Sangre bajo Los Jobos*


RESUMEN

Este artículo narra algunos hechos en torno a los fusilamientos de Juan Rafael Mora Porras y José María Cañas, a partir de la creación de los murales sobre dicho acontecimiento, los que se ubica en la Parque Mora y Cañas, en la ciudad de Puntarenas, Costa Rica. Dichos murales se componen de cuatro partes, aquí se explican en qué consisten las escenas que aparecen en tales murales. Además, se enuncian sus nombres.


Palabras Claves: : Juan Rafael Mora Porras, José María Cañas, mural, Campaña Nacional 1856-1857, historia, fusilamiento.


Abstract: The article narrates some facts about the execution of Juan Rafael Mora Porras and José María Cañas, depicted in the murals about such an event which can be seen in the Parque Mora y Cañas in the city of Puntarenas, Costa Rica. These murals are made up of four parts; an explanation is given here about the scenes shown in the work. In addition, their names of murals are listed.


Keyswords: : Juan Rafael Mora Porras, José María Cañas, mural, National Campaign 1856-1857, history, execution.


Autores/ Authors Luko Hilje Quirós Carlos Aguilar Durán


Recibido: 01/11/21 Aprobado: 24/01/21

… ¿Cuántos árboles serían? ¿Tal vez media docena? ¡Quién sabe! Lo cierto es que ese modesto predio fue bautizado Los Jobos, aunque al final solo uno sobrevivió por suficientes años como para refrendar tal bautizo. Y ya estaba desmejorado. En la única foto que conozco -quizás de 1914, hallada en un vetusto periódico-, su fuste se nota asimétrico, víctima de severas podas, más muerto que vivo, tal vez ya profusamente perforado por el comején o el barrenillo. Hasta que un día decidió desplomarse, o quizás fue talado para evitar que causara una desgracia.


*Extracto del ensayo homónimo de Luko Hilje Quirós, publicado en el diario digital Nuestro País (4/10/10), seleccionado por Carlos Aguilar Durán; y descripción de los paneles del mural por Carlos Aguilar Durán.


69

Esta obra está bajo una Licenica Creative Common Atribuición-NoComerical-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Con eso se cerró su historia. Pero de él o del congénere que lo acompañaba entonces, he visto un trozo en un museo. Y no es un trozo cualquiera. Tiene plomo incrustado y, de seguro, también tuvo sangre, sangre que alguna vez se disolvió en el incesante y silencioso torrente de su savia. Sangre de mártires, ruinmente engañados por mentirosos y traidores.

¿Por qué los fusilaron ahí, bajo su fronda buena? No lo sé. Quizás, ante la ausencia de un paredón natural en la muy plana y angosta lengüeta de tierra que es Puntarenas, el tronco de alguno de los dos jobos era apto, así como por estar ellos en un descampado y con el estero detrás, donde no había peligro de que balas fallidas provocaran más tragedias.

De la capital había llegado ya el tétrico decreto. Solo faltaba consumarlo. Persiguieron, esculcaron rincones, y por fin localizaron a don Juanito quien, de madrugada, desamparado, con dos días en ayunas y demacrado, solicitaba asilo político al cónsul inglés Richard Farrer. Inicialmente se opuso, pero después aceptó ser inmolado, con tal de que no mataran a nadie más. Para entonces eran las seis de la mañana. Fue apresado y encarcelado. Apenas tuvo tiempo de escribir una extensa carta a su amada Inés, una a su hermano Miguel, y otra al propio Farrer. Católico practicante, pidió un confesor. Transitó con paso firme hasta el fatídico punto, junto con su compañero de infortunio Ignacio Arancibia. Renunció a ser vendado y, sereno, él mismo apresuró la orden de fuego. Eran las tres de la tarde del domingo 30 de setiembre de 1860. Todo eso lo atestiguaron los jobos, al final también descascarados y perforados por algunos proyectiles. Contra todo pronóstico, y faltando a la palabra empeñada y al honor, los verdugos disfrazados de corteses y modosos negociadores acogieron una orden traída a todo galope desde San José, entre aguaceros y barriales. El macabro correo llegó al despuntar el alba. Y ese ominoso martes 2 de octubre, ya a las nueve del mañana ahí mismo caía José María Cañas, con apenas tiempo para escribir una carta a su Lupita amada, otra a su amigo y paisano, el general salvadoreño Gerardo Barrios,

y dos más a su entrañable amigo chileno Eduardo Beeche. Ecuánime como era, impávido ante el fatal trance y pidiendo que no le dispararan a la cara, de la propia boca de ese general airoso en tantas batallas, emergió el mandato de fuego. Reverberante en el aire la seca descarga de fusiles, muda la arena recibió su sangre.

Tres días para tres crímenes, ahí en el mismo sitio, junto a los generosos jobos, que se habían prodigado en bondades, que no conocían sino de afecto, vida y dación. Es decir, las malditas balas no solo segaron valiosas vidas humanas, sino que envilecieron tan noble lugar, otrora refugio de extenuados caminantes. Desde entonces, durante casi un siglo, con cariño sincero agradecidas manos han plantado otros jobos ahí, en el hoy Parque Mora y Cañas. Pero no han prosperado. Roto por aquellos infames el gentil e inmemorial pacto, quizás ya nunca más sea buena esa tierra para asuntos de humanos y jobos.

Pero no hay que cejar. Porque ha sido este año, a

siglo y medio de distancia de sus infaustas muertes, que en desagravio pide perdón el Estado y decreta que niños y jóvenes estudien más a fondo el legado de don Juanito y Cañas. Que lo interioricen, que lo hagan suyo, como actitud de vida. O sea, que amen más la patria que aquéllos tanto defendieron. Y tal vez entonces vendrán tiempos en que sus renovadas almas y manos podrán plantar el litoral de jobos y más jobos.


  1. Panel: Confabulación contra Juanito y su gobierno


  2. Panel: Exiliado en El Salvador y regreso a Costa Rica


  3. Panel: La Batalla de la Angostura


  4. Panel: Fusilamiento de Juanito Mora



71

Sangre bajo Los Jobos