, el marxismo, el ecofeminismo, o más de reciente data a los feminismos negros, lesbianos e indígenas. Todas prácticas políticas con una dimensión propia y caudales epistémicos: los feminismos (en la línea que lo plantea Lau en Moreno y Alcántara, 2017).

    El desarrollo de los feminismos como corriente de pensamiento asociado a las condiciones de las mujeres y por extensión del género como categoría de análisis social (Lamas en Moreno y Alcántara, 2017), ha permitido ampliar el conocimiento de la construcción social de sexualidad humana y el desafío de la diversidad (Weeks, 1998).

    En ese sentido, las luchas por las libertades sexuales de las mujeres, dieron cuenta de la necesidad de replantearnos el ejercicio de la sexualidad como seres humanos, y la reflexión ha continuado en función de la categoría sexo-genérica. Los planteamientos feministas que devienen desde el siglo XVIII en relación con el sometimiento de las mujeres hacen alusión a la manera en la cual se ha dado la presencia de los sexos y su funcionamiento. Perspectiva que recuerda a Freud, para quien la diferencia sexual no proviene de una identidad sexual biológica (Laqueur, 1994). Por ello, pasar del modelo de diferencia de sexos a la diferencia sexual ha implicado un ejercicio disciplinario y sexopolítico (Tinat en Moreno y Alcántara, 2017).

    La diferencia sexual viene a catalizar el movimiento feminista de los años de la década de 1970, cuestionando la correspondencia anatomía-papel social (Tinat en Moreno y Alcántara, 2017) y la consecuente construcción social (Amuchástegui y Rodríguez, 2005). De esta forma, la segunda ola feminista contribuyó a desnaturalizar la feminidad a partir del sistema sexo/género y a cuestionar la moralidad democrática del mismo (Rubin, 1989), pluralizando la matriz heterosexual que los articulaba.

    Los trabajos de Michel Foucault (1986, 1987a [1977], 1987b) son claves para estos planteamientos, ya que visualizan no solo la sexualidad dentro de una lógica de poder sino como un dispositivo, esto es, un conjunto heterogéneo de discursos que produce una formación deseable socialmente. De ahí que, los postulados de la tercera ola cuestionan los roles de género y alimentan el desarrollo de la teoría

    queer (resemantizada cuír desde una perspectiva epistémica de desobediencia) que replanteó la sexualidad como un dispositivo prostético (Preciado, 2011 [2000], López, 2016 [2008]).

    Aunado a esas propuestas, surgen otros elementos teóricos que validan la inclusión progresiva de posicionamientos que buscan la inclusión o la discusión de diferentes aristas, principalmente de categorías que trasciende la vivencia de las mujeres y trastocan la construcción de la subjetividad.

    El feminismo deviene nuevamente en pluralidad, lo cual da lugar a la interseccionalidad, esto es, pone en relación con el género aspectos como la raza, la clase, la edad, la sexualidad y otros vectores de la diferencia y la discriminación que marcan las relaciones en la sociedad (Golubov, 2017). De hecho, este enfoque ha buscado la reivindicación de la exclusión que el feminismo tuvo en sus orígenes, adscribiéndose en su configuración conceptual y metodológica a un feminismo negro y decolonial (o poscolonial), que más allá de lo heterogéneo de los planteamientos, lo que posiciona es el desgarramiento de las miradas únicas y prototípicas (Ochoa, 2018). Es en este punto en el cual resulta oportuno hablar de posfeminismo, por la validación de identidades que no caían en el esquema binario heteronormado (Rubin, 1989; Weeks,1998), la variación de los roles de género tradicionales, de manera que evidenciar la diferencia es el primer paso para articular cambios en relación con las visiones hegemónicas de una sociedad patriarcal heterocentrada (Butler, 2007), y más aún, en la línea del transfeminismo, el reconocimiento de que ese binarismo es una

    opresión sistémica a la cual hay que desarticular (Valencia, 2018).


  3. Posfeminismo y transfeminismo como crítica social


    Los cambios sociales y económicos que se dieron en las últimas dos décadas del siglo XX tuvieron grandes implicaciones a nivel social. La caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría, así como la irrupción del proceso de globalización, llevaron a una desideologización del discurso político, desmovilizando a muchos grupos y perspectivas, entre ellas el posicionamiento combativo del feminismo de los años de la década de 1970.

    Las demandas políticas feministas, otrora generadoras de inconformidad y de confrontación con el statu quo, comienzan a incorporarse dentro de la institucionalidad (Lau en Moreno y Alcántara, 2017), lo cual tiene incidencia en la perspectiva crítica del feminismo como movimiento, cuyos planteamientos son incorporados en políticas públicas.

    Aunado a ello, la no concreción del proyecto moderno, y la injerencia de una visión posmoderna centrada en el individuo, tiene repercusiones en la lucha social, venida a menos en una sociedad de masas que tiñe la emancipación individual de consumo. Se pasa de cuestionar las bases sobre las que se estructura la sociedad patriarcal a legitimar los procesos democráticos mediante reformas parciales que no cuestionan al sistema. Así, el feminismo resulta asimilado por el sistema con tintes de élite y centrado en la academia, sin proveer de cambios reales en la sociedad.

    El cuerpo es aquí, en este escenario, una vez más, el campo de batalla, puesto que sobre él se signa la idea de la propiedad liberal, dejando de lado el compromiso

    social centrado en el bien común. Además, la diferencia del feminismo de la segunda ola privilegió el cuerpo masculino, y la integración a la institucionalidad conlleva un retorno a un esencialismo biologicista. En esta coyuntura, las diferencias de género no se disuelven ni tampoco la desigualdad social, ya que ambas se encuentran en la base que estructura la sociedad y son reproducidas sin cuestionamiento.

    El acontecer de fin e inicio de siglo no evita la violencia y la opresión de la dinámica del capital, el cual no considera las diferencias entre las mismas mujeres, universalizando y normativizando la idea de la mujer blanca del norte global. Las identidades dadas fragmentan al sujeto y posicionan la construcción de la subjetividad bajo una naturaleza biológica absolutista. Bajo esta influencia el movimiento feminista se fragmenta y se repliega en un discurso centrado en sí mismo tolerado e integrado al consumo. Deja así, de ser parte de un proceso social y se centra en lo individual, el deseo y la reapropiación del cuerpo.

    Aquí es donde surge una vez más el espíritu combativo y contrahegemónico, Butler (2007) posiciona la idea del posfeminismo abogando por la deconstrucción de las categorías sexo, género y deseo. Por ejemplo, para ella las minorías pueden ser respetadas si se transforman las estructuras culturales valorativas que subyacen a la dicotomía normativa homosexual/heterosexual. En otras palabras, se desenmascara la represión excluyente de la identidad y se propicia el reconocimiento de la diversidad, como lo alude Preciado (2014). Por ello, para el posfeminismo la identidad resulta normativa y excluyente, ya que suscita límites que remiten a la definición misma.

    De este modo, la heterosexualidad normativa puede desafiarse, siendo el género performativo y la sexualidad una construcción. De ahí que, las imitaciones de lo femenino y lo masculino transgreden la norma y reafirman su fracaso, lo cual da lugar a una práctica política subversiva. El performance coincide acá con el desplazamiento de las identidades, ya que muestran la movilidad de éstas y la disidencia se erige en una crítica revolucionaria que confronta el statu quo en una lucha contra la opresión. De hecho, el posfeminismo se ha visto como una categoría de análisis: “el posfeminismo da cuenta de uno de los principales ejes de la representación del género que, incorporando las reivindicaciones feministas, las desactiva y, además, de la voluntad teórica de denunciar y transformar esta particular (y falsa) versión del

    feminismo.” (Figueras y Tortajada, 2017, párr. 5).

    Este refrescamiento que ha vivido el enfoque feminista ha permitido un resurgir de los movimientos de mujeres y de los feminismos, poniendo en la mesa de discusión temas que no se habían posicionado como el de la violencia, la opresión y la explotación. El posfeminismo trata el discurso sobre las identidades y subjetividades trascendiendo las luchas feministas planteadas desde las primeras luchas de las sufragistas y la primera y segunda olas. El cuerpo se convierte en la evidencia material de la lucha por el poder, tanto desde el punto de vista político como en la configuración de la cotidianidad, porque los cuerpos encarnan la forma en la que se logra transgredir el sistema de sexo-género.

    Aún más, como lo expone Forcinito (2004), esta articulación del posfeminismo es un intento crítico del mismo feminismo que ha dejado de lado a feminismos que han resultado marginales como los feminismos negros, poscoloniales y latinoamericanos. Ahora bien, desde la caracterización de lo post, el posfeminismo ha estado

    lleno de ambigüedades (Jarava y Plaza, 2017), pero posiciona en consonancia con Preciado un tema clave (Carrillo, 2007), que es el de la crítica a una idea esencial de mujer, cargada de presupuestos heteronormativos y coloniales. Así, más allá de una despolitización, se puede ver una repolitización en la que la particularidad resulta clave para entender la dimensión humana diversa, la cual ha sido relegada por la opresión y la exclusión del mismo patriarcado.

    Por ello, el posfeminismo como replanteamiento de la identidad femenina tiene parangón con el transfeminismo, en el sentido que potencia otras posibilidades de los cuerpos y lo hace desde la crítica y la confrontación con el sistema. El transfeminismo puede verse: “como herramienta epistemológica que no se reduce a la incorporación del discurso transgénero al feminismo, ni se propone como una superación de los feminismos. Antes bien, se trata de una red que considera los estados de tránsito de género, de migración, de mestizaje, de vulnerabilidad, de raza y de clase, para articularlos como herederos de la memoria histórica de los movimientos sociales de insurrección.” (Valencia, 2018, p.31).

    Tanto el posfeminismo como el transfeminismo vienen a abrir espacios y a incorporar en la discusión un análisis que amplía el trabajo histórico del movimiento feminista, acorde con la dignidad humana en opresión.


  4. El performance cuír-cochón de Elyla Sinvergüenza


    El devenir crítico de los feminismos, principalmente el posicionamiento de ruptura y confrontación señalado en cuanto al posfeminismo y el transfeminismo, logra materializarse en la realidad centroamericana en la propuesta performática delx artistx nicaraguënsx Elyla Sinvergüenza.

    Tal cual lo han hecho en otros países latinoamericanos artistxs performáticos (ver por ejemplo el caso de PachaQueer en Díaz, 2021), Elyla cuestiona las identidades y el binarismo de género. Su trabajo se caracteriza por un activismo radical e intervenciones políticas en el espacio público sitio-específicas, las cuales, durante la última década, se han visto influenciadas por su formación en antropología, en género y su propia experiencia, de manera que entrelaza su creatividad con una profunda crítica a las estructuras de poder sexo-genéricas.

    En ese sentido, en Elyla vemos materializado un interés por dislocar los discursos desde un cuerpx que se asume políticx y por lo tanto en resistencia y lucha ante la sociedad heteropatriarcal, capitalista y colonial, posicionando el performance como estrategia (Díaz, 2021). De hecho, Elyla es miembrx y unx de lxs fundadorxs del colectivo Operación Queer (Nicaragua, 2013) formado por académicxs, artistxs y activistxs nicaragüenses para crear reflexiones transfeministas y decoloniales en la región centroamericana.

    El performance de estx artistx se enriquece con el abordaje de personajes de la cotidianidad, por lo que la cultura popular y la sensibilidad toman partido para evidenciar la escisión de género en nuestras sociedades, en las que elementos como el color de piel, la tradición, la sexualidad, la feminización y la vida precaria, dan lugar a las contradicciones y las ausencias del sistema sexo-genérico que ha potenciado la marginación pero también la existencia de las disidencias de género y sexuales.

    En el contexto de crisis política que ha vivido Nicaragua en su historia reciente, el trabajo de Elyla ha redimensionado a partir de la praxis, y a la vez desde la interpretación propia de teoría, la idea de lo queer, construida hace ya más de 30 años para generar una alternativa crítica a un creciente statu quo LGBTTTIQ+. Elyla ha ampliado esta categoría desde la perspectiva decolonial a través del saber delx cuerpx, y como otrxs, ha planteado lo cuír en tanto desobediencia epistémica y desplazamiento geopolítico y sistémico, ampliándolo con el carácter cultural propio de la nicaragüidad, como sucede con la práctica cultural del Torovenado, para mencionar sólo un ejemplo de su trabajo (“Devenir Torovenado”, 2015). Así es como surge en su obra una reinterpretación de la denominación de “lo cochón” (concepto que alude la feminización del hombre), donde más allá de lo no binarix, las fronteras del género se difuminan y cuestionan desde sus propios signos y símbolos a una sociedad mestiza, tal y como lo recupera en la exposición “Barro Mestiza” (2021).

    Elyla ha registrado su obra en video-performance, instalaciones, foto-

    performance y teatro experimental (parte de su trabajo puede ser visto en https:// vimeo.com/elyla). Con un componente personal, el performance de estx artistx centroamericanx asume una confrontación al sistema de poder que limita lxs cuerpxs para adaptarlos a un determinado orden social (Elyla, 2021).

    Esa confrontación lx lleva fuera de su país donde muestra su creación artística comprometida, poniendo de manifiesto el orden patriarcal y heteronormado. Su trabajo creativo y crítico lo ha llevado a cabo en países como China, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Honduras y México; y lo ha posicionado frente a un sistema discriminador de las disidencias sexuales.

    La denuncia es clara en obras como “YO NO tengo miedo de tanta realidad”, un performance registrado en dos acciones, en San Francisco (2018) y en Ciudad de México (2019), en las que encara al orden político patriarcal; en “Ni azul/blanco ni rojo/negro” (2018) performance realizada como parte de su residencia en tránsito en Costa Rica, en el que aborda el vacío existencial; y en “Ni Azul ni blanco tribuyo a la cochonería del más-a(y)á” (México, 2019) donde la reflexión se acompaña de aspectos tradicionales propios de la comunidad de Masaya que se mezclan con la cultura pop.

    En estas representaciones los colores remiten a una profundidad crítica, que ellx mismx artistx evoca en su página: “Ambas narrativas, la roja y la negra con su revolución patriarcal y la azul y blanca con su política colonial y neoliberal han borrado la historia y la resistencia de los cuerpos queer de forma sistemática. Estas dos acciones apuntan a reflexiones críticas, pidiendo cuestionar los cimientos de la Nicaragua contemporánea, tanto los políticos como los sexo-genéricos.” (Elyla, 2021). La exploración de los intersticios sociales que develan sus obras busca mostrar una perspectiva identitaria que contribuye a la inclusión de lógicas alternativas de género y sexualidad presentes en la cultura. Ese es el devenir cochón de su creación, impronta que vemos en el caso de “Somos una Patria” (2014) un archivo digital que resignifica las figuras de Rubén Darío y Sandino como padres fundadores de la nación; en “Se la bailo” (2014) performance en donde la práctica cultural de la gigantona incluye la figura travesti; en el “Devenir Torovenado” (2015) al resignificar la fiesta de San Jerónimo y en el cuestionamiento simbólico al machete en “Machete Dress” (2018). Estos y otros íconos alimentan sus representaciones, en las cuales la

    disonancia y la presencia de patrones negados o no reconocidos suscitan otro tipo de conocimiento, el de un género en tránsito, el del mestizaje o la vulnerabilidad.


  5. Conclusión


Las representaciones de Elyla resultan transgresoras, en ellas la estética y la euforia dan lugar a una propuesta que desde el arte y el activismo visibiliza la disidencia sexo-genérica. Su criticidad se afianza en la urgencia de posicionar en el entorno nicaragüense, y centroamericano por extensión, discusiones que amplían la perspectiva feminista. Ya no es un asunto de la condición de las mujeres así asignadas al nacer, ni de derechos asociados a la estructura institucional patriarcal, el capitalismo y la colonialidad cooptan las subjetividades y se requiere de una reflexión más allá del mainstream, interseccional y permeada de la propia realidad cultural.

En la praxis de Elyla se hace cuerpx lo que ha anotado Valencia de que: “el transfeminismo tiene como principal objetivo repolitizar y desesencializar a los movimientos feministas glocales, en contraofensiva al discurso gubernamental y de las ONGs que usan como estrategia de desactivación política la captura y estandarización del lenguaje de los feminismos, reduciéndolo a una suerte de crítica ortopédica que es reapropiada por los circuitos del mercado y del Estado como gestor de las coreografías sociales del género a través del purplewashing.” (2018, 31).

Justamente, en un contexto como el centroamericano, Elyla da cuenta de una realidad de exclusión que no toma en cuenta su pasado histórico y las formas de disidencia sexo-genérica, que incluyen lo afeminado y a las personas trans, es decir, lxs cuerpxs no binarixs cuya realidad ha sido negada y requiere atención más allá de una moda. Se nos encara porque, contrario a lo que los discursos hegemónicos del patriarcado nos quieren hacer ver, ellxs siempre han estado ahí.

Y es que según Macías (2013) la práctica política transfeminista es una estrategia de deconstrucción del binarismo sexo-genérico, y como territorio se constituye en un facilitador de la integración de las luchas de lxs cuerpxs excluidxs y oprimidxs. Por ello, la obra de Elyla no es una reivindicación como la que ha tomado el movimiento LGBTTTIQ+, se ancla en una crítica desenfadada que confronta el poder y los regímenes heteronormados que reproducen la violencia, suavizada muchas veces por discursos que una vez críticos se reposicionan en el lugar de la hegemonía.

Precisamente, su trabajo se constituye en una expresión que acompaña a aquellxs que en palabras de Fanon (2019) son lxs condenadxs de la tierra. De este modo, el trabajo de este artistx-activistx da continuidad a las reflexiones del posfeminismo, posicionándolo en la realidad centroamericana con nuevos horizontes estéticos; una versión cuír que resemantiza a su vez la lógica no binarix del cochón nicaragüense mediante el uso delx cuerpx. En ellx la exploración de la disidencia y el contraste cultural del performance transfeminista evidencia la pugna histórica del determinismo de género, a la vez que muestra una resistencia travesti que trasciende fronteras.


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